23 de septiembre de 2013

Un plan para asesinar a Manuel Llaneza y el primer acto público de carácter político después de la muerte de Franco.

Matar a Manuel Llaneza

               Manuel Llaneza Zapico 
  
http://www.lne.es





En la tarde del 24 de enero de 1931, cuando en España ya se olía la República que estaba a punto de llegar, Manuel Llaneza fallecía en su habitación de la torreta izquierda de la Casa del Pueblo de Mieres, al lado de su mujer y rodeado de sus compañeros de sindicato. El líder minero solo tenía entonces 51 años, pero se había empeñado en viajar hasta Huelva en pleno invierno a pesar del catarro que arrastraba desde hacía unas semanas y aquello acabó con él.
Llaneza murió en su cama, aunque su final pudo haber sido muy diferente si se hubiese consumado un atentado del que sólo tenemos noticia por el testimonio de otro revolucionario mierense: Jesús Ibáñez; un hombre del que ya les he contado algunas cosas y que -cada vez estoy más convencido-, a pesar de que la mayor parte de su biografía sigue en la sombra, resulta el personaje histórico clave para poder encajar los cabos sueltos de nuestra historia en la primera mitad del siglo XX.
En sus memorias, editadas en México en 1946 y que por fin he conseguido gracias al maestro José María Pellanes, Iglesias describe un encuentro mantenido con Benjamín Escobar (otro de los protagonistas imprescindibles de los años 30 en las Cuencas) en estos términos:
«Mientras tanto, se había producido ya la escisión oficial en el seno del Partido Socialista. Y la Agrupación Socialista de Mieres (¡de Mieres!) había entrado en bloque en el Partido Comunista. César González y yo tomábamos café en la terraza de El Pasaje de Oviedo, hablando de su próxima salida para Moscú. Se sentó a nuestra mesa Benjamín Escobar (había sido secretario de la Agrupación de Mieres y ahora lo era de la comunista?) y me entregó una carta de París fechada de hacía dos años: -Ahora que ya somos de la misma tendencia, toma: ¡con esa carta puedes destrozar a Llaneza y a todos esos cerdos que le siguen! Sí, era verdad: tal como estaban las cosas, aquella carta del viejo militante socialista era algo fuerte en mis manos. Sin embargo yo me revolví en la mesa y le escupí a Escobar mi profundo desprecio: -¡Me miraré muy bien para ingresar en un partido que pueda cobijar a hombres de tu catadura moral!
Todo estaba perdonado. No era yo hombre de venganzas puercas ¿Acaso no había sabido llegar a tiempo para que unos malvados, ex recientes socialistas, no asesinasen a Indalecio Prieto? ¿Acaso no habíamos deshecho González Mallada, J. Rodríguez de La Felguera y yo un plan para asesinar a Manuel Llaneza, organizado por un ex reciente miembro del Comité Ejecutivo del Sindicato Minero?».
El libro de Iglesias «Memorias de mi cadáver» es una pieza única de nuestra literatura, no sólo por la cantidad de información de primera mano que contiene y la particular visión que su autor tiene de los acontecimientos vividos, sino también por la forma en que está escrito, mezclando épocas, recuerdos y situaciones sin atender a un orden cronológico, lo que dificulta muchas veces el poder identificar con exactitud la época a la que se refiere. En esta ocasión sí podemos hacerlo, aunque lo que resulta mucho más difícil es aventurar la personalidad de los implicados en el intento de matar a Llaneza.
Analizando la biografía del líder del SOMA encontramos dos momentos especialmente delicados en su relación con otros sectores obreros que en aquellos años violentos pudieron decidir acabar con su vida: 1919 y 1922. En 1919 en el interior de su sindicato se vivían con crudeza las diferencias ideológicas que anunciaban ya la escisión en el Partido Socialista y además Llaneza, forzado por la crisis hullera que había creado el final de la I Guerra Mundial tuvo que mantener una actitud colaboracionista con la patronal que le hizo ser odiado por muchos de sus antiguos colaboradores. Sin embargo, todo indica que el atentado no se tramó hasta 1922. Veamos por qué.
El Partido Comunista en Asturias, entre cuyos fundadores aparece efectivamente Benjamín Escobar se organizó en Asturias en 1920, año en el que Ibáñez dirigía el periódico quincenal «La Dictadura» y en el que fue detenido en Gijón bajo la acusación de haber colocado una bomba contra un patrón. Por esas mismas fechas el gijonés Avelino González Mallada, citado como uno de los dos compañeros que abortaron con él el atentado, tutelaba una escuela anarquista en Frieres, ya que residía en La Felguera desde que en 1919 había vuelto de su exilio en París y allí estuvo hasta que en 1922 pudo volver a vivir en su villa natal. Ibáñez por su parte dejó España por unos meses en 1921 para participar como delegado de la CNT para la Internacional moscovita.
A partir de 1920, Llaneza había dejado clara su postura contraria al ingreso del Partido Socialista en la III Internacional y en noviembre de 1922 tuvo que asistir impotente al nacimiento del Sindicato Único de Mineros de Asturias (SUM) en el Centro Obrero de La Felguera con 25 secciones y 1.752 afiliados en las Cuencas y que estableció su Comité Ejecutivo en Mieres. En aquel Congreso presentó Ibáñez un informe en nombre de la Internacional Sindical Roja y en su primer comité ejecutivo, establecido en Mieres figuraban los otros dos protagonistas de nuestra historia: Jesús Rodríguez como Presidente y Benjamín Escobar como secretario.
Aquel verano había sido especialmente agitado, la reducción obligatoria de la jornada semanal y de un 20 por ciento en los salarios forzó a convocar una huelga minera que se mantuvo desde el 20 de Mayo hasta el 4 de Agosto de 1922 y en cuyo transcurso se produjo la ruptura pública de los anarquistas con los comunistas «al comprobar que éstos utilizaban fondos de los huelguistas en publicar la "Aurora Roja", desde donde injuriaban a Llaneza y a cuantos elementos de la Unión General simpatizaban con éste», según cuenta en sus memorias Andrés Saborit.
Finalmente la huelga se rompió tras la llegada a Asturias del ministro de Trabajo Abilio Calderón y una votación en la que se registraron 7766 votos a favor de la vuelta al trabajo, 2295 en contra y 40 en blanco, mientras una mayoría de los mineros, que se habían desplazado de sus pueblos forzados a buscar otros tajos, no pudieron votar. Pero en aquellos días muchos obreros, sintiéndose traicionados juraron odio a muerte a Llaneza y los suyos.
Otro dato importante para determinar la fecha que buscamos está en la cita al atentado contra Indalecio Prieto, en cuyo fracaso también tuvo que ver Jesús Ibáñez y que ya se había producido. El propio Prieto lo recordó en una conferencia celebrada en Bilbao el 3 de mayo de 1930 dirigiéndose al siniestro general Martínez Anido:
«Sepa el Sr. Martínez Anido que yo no ignoro que uno de los pistoleros más destacados que hoy, si la indulgencia de la dictadura no le ha salvado del Presidio, estará en reclusión por haber cosido a puñaladas a su amante, Ortet, el del Ramo del Agua, que tuvo conmigo un incidente en el salón de visitas del Congreso, fue a Madrid a ficharme, a conocerme, a "marcarme", con 750 pesetas que le entregó el general Arlegui, jefe superior de la Policía de Barcelona, y subordinado del general Martínez Anido».
Y luego: «Recuerdo que el año 1922, después de unas maniobras de los batallones de Cazadores de la guarnición de Barcelona, a las que había asistido Martínez Anido, me dijo, hablando con la mayor tranquilidad, después del banquete: -¿Que cómo resuelvo yo el problema sindicalista? Cuando quiero deshacerme de un individuo no tengo más que preguntar por él. Esta simple pregunta es ya una orden; a los pocos días este hombre ha desaparecido».
Aunque las referencias a este intento contra Prieto son también escasas, en agosto de 1922 el diputado denunciaba en el Parlamento español otro atentado, sufrido en esta ocasión por el sindicalista de la CNT Ángel Pestaña en Manresa, y aprovechaba para hacer referencia a su propia experiencia, lo que hace suponer que el suceso estaba aún reciente y demuestra de paso las buenas relaciones que mantenía con el anarquismo catalán y el grupo de Ibáñez, viejo amigo de Pestaña.
Ilustración de: Alfonso Zapico.

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
                             [----------------------------------------------------]

Homenaje a Manuel Llaneza bajo la nieve.

Uno de los primeros indicios de apertura en 1976 fue la celebración en Mieres del acto anual en honor del fundador del SOMA, consentido por la Policía e incluso anunciado en prensa

Cabeza monumental en mármol artificial de Manuel Llaneza.




Autor:  José Manuel Félix Magdalena, pintor y escultor mierense.

http://www.lne.es
El domingo 25 de enero de 1976 se celebró en el cementerio civil de Mieres el primer acto público de carácter político después de la muerte de Franco. Se trataba de un homenaje al dirigente socialista Manuel Llaneza Zapico con motivo del 45.º aniversario de su muerte, ocurrida en el año 1931. Este homenaje venía celebrándose desde años anteriores, lo mismo que las concentraciones en el puerto de Tarna por el verano, pero en la clandestinidad y con un carácter familiar, de personas vinculadas o simpatizantes del PSOE y la UGT. En 1976, se celebra a la luz, con presencia de fotógrafos, tanto de la prensa como de la Policía político-social, que sin duda sacaron muchas más fotografías que los periodistas.
No estoy seguro de si el acto era legal o sencillamente tolerado, pero la víspera se anunció en la prensa. Lo que demostraba una evidente permisividad hacia las organizaciones socialistas, que hubiera sido inconcebible en aquellos días si hubieran sido los comunistas quienes convocaran. Tal permisividad obedecía no tanto a que el Gobierno tuviese en cuenta la escasa fuerza del movimiento socialista en Asturias como a que se imaginara la fuerza que habían de tomar esas organizaciones en un futuro no lejano. Se contaba de un policía de La Felguera que, en los estertores del régimen, se ponía muy contento cada vez que detenía a un ugetista, y una vez en Comisaría le decía: «Menos mal que dais señales de vida. Pero a ver si andáis listos, porque los de CC OO os están comiendo la tostada».
Manuel Llaneza Zapico (1879-1931) había nacido en Lada y empezó a trabajar como minero en Palencia poco después de cumplidos los 11 años. En 1902 regresa a Asturias, estableciéndose en Mieres, donde trabaja en la mina Poca Cosa, de la que es expulsado por su participación en la «huelgona» de 1906, lo que le obliga a trabajar en las minas de Puertollano y en Francia y Bélgica, de donde regresa con unas ideas sindicalistas precisas que le llevan a fundar en agosto de 1910 el Sindicato de Obreros Mineros de Asturias (SOMA), que en 1911 se integra en UGT.
Concejal del Ayuntamiento de Mieres desde 1911, fue posteriormente alcalde y diputado. Durante la dictadura de Primo de Rivera se le ofreció la cartera de Trabajo, que rechazó. Llaneza era un socialdemócrata clásico, que en 1921 se opuso al ingreso del PSOE en la III Internacional. Tampoco aceptó colaborar con la dictadura de Primo de Rivera, al contrario que otros dirigentes, en apariencia más radicales, como Largo Caballero.  Consiguió, durante su gestión al frente del SOMA, hasta su fallecimiento, que fuera uno de los pilares más firmes de la UGT, y tuvo verdadero poder en las Cuencas. Al cabo de los cuarenta y cinco años de su muerte seguía siendo el dirigente socialista más respetado en Asturias.
La noche anterior había caído sobre Asturias una fuerte nevada. A pesar de que la ceremonia estaba permitida, el Gobierno civil decidió causar las oportunas molestias a los que se decidieran a asistir al acto a pesar de la nieve, estableciendo controles policiales a la salida de Oviedo, en los que se detenía a todos los coches que no llevaban esquís, por lo que se consideró más seguro ir en autobús. También los grises anotaron las matrículas de todos los coches aparcados en las inmediaciones del cementerio de Mieres, y desde el esqueleto de un edificio en construcción la Policía contemplaba el cementerio a sus pies con prismáticos y sacando fotografías. Calculo que se habrán hartado de hacer fotografías, de pasar frío y de oír cosas que les ofendería escuchar.
El cementerio, cubierto por la nieve, tenía un aspecto solemne: sobre el fondo de nieve se veían numerosas rosas rojas, especialmente sobre algunas tumbas. Una mujer de unos 50 o 60 años colocó tres rosas sobre la blanca tumba de un hombre muerto en 1942 a los 32 años: no era muy difícil deducir una historia.
Pese a la nieve que caía, el cementerio estaba lleno, en su mayoría personas de edad. Se calcularon unas tres mil personas, y en la presidencia se encontraban algunos sindicalistas europeos y Francisco Bustelo, que echó un discurso. También habló uno de los sindicalistas, en un español más que correcto. A mitad del acto, Juan Muñiz Zapico, el famoso «Juanín» del proceso 2001, que acababa de salir de la cárcel y se perfilaba como uno de los grandes dirigentes futuros de CC OO (por desgracia, le quedaba muy poco, algo menos de un año), quiso pronunciar algunas palabras, pero los organizadores se lo impidieron alegando que su intervención podría estar fuera de la legalidad. A pesar de que se evidenciaba la separación entre UGT y CC OO, Juanín fue aplaudido con fuerza cuando se retiraba.
Los organizadores del acto pedían reiteradamente moderación a través del megáfono: petición del todo necesaria, porque todos los presentes se comportaron de manera civilizada y digna. Alguien pidió en voz alta a los sindicalistas extranjeros que presionaran sobre sus respectivos gobiernos para que no se enviara un kilo más de carbón a España mientras continuara aquella dictadura sin Franco.
Y concluido el acto, los asistentes se dispersaron pacíficamente. Allí no sólo había socialistas, sino personas de otras tendencias como Antonio Masip y Herrero Merediz, lo que no dejaba de ser extraño, porque simultáneamente tenía lugar en Gijón la presentación de la opción progresista de Hevia Carriles. Y Juan Luis Rodríguez-Vigil tuvo su parte de protagonismo, y «Asturias Semanal» le sacó fotografiado en portada, tan compungido ante la tumba de Llaneza como si fuera un miembro de su familia o el propio muerto.
Después del acto me quedé a tomar unos vinos con unos amigos por los bares de la plaza Teijeiro, donde conocimos a un hombre menudo, vestido de gris, que nos dijo que era joseantoniano, pero de cuyo padre había sido amigo Llaneza, por lo que todos los años iba a rezar un padrenuestro ante su tumba.
Al salir de uno de los bares nos abordaron los grises para pedirnos la documentación. Yo les pregunté por qué, y contestaron que porque teníamos aspecto de no ser de Mieres. La gente se agolpaba a la puerta de los bares, que estaban llenos, y empezaron a silbar. Los policías apuntaron nuestros nombres apresuradamente en una libreta, saludaron militarmente y se fueron. De un local salieron varios mineros jóvenes, nos invitaron a tomar unos vinos y volvimos a recorrer los bares de la plaza, que eran bastantes. Uno de ellos se llamaba René, era un tipo listo y muy simpático. Durante algunos años nos felicitamos por Navidad, luego le perdí de vista.
Al año siguiente, el homenaje se celebró también en Mieres, claro es, el domingo 23 de enero. Había mucha más gente que el año anterior, y el ambiente estaba más distendido. Por lo menos, no se veía a policías fotógrafos, y si los había, lo disimulaban. Tampoco había controles de los automóviles que salían de Oviedo alrededor del mediodía. Y tampoco había nieve. Por las calles de Mieres se escuchaba la Internacional a través de megáfonos, lo que no dejaba de producir una sensación extraña. El acto fue más largo que el del año anterior y tuvo un cierto carácter itinerante, ya que se inició en el cementerio civil depositando un ramo de rosas rojas sobre la tumba de Llaneza, pero el mitin (pues se trataba de un verdadero mitin) se dio en las Escuelas Aniceto Sela, con asistencia de Nicolás Redondo y de Manuel Garnacho, que por entonces venía a todos los actos organizados en Asturias por UGT.
Pero el verdadero protagonista del acto fue Girón: si no le nombraron por lo menos setecientas cincuenta veces, no le nombraron ninguna, unas veces con su nombre y apellidos, otras llamándole el Veraneante de Fuengirola o atacando la construcción de la Laboral de Gijón. Emilio Barbón dijo que Llaneza había muerto pobre porque no hizo como Girón, y denunció que todas las mejoras obtenidas por el SOMA en beneficio de los trabajadores Girón se las había atribuido a su «política social»: otro latrocinio.
Antón Saavedra en la primera fiesta minera Astur-Leonesa de RODIEZMO, el 2 de setiembre de 1979. http://antonsaavedra.wordpress.com.

Abrió el acto Antón Saavedra, con boina y vozarrón potente, que leyó unas cuartillas a todo gas en las que afirmaba que la represión no había sido olvidada. Luego habló Barbón, que se alargó mucho, con emoción y a veces quebrándosele la voz. Garnacho y Redondo estuvieron más bien sosos. Yo tenía delante a un hombre muy bien vestido y muy serio, que no aplaudió en ningún momento. Supuse que sería un policía, pero cuando Saavedra se refirió a la represión se echó a llorar.
Todos quedamos muy contentos de haber podido celebrar aquel acto por primera vez en libertad. Pero al salir de las escuelas nos encontramos con la poco agradable sorpresa de la Policía armada rodeando las escueles, formada en hileras de tres y con los fusiles de disparar pelotas de goma. De manera que salimos bastante menos optimistas que cuando entramos.
Luego nos enteramos de que se acababan de producir incidentes graves en Madrid y que un muchacho había muerto en una manifestación en favor de la amnistía. Las calles de Oviedo estaban llenas de pintadas acusando a los Guerrilleros de Cristo Rey de asesinos. Y en los dos días siguientes la situación se deterioró de manera alarmante. El día 24, otro joven murió en Madrid con la mandíbula destrozada por un bote de humo disparado por la Policía y aquella mañana el GRAPO raptó al general Villaescusa, presidente del Tribunal de Justicia Militar.
Todo aquello era la antesala de un suceso todavía mucho más grave, el asesinato de los abogados laboralistas de Atocha, el 25 de enero. Aunque yo no fuera entusiasta de ese tipo de música, temí que volverían a pasar años antes de que volviera a escucharse la Internacional en las calles de Mieres.
                      Ilustración de: Pablo García

FUENTE:  José Ignacio Gracia Noriega

No hay comentarios:

Publicar un comentario