21 de agosto de 2013

Nieves Cuesta, una mierense marcada por la Revolución del 34

Cuando Nieves Cuesta encontró la libertad

 
 Nieves Cuesta

Una mierense marcada por la Revolución del 34, la Guerra Civil y el exilio en la Unión Soviética publica «Simplemente mi vida», un libro con sus memorias


Nieves Cuesta nació en La Pereda, en Mieres, en 1926. Su padre, José, comunista, murió en la Revolución del 34 y junto a sus cinco hermanos fue entregada en adopción a una familia alicantina. La guerra civil les obligó a exiliarse en la Unión Soviética, donde permanecieron 18 años. Allí conoció a su marido, el allerano Ángel Lago. Ambos regresaron a España en 1957 y se asentaron en Avilés, en plena eclosión de Ensidesa. Allí encontraron la libertad, a pesar de llegar a una tierra que se encontraba bajo el yugo de un régimen dictatorial. Todo lo cuenta la propia Nieves Cuesta en «Simplemente mi vida», un libro con sus memorias publicado por la editorial Azucel.
La historia tiene su génesis en 1934, con la Revolución de octubre. Nieves vive con su familia en el pueblo mierense de Ablaña. El padre, José Cuesta, es minero y comunista. Apoya la rebelión y acompaña a sus compañeros al frente. Cuatro días más tarde, un tren llega a la estación de Mieres. Nieves y sus cinco hermanos, que se habían trasladado a La Pereda, reciben la noticia de que en el convoy viaja su padre. La información es certera. José Cuesta descendió del vagón, le dio un beso a cada uno de sus hijos, entregó 75 pesetas a Nieves, la mayor, y se fue. Los suyos no volvieron a verlo.
Huérfanos de padre, Nieves Cuesta y sus hermanos fueron recogidos por el Socorro Rojo Internacional y dados en adopción a varias familias alicantinas. A Nieves le tocó en suerte los Guardiola. El padre de familia, Antonio, agricultor, era secretario general del Partido Comunista de Alicante cuando estalla la Guerra Civil. Antonio Guardiola ejerce labores de despacho. No guerrea en el frente. Alicante es el último reducto republicano, por lo que las acometidas franquistas se recrudecen. Nieves crece con la angustia de los bombardeos. Alicante cae y la vida de los Guardiola se desmorona. Antonio se ve entre la espada o la pared. «Era el exilio o el paredón», señala Nieves. Optan por el exilio a la Unión Soviética.
Lo que parecía el inicio de un viaje hacia la libertad fue, en realidad, lo más parecido al infierno. El mítico barco «Stanbrook», en el que miles de republicanos huyeron de España, recaló en Alicante. Miles de personas esperaban en el puerto. Era una trampa. En el interior no había sitio para todos. Sólo aquéllos con cargos políticos, como era el caso de Antonio Guardiola, pudieron embarcar. El resto se quedó en tierra. Muchos, ante el abismo que se abría ante sus pies, optaron por suicidarse allí mismo. Nieves escapó de aquella escena dantesca por los pelos: tuvieron que izarla con una cuerda e introducirla en el barco por una escotilla para arrancarla de la muchedumbre que intentaba abordar la nave.
El «Stanbrook» llega a Stalingrado (hoy San Petersburgo) en junio de 1939. El recibimiento del pueblo soviético es entusiasta. A Nieves y su familia adoptiva los trasladan a Harkov, en la actualidad territorio ucraniano. Tras unos meses, se asientan definitivamente en Moscú. Nieves aprende idiomas y vive protegida por las autoridades soviéticas. «A los republicanos españoles, los rusos nos trataban muy bien. Teníamos muchos privilegios», recuerda Cuesta.
Los españoles exiliados hace piña, se asocian, intercambian experiencias. En un baile, Nieves conoce a Ángel Lago, que había nacido en Moreda, a pocos kilómetros de donde lo había hecho ella . Con el tiempo deciden casarse. El nacimiento en Moscú de su primogénito, Francisco, aviva las ansias de volver a España. La lejanía distorsiona la realidad. «Creíamos que Franco iba a caer, sobre todo después de que los fascistas perdieran la Guerra Mundial. Estábamos convencidos y por eso queríamos volver», confiesa Cuesta. Si a la pareja le quedaba alguna duda, la muerte de Stalin las disipa. «Era nuestro maestro», señala la mierense.
Parten de la Unión Soviética en pleno invierno. Atrás quedan mil papeleos y la colaboración de la Cruz Roja. Llegan a España en los albores de la primavera de 1957.
Lago, perito de profesión, probó suerte en Alicante, la ciudad adoptiva de su esposa, pero no encontró nada convincente. Desde Asturias les llegaron noticias del florecimiento de Ensidesa. Una carta de recomendación del gobernador provincial de la época le sirvió a Ángel Lago y su familia para incorporarse a la empresa siderúrgica. Lago comenzó como ajustador, pero ascendió rápidamente a maestro industrial. «Un currante», como lo califica su viuda.
Nieves Cuesta había llegado a Avilés con el miedo metido en el cuerpo. En la Unión Soviética, la maquinaria propagandística se encargaba de diseminar entre la población que en la España franquista se vivía en la más estricta pobreza. «Nos decían que la gente iba descalza por la calle», recuerda Nieves Cuesta. El temor del matrimonio se acrecentó con los férreos controles a los que hubieron de someterse para entrar en España. Maratonianos interrogatorios en los que se comprobaba que los repatriados no constituían un riesgo ideológico para el régimen. «A mi no me dieron mucho la lata, pero a mi marido, que había trabajado en una fábrica de motores de aviación, pues imagínese lo que fue aquello» señala.
El temor era grande, pero las ansias de regresar a España, aún mayores. Los riesgos merecían la pena. Sin embargo, la incertidumbre desapareció una vez pisaron suelo avilesino. Ellos, nacidos en Asturias, eran en realidad emigrantes como el resto de sus 20.000 nuevos vecinos, llegados de todos los puntos geográficos de España, al igual que Nieves Cuesta y Ángel Lago buscando un nueva vida, un inicio desde cero. El poblado de Llaranes, en 1957, era un hormiguero de gentes, un ir y venir constante en busca de una realidad desconocida, una esperanza intuida. «No teníamos más que lo puesto y, al llegar, nos metieron en una casa que compartíamos con otras familias que tampoco tenían nada. Con el tiempo ya nos ubicaron en una casa propia, en la calle Monte Aramo», recuerda Cuesta.
El matrimonio comenzó entonces a paladear las mieles de aquella Arcadia que constituía Llaranes dentro del gris panorama español. Ensidesa y su maquinaria colosal salvaguardaba la moral de sus trabajadores a costa de envolver en celofán la realidad cotidiana. «Ensidesa se ocupaba de todo: teníamos un economato, nos daban plaza gratis en el colegio, sólo nos cobraban 50 pesetas de renta, nos proporcionaban carbón sin cobrar un duro. Por hacer, hasta nos cambiaban las bombillas si se nos fundían. Venía un técnico a casa y ¡hala! Era un progreso», destaca Cuesta.
Un término, progreso, que Nieves Cuesta y su familia habían tardado en conocer 32 años, edad con la que volvieron a España. La empresa siderúrgica había instalado un tranvía que comunicaba Llaranes con el centro de Avilés. Los habitantes del barrio adquirieron, de este modo, un sentimiento de identidad propia. «Todos habíamos llegado de fuera y luchábamos por labrarnos un futuro. Convertimos el poblado en nuestro hogar a base de colaborar entre nosotros, de ayudarnos mutuamente. Era un ejemplo de amistad. Venir a Llaranes fue la mejor elección de nuestras vidas. Nunca nos arrepentimos», comenta Nieves Cuesta.
Con un empleo en Ensidesa y las esporádicas clases particulares de idiomas que impartía Nieves, la familia Lago Cuesta comenzó a disipar de su memoria los oscuros episodios en los que sus vidas se habían dividido hasta ese momento. Ninguno de los dos nació en Avilés, pero ambos se comportaron como avilesinos de pro. Inculcaron a sus hijos el amor por la villa. De hecho, el primogénito, Francisco, llegó a ser concejal de Hacienda con el PSOE entre 1991 y 1995. «A Avilés no lo cambiamos por nada. En ella nos sentimos libres», señala Nieves Cuesta que, a sus 84 años, ve el futuro con cierto optimismo, aunque el Niemeyer no le termina de convencer. «No sé con qué lo van a ocupar. Está claro que dará prestigio a la ciudad, pero del prestigio no se come», afirma.

 Cuesta, con su hijo Francisco y su marido, Ángel Lago, tras llegar a Avilés.

FUENTE:  J. C. GALÁN
REPRODUCCIÓN DE MIKI LÓPEZ 

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