5 de agosto de 2013

Los huidos de Sama y El comandante de la Guardia Civil, Lisardo Doval

¿Héroes o bandidos? 

 Discurso de Belarmino Tomás en el balcón del Ayuntamiento de Sama el 18-10-1934

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El 18 de octubre de 1934 Belarmino Tomás regresó a Sama de Langreo después de convenir en la capital -de general a general- con López Ochoa las condiciones de rendición de los mineros que se habían alzado en armas trece días antes. Ya en la cuenca, los miembros del Comité regional revolucionario y de los Comités de Mieres y Trubia fueron informados de que en el tira y afloja para conseguir una rendición honrosa y el mejor trato a los vencidos se había aceptado que la cuarta parte de sus integrantes debían entregarse y responder ante la justicia del Estado.
Entre los allí presentes nadie quiso ser cabeza de turco y, a pesar de la insistencia de quien había pactado las condiciones, fue imposible encontrar voluntarios para el sacrificio, pero la multitud reunida en la plaza del Ayuntamiento no podía esperar más y Belarmino tuvo que salir rodeado de sus jefes a rendir cuentas desde el balcón.
En la primera parte de su discurso describió la situación de Asturias: era imposible resistir más ante el avance del Ejército y el abandono de las otras regiones. Se le oyó bien, aunque la tensión se mascaba en el aire y algunos gritos aislados exigían continuar la lucha e insultaban a los traidores. Cuando llegó el momento de dar a conocer los puntos pactados para el alto el fuego la cosa cambió, un sentimiento de indignación se extendió entre los hombres que habían apostado su vida por una causa que ahora se evaporaba sin que se hubiese obtenido nada positivo. Las protestas arreciaron y los más exaltados dirigieron sus fusiles hacia el balcón.
Belarmino Tomás sabía lo que se jugaba en aquel momento, pero también era consciente de que estaba haciendo historia, y aguantó sin amilanarse el chaparrón de blasfemias durante unos minutos que se le antojaron eternos. No había reculado ante el enemigo y tampoco lo iba a hacer entonces ante los suyos.
Finalmente se pudo establecer el orden necesario para poder concluir el discurso con la dignidad que requieren las rendiciones honrosas, aquellas en las que queda el manido consuelo de que se pierde una batalla pero la derrota sólo es un paréntesis en el camino de la victoria final. Luego se dio la orden de llevar hasta la última trinchera el cese de la lucha y así se hizo, aunque en algunos puntos no resultó fácil convencer a los más empecinados.
En otras ocasiones hemos relatado lo que pasó con los miembros de los comités y cómo las tropas gubernamentales no tardaron en olvidar el pacto iniciando una represión en la que no faltaron los saqueos, violaciones, torturas ni desaparecidos, y los detenidos se acercaron a los 30.000. Hoy no vamos a referirnos a este capítulo cuya responsabilidad se atribuyó injustamente al general López Ochoa, que acabó ajusticiado en cuanto empezó la Guerra Civil, después de que una multitud le sacase del hospital madrileño en que se encontraba, cortando la cabeza a su cadáver para pasearla como un trofeo.
En fin, lo que quiero contar es la peripecia de un pequeño grupo de socialistas que tras el discurso de Belarmino renunciaron a entregar las armas y se echaron al monte, en un anticipo de lo que iban a repetir tres años más tarde otros muchos para seguir la lucha después de la caída de Asturias bajo la autoridad del Ejército franquista.
Ellos no fueron los primeros fugaos. Dejando de lado a los que hicieron lo mismo en el siglo XIX (huidos de la francesada, liberales perseguidos por Fernando VII y sobre todo los carlistas -maestros en la lucha de guerrillas-), ya en el XX, tras la huelga revolucionaria de 1917, algunos mineros acusados de actos de sabotaje también habían elegido el mismo camino, pero los de aquel día de octubre en Sama tienen su propia historia.
En su investigación de los hechos revolucionarios de Asturias, Paco Ignacio Taibo II logró que uno de ellos se la contase, empezando por recordar sus nombres. El informante fue Manuel Suárez Valles y sus compañeros -todos socialistas- Daniel Secades, Gabriel Pozo, Serafín Suárez y Ahedo, un ex futbolista del Racing de Sama. Según él, el grupo se dirigió hacia los Picos de Europa, lejos del área de acción del Ejército, y allí se encontraron con otros revolucionarios que también se habían negado a aceptar la rendición. «En esos primeros días había miles en las montañas, luego fueron bajando», contó el veterano minero, sin duda exagerando su percepción de la realidad, que contradice lo publicado en la prensa el 15 de noviembre de 1934.
En los diarios se informó aquel día de la estrategia del verdadero responsable de la represión en Asturias, el comandante Doval, «cuyo trabajo está lleno de abnegación y de cualidades insuperables del político, tacto, discreción, energía, tesón y valor personal». Su plan consistió en repartir los 1.500 guardias civiles y los 900 de asalto que entonces había en la región en varios sectores mandados cada uno por un interventor que se encargaba de recorrer casa por casa para elaborar las listas de huidos de cada zona con los antecedentes y la filiación de cada uno, reteniendo a los familiares de aquellos que no pudiesen justificar su ausencia. La versión policial era contundente:
«Así se ha logrado que a las 24 o 48 horas se vayan presentando muchos, algunos con más de un fusil, pues mientras más tarden más tiempo están intervenidos sus familiares. Con estos procedimientos apenas quedan fugitivos y los pequeños núcleos dispersos han desaparecido de las montañas, por las que las tropas han pasado quince días dando batidas, dejándolas limpias. Sólo quedan algunos fugitivos escondidos en casas de parientes o amigos».
A pesar de esta información, no cabe duda de que sí fueron muchos los que tomaron aquella decisión, y en los meses que siguieron las incautaciones de armas, los choques con las fuerzas del orden y el goteo de muertos en enfrentamientos aislados no cesaron en ningún momento en los montes asturianos.
Los huidos de Sama permanecieron meses en la zona de Cabrales, alimentándose con lo que recibían de los pastores de la zona, hasta que una mezcla de necesidad y exceso de confianza hizo que dos de ellos cayeran en manos de un enemigo implacable. Serafín Suárez fue el primero: la dureza del invierno, con frío extremo en el área que habían escogido para sobrevivir, le hizo caer enfermo y sus compañeros decidieron bajarlo hasta la casa familiar de Tuilla; allí, la inocencia de sus padres, convencidos de que la Guardia Civil lo iba a respetar si se entregaba, se vio rota cuando al día siguiente de llevarlo hasta el cuartel les devolvieron su cadáver molido a palos.
El siguiente fue Ahedo, el futbolista, que no pudo resistir sin ver a su prometida. La fatalidad hizo que le descubriesen en la cita amorosa y como escarmiento a los demás fue colgado frente al Ayuntamiento.
Daniel Secades tuvo más suerte y decidió poner tierra por medio, siguiendo con retraso los mismos pasos de muchos de los integrantes de los Comités que habían podido llegar a Francia. Él hizo lo mismo... y de allí a Rusia.
Ya sólo quedaban Manuel Suárez y Gabriel Pozo, y estaba claro que podían hacer cualquier cosa menos entregarse, aunque las alternativas era pocas: o Francia o seguir resistiendo. Y apostaron por esto último después de reclutar nuevos miembros para su partida entre otros mineros que habían logrado permanecer ocultos hasta aquellos momentos.
Y aquí llega lo más polémico de esta historia, pues el nuevo grupo decidió pasar a la acción ofensiva asaltando establecimientos comerciales por todo el valle del Nalón con la finalidad de repartir después el botín entre las viudas y las mujeres de los presos de la Revolución, llegando a ser tan temidos que a veces ni siquiera tenían que molestarse en llevar ellos la mercancía hasta las casas elegidas, ya que lo hacían los mismos comerciantes amenazados. Manuel Suárez y los suyos se mantuvieron al margen de la ley hasta que se convocaron las elecciones de 1936 en las que el Frente Popular obtendría el triunfo amnistiando inmediatamente a todos los presos de la Revolución, pero, curiosamente, quienes acabaron condenando a los que no se habían rendido ante la Legión fueron sus propios compañeros.
No sirvió de nada que desde su refugio hubiesen participado activamente en la reconstrucción de las Juventudes Socialistas en el Valle, las acciones que ellos llamaban expropiaciones fueron consideradas simplemente como robos y por ello la Agrupación Socialista de Sama, encabezada por el propio Belarmino Tomás, los acusó públicamente de bandidaje. Finalmente, el apoyo de las familias a las que habían ayudado impidió que fuesen condenados, y el grupo resultó absuelto. Poco más tarde comenzaba la Guerra Civil y aquellos hombres volvieron a coger las armas en la misma trinchera que quienes los habían llevado a juicio. Ahora, que la historia los juzgue.

Ilustración de: Alfonso zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR
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BIOGRAFÍA.
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Belarmino Tomás

Belarmino Tomás Álvarez (29 de abril de 1892, Gijón - 14 de septiembre de 1950, México), sindicalista y político asturiano.
Fue secretario del Sindicato Minero Asturiano (federación minera de UGT), vocal de la Federación Internacional de Mineros y concejal del ayuntamiento de Langreo.
Como uno de los principales dirigentes obreros, en la Revolución de 1934 contra el gobierno republicano español, mandó una columna de milicianos.
En febrero de 1936 resultó elegido diputado del Frente Popular por Asturias.
En agosto de ese mismo año, durante la Guerra Civil atacó Oviedo al frente de las columnas de mineros.
Al crearse el 24 de agosto de 1937 el Consejo Soberano de Asturias y León, es nombrado presidente del mismo. Se queda en Gijón hasta que el 20 de octubre del mismo año la ciudad es tomada por las tropas franquistas, pasando seguidamente a la zona republicana donde continuó luchando en diversos frentes. Al finalizar la guerra se exilió en México.

FUENTE: texto wikipedia  licencia de documentación libre GNU grabados fuentes publicas
 Mitin de Belarmino Tomás en El Entrego, 1934
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 Doval dirige la represión.

 El comandante Lisardo Doval y Francisco Franco. / E. C.

El comandante de la Guardia Civil persiguió con saña a los obreros que participaron en la revolución y llenó las cárceles con miles de detenidos, mientras que juzgados militares dictaron penas de muerte en consejos de guerra



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