19 de agosto de 2013

Santiago Alonso, «Santiagón de Morcín»

El horroroso crimen de Peñerudes.


Ilustración de Alfonso zapico (Fragmento de 'Dublinés)

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A Santiago Alonso, «Santiagón de Morcín», a menudo se le cruzaban los cables. Cuando ocurrieron los hechos que hoy voy a refrescar, tenía 34 años, no hacía mucho desde que había salido de la cárcel y además contaba con dos condenas anteriores por lesiones y atentado a la Guardia Civil, de las que había logrado escapar huyendo a Cuba, para volver cuando consideró que ya había pasado el tiempo suficiente y que el olvido había ganado la partida a la memoria. Vino a trabajar a las minas de Turón, la distancia justa para estar cerca de su familia en Morcín, pero lo suficientemente lejos como para pasar desapercibido?salvo para el párroco de Peñerudes, al que le gustaba tener presente la historia de sus vecinos.
Porque tanto él, como su hermano Camilo, que le acompañaba a todas partes como una sombra, eran naturales de allí, donde aún vivían sus padres, Manuel y Clara, dos labradores honrados que sufrían en la soledad de su vejez las malas acciones de sus hijos y una carrera de errores que inició la recta final hacia el asesinato y la cárcel el día 8 de diciembre de 1904.
Todo tuvo su origen en una discusión que habían mantenido los hermanos Alonso en una taberna de Turón con otro conocido de Peñerudes; en un principio parecía que la cosa había quedado en nada gracias a la intervención de algunos compañeros del pozo, pero al llegar la noche Santiagón salió de casa armado con una navaja y un hacha y buscó a su víctima para agredirle sin que mediara nueva disputa. Primero le dio una puñalada e inmediatamente descargó un terrible hachazo sobre la cabeza de aquel pobre hombre que cayó herido sobre un charco de su propia sangre, de tal forma que el agresor dio por seguro que estaba muerto.
Afortunadamente no fue así, pero los dos hermanos no se quedaron a comprobarlo y salieron por pies hacia el monte, perseguidos en un principio por algunos testigos del hecho. Cuando lograron despistarlos pasaron por Buseco, una pequeña aldea en la que vivía un pariente lejano, entraron en su casa y recogieron algunas armas que éste tenía guardadas, planeando huir hasta Portugal antes de que la justicia les echase la mano encima. Luego, el razonamiento de Santiagón siguió la lógica de quienes no conocen los escrúpulos: había que conseguir como fuese el dinero necesario para el viaje y, ya sin nada que perder, podían aprovechar para ajustar las cuentas a un viejo enemigo, que además tenía la cartera bien repleta: don Francisco Alonso Álvarez, el párroco de Peñerudes.
El enfrentamiento con el cura había nacido en septiembre de 1903, cuando el clérigo había denunciado a Santiagón por amenazas, tras presentarse en su casa al sentirse aludido en un sermón contra los blasfemos, con un revolver en la mano y diciendo que estaba dispuesto a matar a todos los curas. Entonces Santiagón no había podido escapar a la prisión. Y por si fuera poco, los dos hermanos le culpaban también de haber influido ante la señorita de Mon, dueña del coto de Peñerudes, para que le desahuciara de las tierras que venía trabajando allí. Desde aquel momento la idea de la venganza se fue fraguando hasta que lo ocurrido en Turón aceleró su desenlace.
Desde Buseco los Alonso pasaron a Peñerudes y se refugiaron en el pajar de una vecina para dormir unas horas, pero antes de que amaneciese subieron hasta el torreón medio derruido que domina el pueblo y desde el que puede controlarse sin ser visto todo lo que ocurre en él.
Serían las seis de la mañana cuando el párroco madrugó para dirigirse hasta la iglesia a preparar la primera misa del día. Allí se encontraba ya una vecina, mientras el cura oraba ante el altar. Notó que Camilo, que nunca entraba en el templo, lo había hecho en aquella ocasión, aunque con la gorra puesta, y al verla daba media vuelta. Extrañada salió tras él y vio que afuera le esperaba Santiagón para volver a entrar junto a él.
-¿Qué vais a hacer? -Les preguntó alarmada.
-Vamos a matar al cura. -Respondieron- Y usted márchese, sino va a morir también.
Mientras la vecina corría hacia el pueblo pidiendo socorro, sonó una detonación. El párroco había recibido un disparo por la espalda, pero lejos de amedrentarse se levantó persiguiendo a Santiagón y agarrándole fuertemente de la chaqueta para impedir su huida; intervino también Camilo y entretanto llegó a la escena el sacristán Pelayo Cachero para mediar en la pelea. Entonces se desató la locura de los dos hermanos: a los disparos les sucedieron los navajazos y el sacristán cayó herido, mientras otra vecina que se había acercado a misa se arrodillaba ante ellos pidiendo clemencia. En cambio lo que se encontró fue el cañón de la escopeta de Santiago en su pecho, a la vez que podía ver como Camilo remataba al cura machacándole la cabeza con una piedra enorme que había arrancado de una pared inmediata.
Consumado el crimen, quedaba aún pendiente lo del dinero y a pesar de que el alboroto ya había despertado a todo el pueblo, los dos hermanos se dirigieron al domicilio de su víctima penetrando en él para amenazar a su madre y su sobrina mientras lo registraban todo. En la puerta, el joven Francisco Fernández los instó a salir y Camilo disparó sobre él fallando el tiro; se agarraron y Santiago bajó las escaleras realizando otro disparo que también fue al aire pero permitió a los asesinos iniciar otra huida hacia el monte.
Cuando la Guardia Civil de Oviedo recibió la noticia se envió una dotación hacia Morcín, pero entretanto los vecinos ya se habían organizado para salir en pos de los huidos pidiendo refuerzos en las aldeas vecinas. Finalmente, después de vaciar sus cargadores, los hermanos Alonso se rindieron arrojando sus armas junto a un arroyo en el que se habían detenido a beber y desde allí fueron llevados de nuevo a Peñerudes para esperar a la justicia.
La prensa contó que Santiago Alonso era delgado, de regular estatura, usaba bigote y tenía cara de verdadero criminal; mientras Camilo, que solo contaba veintiún años, también era delgado, un poco más alto que su hermano, barbilampiño y mucho menos antipático. En el registro se les encontró el cuchillo empleado en la agresión, que era de cocina, de treinta y cinco centímetros de largo y aún estaba manchado con la sangre de la víctima. Santiago también llevaba en sus bolsillos nueve pesetas y Camilo diez. Luego fueron conducidos en el tren correo de Trubia hasta la capital y allí quedaron presos e incomunicados, convictos y confesos de su crimen, mientras en Peñerudes el cadáver del párroco se exponía públicamente a los curiosos y los periodistas en el pórtico de su iglesia, colocado sobre una escalera y cubierto con un impermeable.
El lunes 30 de enero de 1905, se inició en la Sala de lo criminal de la Audiencia provincial el juicio en el que se iba a tratar el que en aquel momento se calificó como «el más sangriento que registra la crónica negra asturiana» y centenares de curiosos lo siguieron en la calle, esperando la entrada y salida de los encausados, rodeados de guardias civiles y siempre con el cigarro en la boca, pudiendo incluso hablar con ellos, alborotando siempre y siguiendo su chulería y la agresividad de sus miradas.
La sala, también repleta de público, estuvo presidida por el teniente fiscal de la Audiencia Celso Torres; la acusación privada recayó en Armando Argüelles Aza y la defensa en un abogado de turno rechazado por los acusados que preferían a Álvaro de Albornoz, quién después de despachar la causa, se excusó por enfermedad, aunque en los pasillos se comentó que su ausencia no era más que una disculpa para no tener que verse ante la versión de que la enemistad con el cura había tenido motivos más oscuros que los económicos.
Mientras la acusación apreció alevosía y premeditación, solicitando la pena de muerte y una multa de 20.000 pesetas, la otra parte sostuvo que en vez de lucha se había tratado de un intercambio de disparos ya que el asesinado también se había defendido a tiros, llegando a acertar a Camilo, aunque sin herirle porque la bala había tropezado con una moneda que llevaba en el bolsillo y pidió para Santiagón 12 años y un día de reclusión y 3.000 pesetas de indemnización y para Camilo la absolución por la eximente de imbecilidad. Y es que el doctor Sixto Armán, llamado al estrado, había certificado que Camilo era microcéfalo y la forma de sus narices, sus orejas y sus ojillos hundidos y sin expresión avalaban este diagnóstico.
¡Vaya caso, eh! Ahora, sentencien ustedes.
                               Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
(ver artículo del blog con fecha 04/02/2013)
Titulo: "El susto de Santiagón en la primavera de 1892, en Boo"
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      SANTIAGÓN DE MORCÍN.

  El Torreón y Peñerudes. Al fondo se puede ver Oviedo bajo El Naranco

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Era el uno de mayo de 1870 cuando vino al mundo Felipe Santiago Alonso Fernández, en la Cotina, una pequeña aldea que pertenecía a la parroquia de Peñerudes. Esta parroquia, que pertenecía al concejo de Morcín desde el año 1827, antes de esta fecha era un Coto perteneciente a la familia Argüelles desde el siglo XII. Desde esa época, los señores del Coto mantenían un modo de vida feudal y de vasallaje con los colonos arrendatarios de sus tierras. La familia de Santiago, como las demás que tenían en arrendamiento las caserías del Coto, eran de condición humilde y el rendimiento de las tierras a duras penas llegaba para comer y pagar la renta a los propietarios. Desde su primera infancia, su carácter rebelde le empezó a crear complicaciones, pues no se dejaba doblegar con facilidad. El nacimiento e infancia de Santiago coincidió con unos años en que las cosas empezaban a cambiar en España e ideas de izquierdas, de libertad y deseo de igualdad empezaban a arraigar entre los jóvenes, algunos de los cuales habían conseguido trabajo en las minas puestas en funcionamiento por la Fabrica de Armas de Trubia en Lavares, Brañace y la Mostayal. Al llegar a la adolescencia Santiago era uno de los jóvenes mas rebeldes y en él empezaban a arraigar estas ideas que le llevaban a no aceptar lo que la iglesia por medio del cura y los poderes burgueses de los señores amos les imponían, y esta conducta libertaria era para muchos una conducta antisocial. Los años eran muy difíciles en todos los aspectos; la educación era muy escasa y las peleas eran tan habituales que hasta formaban parte del propio modo de vida y, como fin de todas las fiestas, se formaban unas enormes peleas que no era extraño que acabasen con varios heridos, incluso algunas veces era mucho peor, pues acababan con alguna muerte.
En las peleas los mozos de Peñerudes solían enfrentarse con los de otras parroquias vecinas, e incluso algunas veces entre pueblos de la misma parroquia, Santiago pronto empezó a destacar en estos violentos enfrentamientos pues la naturaleza le obsequio con una fortaleza fuera de lo común unida a un temerario valor y a un genio indomable que le hacía prácticamente invencible. Era casi una costumbre: Los pastos de puerto, o el que un forastero pretendiera una moza de la parroquia, hasta un involuntario tropezón, era suficiente espoleta para que una violenta pelea comenzase.Los domingos quedaba algo tiempo libre ya que el párroco se ocupaba que no se trabajase, bien mediante denuncias o instando las visitas periódicas de la guardia civil, por lo que los jóvenes, que no tenían un céntimo de para ir a la taberna a tomar vino, caña o aguardiente se refugiaban debajo del hórreo donde jugaban a las cartas o demostraban sus habilidades tallando madera con la navaja. Los que trabajaban en la mina cabeceaban mampostas, frenos o trabancas, mientras que los que se dedicaban al campo, eran útiles agrícolas lo elegido como talla de artesanía. Santiago era de los mas hábiles, pero se quedaba ensimismado escuchado a Pachin del Navalon, que había trabajado en una mina de Langreo, hablar del nuevo movimiento obrero que se gestaba en las minas. Pachin lo decía claro: - Se tiene que acabar que unos pocos sean dueños de todo y mientras tanto otros estén muertos de hambre, pero para lograrlo estaba en que los mas pobres se unieran. Y Pachin les decía con todo convencimiento: - No va a tardar en llegar el día en que las tierras sean del que las trabaja. Y en todas partes se hará un justo reparto. Y las minas serán de los mineros. Las habituales peleas le habían creado a Santiago mala fama por lo que, cada vez que se producía alguna trifulca, debía visitar el cuartel de la Guardia Civil. La agitación política que se vive no le es ajena al joven Santiago, ya que es un joven que simpatiza claramente con los movimientos libertarios de izquierda De esta manera, tan poco pacifica ni deseable para la educación de un joven, trascurren los primeros años de la vida de Santiago hasta que en el año 1.890, cuando contaba 20 años de edad, tiene una pelea con un vecino al que causa lesiones de gravedad, lo que le lleva a la cárcel por primera vez.
                                 Ilustración de Alfonso zapico

Después de trabajar en diferentes minas en la zona de Mieres, se fue a trabajar a las minas de Vallejo en Palencia aquel día 25 de abril de 1.891 era día de fiesta en las minas de Vallejo; allí había encontrado Santiago trabajo como minero de primera clase; sabido es que en estos días los mineros cansados de trabajar, lo primero que frecuentan es la taberna tanto para aplacar los seguidos días de trabajo sin descanso, como hacer tertulia para hablar del trabajo, de los jornales y nuestras penalidades. En aquellos tiempos en las cuencas mineras, no se conocían ideas sociales, pero si rebeldías contra los patronos.....................
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Dado que, en el patio del penal había una zona que no se utilizaba, el director de la prisión pensó en regalar un pollito a cada recluso para que los criasen y así, cuando llegase la Navidad, lo celebrasen a su manera.
            Los pollos fueron creciendo y el de Santiago destacaba sobre todos; era muy hermoso, altivo, con unas brillantes y lustrosas plumas. Con aires de Don Juan, de conquistador, con una ancha y roja cresta roja, y que parecía presumir al andar, vamos, que era una delicia de gallo.
            Cuando faltaban pocos días para la llegada de la navidad y ya empezaban los preparativos, estaba Santiago con su gallo y se le acercó otro de los reclusos y le dijo:
-         A los condenados ya les queda poco de vida.
-         A que te refieres - le preguntó Santiago.
-         A los gallos, que hoy serán sacrificados.
            El gallo de Santiago  picoteaba feliz, mientras canturreaba y Santiago le cogió y lo abrazó contra su pecho y le dijo:
-         Pobrecito estas condenado a muerte, como yo lo estuve, así que yo te indulto. No morirás amigo.
            Todos los presos mataron sus gallos menos Santiago, prepararon suculentas cenas. Por un lado los asturianos, por otro los santanderinos y así varios grupos. Todos, menos Santiago, por lo que varios presos asturianos se acercaron y le dijeron:
-         Ven a cenar con nosotros, aunque no hayas querido matar tu gallo, nosotros te invitamos.
-         Esa noche voy a cenar a solas con un gran amigo – respondió Santiago a esta invitación.
            Mientras todos cenaban y se divertían, Santiago y el gallo cenaban mano a mano: un trozo de pan para Santiago, y un grano de maíz para el gallo; un trozo de pan...
            Mientras cenaban, Santiago le decía a su gallo:
-         Mira, los hombres no somos buenos y nos inventamos un Dios a imagen y semejanza nuestra. Todo está a nuestro servicio. Podemos destruirlo todo y estamos justificados. Otra cosa sería que vosotros, los gallos, también tuvierais un Dios que os protegiera también, pero no es así, por lo que solo sois comida para los humanos que pueden hacer con vosotros lo que quieran.
            Pasó la navidad y el gallo de Santiago era el rey de la cárcel, la mascota de todos, hasta que un día llego el director de prisiones y se encontró cara a cara con el gallo.
-         ¡Capitán! - gritó.
-         ¿Que hace este gallo aquí?
-          Es el gallo de Santiagón. -le respondió el capitán.
-         - Pues vete y avísale que lo mate y se lo coma inmediatamente.
            El capitán se fue a la celda de Santiago y le dijo:
-         Dice el director que te comas el gallo inmediatamente.
-         Dile al director que antes me como su hígado - contestó Santiago.
            El director ya tenía ganas de dar una lección a Santiago a si que se dirigió al patio y le dijo:
-         Entrégame inmediatamente ese gallo, que debe ser sacrificado.
-         Antes de matar al gallo me tiene que matar a mí - le replicó Santiago.
            Los dos se miraron fijamente, y una sensación extraña recorrió el cuerpo del director. Por primera vez en su vida conoció el miedo. Dio media vuelta y se dirigió a su despacho, llamó al capitán y le dijo:
-         No quiero ese gallo más en la prisión, así que arréglese como pueda. Como si tiene que matar a Santiagón.
            El capitán fue en busca de Santiago y le dijo:
-         Me tienes que entregar el gallo.
-         Eso nunca, mientras yo este vivo. Yo lo indulté y por lo tanto debe vivir. Me pueden matar, pero tengan cuidado porque luchare hasta el último soplo de vida - le contestó Santiago.
            El capitán no sabía que hacer, pero entonces una idea le vino a la mente y le dijo a Santiago:
-         Te compro el gallo.
-         ¿Que? Lo que quieres es comprármelo y matarlo y así cumples la orden y de paso te comes mi gallo - le dijo Santiago.
-         Mira Santiago: mis suegros viven en el campo, tienen gallinas y otros animales, allí seguramente tu gallo será mucho mas feliz que aquí encerrado.
-         Me tienes que dar tu palabra de honor que así será - le dijo Santiago.
-         Te doy mi palabra de honor y te lo juro que así será -le contestó el capitán.
            Sorprendido se quedó el director de la prisión cuando vio salir al capitán con el gallo de Santiagón en brazos
            En los meses sucesivos, el capitán le contaba cosas del gallo, de su felicidad en el campo lo que le hacía sonreír feliz.


FUENTE:  Alvarez de Morcin 

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