18 de julio de 2013

Nunca fue Asturias tierra de fácil acceso.

Viaje ilustrado por el Oriente

Asturias fue poco visitada incluso en los siglos XVIII y XIX, en los que se despertó en la culta Europa la pasión por recorrer países exóticos y estimulantemente atrasados




En Asturias se entra por todos los puntos cardinales: desde los puertos de alta montaña, como Joseph Townsend, y desde los puertos de mar, como los cruzados del Norte que arribaron a Gijón en 1147 y cuya aventura relata don Juan Uría; por el camino de Francia, acompañando al sol los pocos días que se muestra, como los peregrinos a Santiago que seguían la ruta de la costa, y desde los confines de Finisterre, como llegó George Borrow vendiendo biblias (en realidad, la versión del Nuevo Testamento del padre Scio). No era Asturias tierra de fácil acceso, como no lo es ahora, por lo que los puntos cardinales más transitados eran el Sur, a través de las montañas, y el Este, cruzando el río Cares-Deva, que la separa de la montaña santanderina. Del Norte, por mar, venían pocos viajeros, y menos aún del Oeste. En realidad, Asturias fue poco visitada, incluso en los siglos XVIII y XIX, en los que se despertó en «la culta Europa» la pasión por recorrer países exóticos y estimulantemente atrasados. Lord Byron, Beckford, Gautier, etcétera, buscaron Oriente en España y Portugal, el extremo más occidental de Europa: las incoherencias del turismo. No obstante, pocos de estos turistas ilustrados atravesaron la cornisa cantábrica, por ser Asturias y Santander «zona que por su similitud natural con su país de origen merece menos comentarios». Edward Clarke, en el siglo XVIII, destaca las montañas y los bosques de Asturias; Joseph Townsend la compara en varias ocasiones con Inglaterra, sin que nuestra tierra salga mal parada (salvo la sidra).
A Asturias se acercaron los romanos en busca de oro. No hubo demasiados extranjeros en épocas posteriores. Los viajeros ingleses y franceses, que eran de los pocos ciudadanos que podían permitirse viajar, no encontraron exotismo suficiente para que el viaje resultara rentable. Propongo un viaje que me parece que no se ha realizado nunca (no así en la vecina provincia, sobre la que José María de Cossío escribió sus documentadas «Rutas literarias de la montaña»: el autor es tan «antiguo» que no pudo ser «políticamente correcto» y escribir Cantabria en lugar de la preconstitucional Montaña; ¡qué le vamos a hacer! Un viaje en busca de nuestros escritores. Como disponemos de menos espacio que Cossío, nuestro recorrido será más rápido: procuraremos, no obstante, que no falte ningún autor principal. Para evitar las suspicacias inevitables, excluiremos a autores vivos. Suficiente suerte tienen con estar vivos.
La línea de separación entre la Montaña y Asturias la traza el río Deva y va desde las montañas al mar Cantábrico. La Horcadura del Canto, al norte de Tresviso y a 1.268 metros sobre el nivel del mar, ya pertenece a Asturias, lo mismo que aproximadamente la mitad del desfiladero de la Hermida, que don Benito Pérez Galdós propone que se le llame «esófago» en lugar de «garganta», «porque al pasarlo se siente uno tragado por la tierra». El desfiladero, la garganta o el esófago (como se prefiera) acaba poco antes de llegar a Panes, la capital de la Peñamellera Baja, desde donde se puede descender hasta la costa o continuar entre montañas en dirección a Cabrales, hasta la desviación a la derecha que sube a Alles, la capital de la Peñamellera Alta. Es un pueblo que sorprende desde la lejanía, situado en la cima de una montaña y sobre cuyo caserío destaca la monumentalidad de una gran iglesia de finales del siglo XVIII. Otras casas de piedra de aspecto palaciego y algunas con galerías de cristaleras edificadas por indianos a comienzos del siglo pasado otorgan a Alles un aspecto singular y extraño: tales construcciones suntuosas (por así decirlo) es lo que menos espera encontrar el viajero o visitante en lo alto de una montaña. También se conservan las ruinas de la iglesia de San Pedro de Plecín, con una buena portada con capiteles, perteneciente al románico tardío.
  
José Campillo y Cosío. Político, 1692-1743 

En Alles nació en 1692 don José del Campillo y Cossío: con él se inaugura la ilustre galería de los ilustrados asturianos, entre los que destacan como cumbres el marqués de Santa Cruz de Marcenado, Campomanes y Jovellanos. Antes que todos ellos fue Campillo, quien, al igual que Campomanes, ocupó altísimos cargos en el Gobierno de la nación: llegó a ser ministro universal de Felipe V. A diferencia de Jovellanos, cuyo breve paso por el Gobierno sólo le permitió ser un ilustrado teórico, Campillo fue teórico y gobernante, y el más teórico junto con Jovellanos. La profesora Mateos Dorado, editora de algunas de sus obras, observa que Campillo, cuando nació, no era asturiano, ya que Alles era un lugar de realengo del valle de Cueto de Arriba, perteneciente al partido de Laredo, en la provincia de Burgos, del Reino de Castilla la Vieja. En lo eclesiástico dependía del Obispado de Oviedo, y en 1833, con motivo de la reforma administrativa de Javier de Burgos, Peñamellera pasa a ser Asturias. «Así, encontramos que Campillo se convierte en asturiano más de un siglo después de un nacimiento», comenta Mateos Dorado.
Placa a D. José del Campillo y Cossío en Ayuntamiento, Alles, Peñamellera Alta, Asturias.
  
Campillo vivió muy poco tiempo en Alles, sólo los primeros años, y allí cursó los estudios elementales, ya que existía una buena escuela de latinidad. Aquel rincón tan apartado había sido cantera de inquisidores, con destino en Logroño los más de ellos. Muy joven, Campillo abandonó la montaña natal para no regresar a ella: lo mismo que Alonso de Quintanilla, de Paderni, al lado de Oviedo y de quien decía Antonio de Nebrija que parecía mentira que una tierra tan oscura como la de Asturias hubiera sido la patria de un hombre tan brillante; o el dramaturgo Francisco Bances Candamo, nacido en Sabugo (Avilés).
Campillo, nuestro primer ilustrado en el orden cronológico, es de los primeros en el intelectual. Escribió mucho, seguramente robándole horas al sueño. El interés de algunos de sus libros es histórico y documental; otros son tan actuales, útiles y dignos de ser leídos y meditados como algunos escritos de Jovellanos. Entre estos destacan «Lo que hay de más y menos en España» y «España despierta». En la España del siglo XVIII, como en la de ahora, sobraban muchas cosas y faltaban muchas más. Sobraban jueces y faltaba justicia, faltaban navíos y sobraban ociosos, faltaba trigo y sobraban hurtos, sobraban tributos y faltaba gobierno. En la cuestión tributaria, por ejemplo, «cargando lo menos a los que debían imponer lo más, queda esto para el pobre». Y faltando virtud, el vicio estaba generalizado. «La justicia se halla desfigurada», estando «los vicios en el punto tan alto en que los vemos». Campillo no sólo era un ilustrado y un hacendista: era un moralista.
De Panes, por una carretera de montaña que pasa por Ruenes, Rozagás y Arangas se sale a Arenas de Cabrales, y ya en la carretera regional, una desviación en el alto de La Rebollada, más propiamente de Llamargón, se desciende a Posada, y de allí, pasando ante el templo románico de San Antolín de Bedón, se llega a Nueva, de donde era oriundo Gumersindo Laverde, que escribió poco pero incitó a Menéndez Pelayo, que escribió mucho. Más adelante, en una desviación al Norte, se encuentra la parroquia de Pría: en el lugar de La Pesa, al lado de la iglesia, nació Pepín de Pría, «el Mistral del bable», el delicado poeta de «Nel y Flor» y «La fonte de Cai».
Continuando por el interior se atraviesan el concejo de Onís y Corao, de cuya iglesia de Abamia dejó Ambrosio de Morales una descripción épica, pues vio el templo rodeado por las lanzas de los montañeses como si se tratara del campamento de Don Pelayo. 


La iglesia de Abamia, hecho de importancia histórica es que la iglesia original sirvió durante seis siglos como lugar de enterramiento de Pelayo y de su mujer Gaudiosa convirtiéndola en el primer panteón real de la monarquía española, antes de que sus restos fueran trasladados por Alfonso X el Sabio a Covadonga. 
FUENTE:  La Nueva España » Asturama
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Biografia de José Campillo y Cosío

http://el.tesorodeoviedo.es
 José Campillo y Cosío. Político, 1692-1743
Nació en Alles, (Peñamellera Alta) el 6 de enero de 1692. Hijo de Toribio del Campillo y Mier y Magdalena de Cosío y Mier
En 1708 muere su padre y se traslada a Córdoba, con apenas quince años, como paje del escritor y prebendado Antonio Maldonado quien lo envía al colegio de San Pelayo.
En 1713 abandona los estudios y entra al servicio de Francisco de Ocio, quien en 1717 le insta a seguir la carrera administrativa de la Marina de Guerra en Madrid
En 1726, uno de sus subordinados, Zenón de Somodevilla, le acusa de leer «libros prohibidos». Fue acusado y procesado por herejía, resultando absuelto.
Hacia 1728, es destinado a la Fábrica de Bajeles de Cantabria, y en recompensa por sus servicios el rey le nombra caballero de la orden de Santiago. Unos mese más tarde es destinado a Cuba, donde contrae matrimonio con Leonor Ambudioli y Arriola.
Entre 1733 y 1738 desempeña diversos cargos de intendencia, siendo ascendido en 1734 como intendente del ejército destinado en Italia. Regresa a España en 1737, viudo y contrae nuevas nupcias con María Benítez de Rozas.
Poco después será nombrado ministro de Hacienda Fernando Verdes Montenegro, cuyas ideas para levantar la economía eran contrarias a las de Campillo, por lo que este inicia un duro combate dialéctico contra él, consiguiendo en 1739 que el rey le nombre a él, ministro de Hacienda. Es durante este tiempo cuando escribe la mayor parte de sus tratados
En 1741 es nombrado secretario de Estado y del Despacho Universal de Marina, Guerra e Indias. Se le suele considerar como perteneciente a la ilustración española.
Las obras de Campillo fueron plagiadas durante el reinado de Carlos III por Bernard Ward, y éste fue utilizado por los ministros de Carlos III.
Murió en Madrid, el 11 de abril de 1743.
 
José Campillo y Cosío.
Secretario de Estado de los Despachos de Marina, Hacienda, Guerra, é Indias y consejero de Estado. Sabio político. Nació en Alles de Asturias el año de 1693, y murió en Madrid el de 1743.
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Tarjeta postal con la entrada a la Provincia de Oviedo por Pajares completa con una infografía de Miguel De la Madrid.
 

El primer intento para que la Provincia de Oviedo, la de los documentos, pasase a ser Asturias, la de los corazones.
Jamás ha existido una comunidad humana si no hay nombre que la llame. Asturias, el nombre, nació a la escritura al menos en el siglo VIII. Se supone que a las mentes y a los corazones ya había nacido antes. Por eso las cosas que se cuentan en este artículo vienen de lejos.
Acerquémonos un poco. Hasta 1833. Por entonces una reforma administrativa cambió los lindes y hasta los nombres de los territorios de España. La respaldó un Real Decreto de 30 de noviembre, firmado por el ministro de Fomento, Javier de Burgos. Se trataba de romper con el Antiguo Régimen, con sus servidumbres y ataduras a través de una nueva estructura territorial, geográfica y política. Con él nacieron la provincia y su órgano electivo: la Diputación. Ambas han desaparecido ya a este lado del Pajares, pero entonces tuvieron una gran importancia. Asturias no se llamó de esta vieja manera, sino Provincia de Oviedo. Los papeles pudieron sobre los sentimientos.
Hasta aquellos momentos España era un Estado débil en su idea y en sus mecanismos administrativos. Después de las provincias, el centralismo y la uniformidad cultural ganaron enteros, aunque en realidad la mayor fortaleza fue de las mismas provincias y no del Estado. España era una suma de estructuras locales con unas diputaciones en las que se jugaban las influencias de los señores del territorio, maduradas en interminables tardes de casino. Solares de caciques. Poblachones con guarnición militar, escuela, hospital, hospicio, funcionarios y, en el mejor de los casos, terminal de ferrocarril, que organizaban la vida comercial del territorio. La capital lo era casi todo.
Siendo Oviedo indiscutida capital, todos sabían, y sentían, que el resto del territorio no se podía representar solamente con ese nombre. Que no era suficiente con las líneas rojas de los atlas, las que se chapuzaban en el mar o ascendían a los montes de planas cartografías. Que desde el Eo al Deva y desde el Cabo Peñas a los Picos de Europa había mucha tierra, mucha mar y mucha gente que caía a las afueras de Oviedo. Aunque así pasaron casi cien años.
 Tren de mercancias cruzando el viaducto de Matarredona en el Puerto de Pajares Asturias, años 30

No parecía la dictadura de Primo de Rivera el momento más propicio para dar pábulo a las ambiciones regionalistas. Había nacido, entre otras cosas, para aplacar las ansias de los ya muy influyentes nacionalismos periféricos, especialmente el catalán. Pero fue muy poco antes de la llegada del General cuando el regionalismo se despertó en Asturias.
Este movimiento había aflorado con fuerza en toda España tras la Primera Guerra Mundial. Desde posturas conservadoras, en nuestra región se intentaron algunos experimentos como la Liga Pro Asturias de Nicanor de las Alas Pumariño o la Junta Regionalista de su competidor Juan Vázquez Mella, capaz de agrupar sectores ultraconservadores e incluso carlistas. En 1918 se publicaba la “Doctrina asturianista”. Dos años después, la creación del Centro de Estudios Asturianos tuvo gran repercusión con su labor de investigación sobre temas de la tierra. Eran buenos momentos para la causa regional. Ese sentimiento fue hábilmente utilizado por el aparato de la dictadura de Primo de Rivera, refugiada tras el nacionalismo carbonero. El carbón era nación.
Todos estos elementos nos llevan al Avilés de los años veinte. Allí el poderío de José Manuel Pedregal y el Reformismo se tradujo en un acercamiento al regionalismo. Desde el 5 de enero de 1919 el viejo Centro Instructivo Republicano Reformista, quedaba sustituido por un Centro Democrático Regionalista, “siempre dentro de la unidad de la Patria”. Los gestos eran importantes; las palabras más aún, y el ayuntamiento de Avilés decidió realizar un gesto que tenía mucho que ver con las palabras y con lo que ellas nombraban: adoptó un acuerdo para pedir que fuese sustituida la denominación “provincia de Oviedo”, por la de “provincia de Asturias”. Era abril de 1926.
Fue una iniciativa de gran repercusión. Se fundó en “razones históricas, de tradición y de propiedad de nombre, por expresar la palabra ‘Asturias’ sin equívocos ni restricciones de ningún género, la totalidad geográfica de la provincia, y ser aquel el nombre con que ésta es conocida en España y fuera de ella”. Se elaboró un documento y fue enviado a todos los ayuntamientos de Asturias para que pudiesen apoyar la propuesta dirigiéndose a la Diputación.
Los localismos y la opinión publicada se movilizaron de inmediato. El diario “Región”, como periódico de Oviedo, no podía manifestarse abiertamente a favor de que el nombre de su ciudad desapareciese de la más alta nominación de la región. Pero, como periódico asturiano, no podía oponerse frontalmente a que el nombre común de su tierra pasase a ser el nombre propio aceptado por todos. Que fuese Avilés la ciudad encargada de hacer la propuesta era lo que más dolía. Aquí basó el periódico ovetense una campaña de casi una decena de editoriales. Estaban de acuerdo con la propuesta, pero en desacuerdo con el proponente. Atizó una polémica localista con la excusa de una polémica regional.
En ese momento el asunto era ya de interés general y lo trataban todos los periódicos de Oviedo, Gijón y Avilés. Además, numerosos ayuntamientos habían respondido afirmativamente al llamamiento del avilesino: Aller, Amieva, Boal, Cabranes, Candamo, Castrillón, Castropol, Colunga, Corvera, Degaña, El Franco, Gijón, Gozón, Illano, Illas, Langreo, Luarca, Llanes, Muros de Nalón, Nava, Noreña, Peñamellera Alta, Siero y Villaviciosa. Es decir, sólo los que habían respondido directamente suponían casi la mitad de la población asturiana.
A ellos se sumó, y cursó petición formal, el Centro Asturiano de Madrid, con el simbólico peso de la diáspora, siempre dispuesta a estar en Asturias “en todas las ocasiones”. El pleno de la Diputación acordó pedir al gobierno el cambio de nombre en acuerdo tomado el 24 de junio de 1926.
Parece un asunto sin importancia, sobre todo teniendo en cuenta que la Provincia de Oviedo sobrevivió a este movimiento muchos años más, hasta que acabó entregando sus municipios y territorios a la comunidad autónoma que, con el nombre de Principado de Asturias, nacía con su Estatuto de Autonomía en 1981. Parecía, digo, un asunto de poca importancia en 1926, pero tenía mucha. La tuvo para Asturias y la tuvo para Avilés, que se situó a la vanguardia de causas que parecieron de la mayor trascendencia en toda la provincia.
En nuestro presente tan crítico Asturias divisa un futuro incierto. Es cuestión económica, pero también de identidad. Con la economía se van por el sumidero parte de los rasgos propios del pasado. Desaparecen con la retirada de viejas actividades productivas; la minería, por ejemplo.
Dentro de ese escenario se mueve Avilés, ciudad que perdió un día su identidad y encontró otra en una nueva actividad económica, que después perdió también. Una villa que lleva décadas alejada de los centros de decisión, aunque en ellos se decidan sus destinos. No viene mal, por tanto, recordar algún momento, como éste de 1926, en que Avilés marcó el paso a las iniciativas de la sociedad y de la identidad asturianas.
Hoy, más que nunca, sigue siendo importante seguir llamándose Asturias.
  

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