7 de septiembre de 2013

El misterioso colegio de Nuestra Señora de Covadonga (La Salle) de Turón

El colégio encantado de Turón

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El colegio de Nuestra Señora de Covadonga, situado en el valle asturiano de Turón, encierra un gran misterio entre sus muros abandonados. Durante la Guerra Civil española sirvió como cárcel y lugar de ejecución. A partir de entonces, los vecinos aseguran que por sus largos pasillos se pueden ver sombras y luces extrañas y que se oyen gritos de dolor.
En pleno corazón de Asturias se ubica el Valle de Turón, enclave trascendental para la minería y la industria asturianas y para la historia de España. Atravesando la avenida principal de su pueblo se encuentra el edificio del colegio abandonado de Nuestra Señora de Covadonga, más conocido como de La Salle. Su interior esconde un gran misterio. En él tuvo lugar una historia trágica que cambió la vida de varias familias de este municipio.
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Historia oculta.
El Colegio de Nuestra Señora de Covadonga se inauguró en 1917 y estuvo abierto hasta el año 2005. A partir de entonces el paso del tiempo y la desatención han causado estragos en sus instalaciones a pasos agigantados. El 5 de octubre de 1934 las tropas revolucionarias capturaron a nueve profesores religiosos en el interior de aquellas aulas. Tras cuatro días de cautiverio fueron conducidos hasta al cementerio para ser asesinados. Asimismo, este edificio también sirvió como cárcel y lugar de ejecución de los antepasados de algunos vecinos de esta población. Representantes de la Plataforma Juvenil de Turón, vinculados al Ayuntamiento de Mieres, destaparon esta espeluznante historia en 2007 al ponerse en contacto con el grupo de investigadores asturianos de lo oculto Gaipo. Estos, además, se encargaron de estudiar y verificar la oscura leyenda que rodea a este lugar, según la cual en los largos pasillos del antiguo colegio abandonado se ven sombras y luces de tonos verdes y blancos, y que se oyen voces a altas horas de la madrugada. Los vecinos comunicaron estos hechos a las autoridades, pero estas les no encontraron nada fuera de lo normal en el interior del edificio abandonado. Al mismo tiempo que comenzaba la investigación de campo en el inmueble para comprobar la autenticidad de los fenómenos paranormales se emprendía una reconstrucción documental sobre las personas que fueron testigos de los hechos que acontecieron allí. El secreto desvelado fue excepcional.

Fenómenos paranormales.

Los expertos aplicaron las últimas tecnologías para registrar cualquier fenómeno paranormal, analizarlo y guardarlo como prueba. Tales indagaciones se realizaron siempre después de que se ocultara el sol, a partir de la medianoche hasta la llegada del amanecer. La primera parte de este trabajo se basó en realizar estudios sobre el habitáculo -de tres plantas y con más de 40 dependencias-, así como en la elaboración de planos por parte del integrante del grupo Iván Lanza, licenciado en
Topografía, para determinar los puntos estratégicos donde efectuar las experimentaciones. Una vez señalados, los técnicos de fotografía del grupo llevaron a cabo barridos fotográficos para captar cualquier posible anomalía, ya que los infrarrojos pueden recoger lo que el cerebro humano es incapaz de codificar. Una de las imágenes más impactantes fue tomada en la primera planta del edificio. En ella se podía ver una luz verde que cruzaba en dirección al fotógrafo. Tal suceso se filmó cerca del aula donde habían sido retenidos los religiosos ejecutados. Asimismo, las cámaras colocadas en los pasillos estaban provistas de visores acoplados aptos para la infravisión -visión nocturna y termovisión-, así como capaces de captar las variaciones y las siluetas de cuerpos a través de la temperatura emanada. Además, en la planta baja estaba instalado un punto de control y un laboratorio de análisis de audio y vídeo para analizar el material que se obtenía y para examinar las grabaciones de las videocámaras repartidas por el edificio. El registro de audio pretendía obtener psicofonías. Para ello se utilizaron grabadoras convencionales de cinta magnética, conectadas a amplificadores y micrófonos altamente sensibles.

Psicofonías.

Las psicofonías captadas mostraban mensajes de dolor, que fueron contrastados con los testimonios conseguidos y la historia que envolvía los lugares del edificio donde fueron recogidas, como el sótano del colegio, lleno de escombros, y una pequeña y agobiante habitación del piso superior que se encontraba quemada. En la primera sala se grabó un grito perturbador, como si alguien estuviera siendo torturado. El resto de los mensajes recogidos también eran de sufrimiento: “Ayudadme”; ”Maltrato”; “Afuera, encontrad”; “Llámame”; “Cobardes”.
En algunas ocasiones estaban acompañados de ruidos sin explicación, golpes en muebles o raps e incluso de puertas que se cerraban de repente o de detectores de movimiento que saltaban sin que supuestamente nada se cruzase por su zona de control. Por ello, los miembros del grupo Gaipo realizaron sesiones de espiritismo en los sótanos del inmueble para obtener más pistas sobre estos fenómenos. Los datos revelados parecían incoherentes en un comienzo: personas apresadas en aquel lugar, muertes, restos humanos y aparentes entes, entre ellos un nonato… Todo cobró sentido gracias a los testimonios.

Fosa común.

Los investigadores encontraron amplia información sobre el asesinato de los sacerdotes, declarados mártires de guerra en Roma en el año 1999, pero muy poco acerca de las muertes de los demás presos políticos, debido a que todo fue quemado en el año 1936. Por este motivo fueron decisivos la aportación de nuevos documentos, en forma de artículos de periódico, y la colaboración de algunos testigos, como el enterrador, para esclarecer el caso. Ángel Ortega, de 95 años, fue uno de los ancianos que vivió lo ocurrido en aquel lugar, ya que su mujer fue asesinada cuando estaba embaraza de siete meses –dato que concuerda con el hecho de que aparezca un nonato en las psicofonías-: “Los muros de esta escuela sirvieron de cárcel en la toma de 1937. Muchos vecinos fueron hechos prisioneros en sus sótanos para luego ser ejecutados. Entre ellos, mi esposa Consuelo.
Ella fue acusada, perseguida y apresada para sonsacarle mi paradero. Mi mujer sufrió torturas dentro del colegio: fue maltratada, mancillada y, finalmente, asesinada”. Además, en los años cincuenta del pasado siglo unos menores, apodados Los niños hueseros, encontraron durante las reformas del patio escolar numerosos huesos, que a día de hoy aún continúan bajo el asfalto. Algo que concuerda con el testimonio de Hermesindo Andrade, quien asegura que él y otros alumnos fueron obligados a enterrar los huesos en un antiguo huerto: “Algunos cráneos conservan marcas y agujeros practicados por los verdugos”. A partir de este momento la prensa local y los medios nacionales mostraron interés en el asunto. Es una de las escasas ocasiones en que en España, y gracias a una investigación paranormal, se descubre la ubicación de una fosa común. Tal vez una intercomunicación entre el Más Allá y nuestro mundo lo permitió.

El antiguo colegio.

La verdadera historia Las obras del edificio Nuestra Señora de Covadonga finalizaron en el año 1917, pero hasta 1939 no fue utilizado como colegio para los hijos de los mineros. Durante la revolución obrera de 1934 los maestros, religiosos de la orden de los hermanos de La Salle, fueron apresados y ejecutados en un cementerio próximo. A causa de este suceso el Papa los nombró Santos Mártires de Turón entre los años 1999 y 2000. La historia secreta de este colegio puede reconstruirse recurriendo a las fuentes vecinales, que indican que tras la toma del bando nacional durante la Guerra Civil el pueblo fue marcado con una “X” por su participación en la revolución, lo que hizo que las represalias por sus tendencias políticas fueran enormes. Al carecer de cuartel, el colegio fue adoptado como recinto provisional en el año 1937. Las personas se agolpaban a sus puertas para ver cómo desplazaban a los futuros ejecutados al Pozu Fortuna, una boca de mina ubicada a pocos kilómetros que sirvió de fosa común. Para evitar revuelo entre la población eran ejecutados en el propio patio del colegio. Según muchos habitantes los restos aún permanecen bajo el asfalto del recinto.

La história de los Martires de Turón.


Cuando las circunstancias económicas y políticas ennegrecieron las ideas y las relaciones, los enemigos de la educación cristiana multiplicaron sus gestos de aversión y antipatía también en aquel rincón asturiano.
En 1934 eran ocho los Hermanos que trabajaban en el centro. Seis de ellos llevaban un año de permanencia, pues habían Regado cuando la Ley de Congregaciones y Asociaciones Religiosas prohibió a los religiosos la docencia, y tuvieron que disimular su condición cambiando de lugar y de vestimenta todos, para poder continuar su tarea apostólica. Otro había Hegado en Abril. Y el último del grupo apenas si llevaba tres semanas en Turón, aceptando un traslado de última hora sin sospechar siquiera lo que para él iba a representar.
Su labor era meritoria. Unos 350 alumnos, entre los 5 y los 14 años, se beneficiaban de la inmensa abnegación de tan excelentes educadores. En el Valle eran varios los millares de jóvenes que habían pasado por la Escuela.
También en ella tenían su centro algunas asociaciones religiosas de alumnos y de exalumnos. Entre éstas estaba la juventud de Acción Católica. Todas ellas desarrollaban gran actividad apostolica.

La detención de los hermanos.


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El estallido revolucionario aconteció en la noche del 4 al 5 de Octubre. Iba a durar quince días y sembraría de sangre las calles, los corazones y los recuerdos.

Al amanecer del día 5, sin tiempo para esconderse, comenzaron a ser detenidos por orden del Comité local las personas más señaladas en la sociedad: directivos de la Empresa, militantes políticos de derechas, miembros de algunas asociaciones católicas, los sacerdotes del pueblo, uno de ellos capellán de la Escuela.
Cuando volvía de la Casa del Pueblo, convertida en prisión, la cuñada del capellán, que había ido a llevarle algunas medicinas y otros efectos, pasó por la casa de los Hermanos para avisarles de lo que acontecía y sugerirles que se escondieran para no ser ellos también apresados.
Los Hermanos habían terminado ya la oración de la mañana y se estaban disponiendo para la santa Misa. Aquella noche había pernoctado en la Comunidad el P. Inocencio de la Inmaculada, Pasionista de la vecina localidad de Mieres. Había estado por la tarde confesando a los niños de la Escuela, con el fin de disponerles a celebrar el Primer Viernes de mes, que coincidía con aquel día 5 de Octubre.
Pensaron que a nada conducía abandonar el Colegio y decidieron comenzar inmediatamente la Eucaristía por lo que pudiera acontecer.
Estaban en el ofertorio de la Misa, cuando oyeron violentas voces en el patio del Colegio. Eran unos 30 escopeteros los que habían llegado y llamaban amenazadores a la puerta. El P. Inocencio rogó a los Hermanos que le ayudaran a consumir las Sagradas Especies, para evitar el riesgo de una posible profanación.
Enseguida invadieron los asaltantes la casa, realizando una minuciosa inspección, con el pretexto de buscar las pretendidas armas escondidas allí por los jóvenes de Acción Católica. Nada encontraron, aunque mucho rompieron y deterioraron.
Declararon detenidos a los religiosos, sin permitirles recoger nada de sus habitaciones, aunque ellos lo solicitaron. Por la calle central del pueblo, llevaron a los Hermanos y al Padre a la prisión, no muy alejada del edificio escolar.
Es todo un símbolo que los Hermanos fueran encarcelados precisamente en una de las aulas que ocupaba la escuela socialista que funcionaba en aquel edificio convertido en prisión, y a donde no acudían contadísimos escolares, pues la mayoría de los obreros preferían enviar a sus hijos a la Escuela de los Hermanos. Era como si, escondida en aquellos hechos violentos, se hallara una lucha sorda entre los estilos cristiano y laico de educación.

Cuatro días en prisión.

Lo primero que hicieron los carceleros fue obligar al P. Inocencio a quitarse el hábito religioso que llevaba, pues les molestaba su figura. El Hno. Director rogó que trajeran de la casa de los Hermanos algún traje de éstos. Poco después se cumplía su deseo y el P. Inocencio cambiaba la vestimenta a gusto de los vigilantes.
Cuatro días permanecieron los Hermanos bajo la amenazadora mirada de los guardianes. Su resignación fue admirable y ayuda inmensa para los otros prisioneros, quienes, después recordarían emocionados su valor y su impresionante serenidad.
El primer día nadie se acordó de llevarles de comer ni ellos lo solicitaron. Se enteró de ello D. Rafael del Riego, Director de la Empresa, que se hallaba detenido en una habitación contigua, y dio orden de que se les llevara alimento desde el bar de la Empresa.
La compañía de los sacerdotes y de varios jóvenes católicos les hicieron más llevaderas aquellas jornadas angustiosas y plomizas. Con ellos rezaban el rosario y hablaban de la posibilidad de ser asesinados por su condición de religiosos. Pero lo hacían con admirable paz y hasta alegría.
La víspera de la muerte se presentaron varios miembros del Comité Revolucionario, entre los que venía Ceferino Álvarez Rey, el cual se declaró alumno muy agradecido de los Hermanos. Su misión era descubrir si el Hno. Marciano, cocinero de la Comunidad era religioso o simple asalariado; y también averiguar el nombre exacto y condición de los demás.
Por la conversación y el tono de las preguntas, intuyeron la inminencia del peligro. Y decidieron confesarse como preparación par a lo que pudiera acontecer. Lo hicieran con fervor. Su ejemplo alentó a los demás detenidos, que también lo hicieron.
Días después escribían D. José Fernández, Párroco, y D. José Manuel Álvarez, Coadjutor: «Una alegría de cielo invadió los semblantes, una vez que terminamos las confesiones. Ya no temían la muerte. Todos estaban resignados a la voluntad de Dios y estaban seguros de que El tendría misericordia de sus almas, si llegaban a cumplirse sus temores».
La última noche pareció que iba a resultar como las anteriores. Se acomodaron sobre el suelo o sobre algunas mesas de la clase y se dispusieron a dormir en la medida de lo posible.
Mientras tanto, en su cercana Escuela se reunían los que iban a cumplir la sentencia que había dictado el Comité. Silverio Castañón, venciendo las resistencias de los que, como Leoncio Villanueva, jefe local del grupo masónico, no eran partidarios de la ejecución, había reclutado un grupo de fusilemos asesinos en Mieres y en Santullano, pues no había encontrado suficientes secuaces en el mismo Turón. Ciego e insolente, había rechazado diversas peticiones de clemencia. Incluso temiendo reacciones violentas, planeó el crimen con astucia, disimulo y nocturnidad.

El momento de la ejecución.

En algún reloj del pueblo de Turón acababa de sonar la una de la noche, comienzo de aquel quinto día revolucionario, 9 de Octubre de 1934.De improviso se abrió la puerta de la sala, en donde se hallaban los detenidos. Las figuras siniestras de Silverio Castañón y de otro facineroso, llamado Fermín García y apodado «El Casín», se recostaron en la puerta.Todos dormían, salvo el Director, Hno. Cirilo, y el Párroco, D. José, los cuales conversaban en voz baja.- «Aquí hay dos», dijeron ellos. Y les ordenaron que se quitaran los abrigos y les entregaran cuanto llevaban sobre si. Poco a poco se fueron despertando los demás. Les obligaron a hacer lo mismo.Les colocaron al extremo de la sala, separados de los otros detenidos, a los cuales no se les había exigido entregar sus pertenencias. Eran nueve religiosos y dos sacerdotes. Les comunicaron que pensaban llevarles al frente, para servir de parapeto ante los soldados.

«El Casín» les preguntó:
- «¿Qué armas saben Vds, manejar?»
Respondieron que ninguna. Contrariado aparentemente, insistió el interrogador:
- «¿Es que no han hecho el servicio militar.?»
Unos dijeron que sí lo habían hecho, pero como religiosos y enseñando en los cuarteles. Otros no lo habían hecho por ser todavía jóvenes.
El Hno. Augusto dijo que él sabía manejar el mosquetón. Irónicamente respondió «El Casín»:
- «¡Buen arma..! ¡Buen arma..!»
Les mandaron formar de tres en tres. Con sorna, y aludiendo al modo como llevaban a los niños a misa los domingos, uno de ellos les dijo:
- «Esto ya sabrán Vds. hacerlo bien».
Y después añadieron:
- «¿Saben Vds. a dónde van?»
Respondieron negativamente, aunque intuían que les llevaban para terminar con sus vidas.
- «Pues van Vds. al frente, a la línea de fuego, para que, al verles, nuestros enemigos dejen de disparar ».
El Sr. Párroco pidió permiso para hablar. Se lo concedieron.
- «Entonces nos permitirán, al menos a los sacerdotes, vestir el traje talar. Si vamos de seglares, no seremos reconocidos y no se cumplirán los deseos de Vds.» Se quedó algo pensativo «El Casín».
- «De ninguna manera, dijo al fin. Creerían que estamos en una Monarquía. Y estamos en una República».
Los dos del Comité, y alguno más que había entrado, se apartaron algo para deliberar. Se dirigieron al grupo y dijeron, después de haberlos contado:
- «Once… y los dos carabineros, trece. Y éstos no pueden quedar, pues irán a lo más recio de la pelea. Por tanto sobran dos, pues en la camioneta no hay sitio para todos, ya que han de ir varios de los nuestros para acompañarles».
Los carabineros eran dos jefes del Cuerpo. Teniente Coronel Arturo Luengo y el Comandante Norberto Muñoz. Habían sido apresados en Oviedo y eran custodiados en Turón como rehenes.
Con el disimulo y engaño que habían usado hasta entonces, se dirigieron a los que estaban apartados y les ordenaron:
- «Salgan aquí los curas de la Parroquia».
Obedecieron los dos, pues el capellán, D. Tomás Martínez, ya no se encontraba entre ellos, debido a su enfermedad Les hicieron algunas preguntas y les mandaron quedarse.
A los demás, Castañón les indicó:
- «¡En marcha!»
En ese momento, las diestras de los sacerdotes se alzaron con el signo de la absolución, pues estaban convencidos de que les llevaban a la muerte.
Lo narrado hasta aquí es rigurosamente cierto. Procede de un documento redactado por los sacerdotes días después de los hechos. Lo que sigue hay que reconstruirlo con el testimonio de algunos de los que intervinieron en la ejecución. Ante la fachada, contemplaron unos 20 hombres armados.
Yoyeron de nuevo la voz de Castañón:
- «¿Saben Vds. a dónde van?»
El Hno. Augusto respondió en nombre de los demás:
- «A donde Vds. quieran. Estamos dispuestos a todo, pues ya nada nos importa».
Castañón sentenció:
- «Pues van Vds. a morir por rebeldes».
Parece que las víctimas no se inmutaron. Obedecieron la orden de ponerse de dos en dos. Los carabineros iban al frente. El último lugar lo ocupó el P. Inocencio.
Ocho o diez minutos tardaron en llegar al cementerio. Siguieron la senda que sube por la ladera de la montaña.
Ante el cementerio tuvieron que esperar un rato. El enterrador no había acudido todavía.
Se dio orden de avanzar hasta el centro del cementerio. Allí estaba preparada una zanja de unos nueve metros. Se les colocó ante ella. Ante sus ojos, a unos 300 metros, se alzaba el edificio del Colegio, iluminado a aquellas horas de la noche. Fue lo último que contemplaron los mártires.
Rápidamente Castañón dio la orden de fuego. Con dos descargas quedaron acribillados. Algunos, que habían quedado con señales de vida, recibieron un disparo de pistola. El Hno. Cirilo y el Teniente Coronel fueron golpeados con una maza que había por allí.
El enterrador recibió la orden de echar tierra sobre los cuerpos. Lo hizo y se marchó pronto.
Mientras, tanto el grupo de asesinos se volvía hacia sus puntos de origen. Seguro que lo hacían desconcertados por la serenidad de las víctimas, que no habían proferido ni una queja ni una protesta.
Días después, detenido en la cárcel de Mieres, Castañón reconocía:
- «Los Hermanos y el Padre oyeron tranquilamente la sentencia y fueron con paso firme y sereno hasta el cementerio. Sabiendo a dónde iban, fueron como ovejas al matadero; tanto que yo, que soy hombre de temple,, me emocioné por su actitud…
Me pareció que por el camino, y cuando estaban esperando ante la puerta, rezaban en voz baja … ».


FUENTE:  http://tejiendoelmundo.wordpress.com
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