6 de junio de 2013

Los levantamientos populares contra los franceses en la Montaña central

El heroico otoño de 1810

La Montaña Central de Asturias fue escenario de numerosas acciones bélicas durante la invasión napoleónica, según los partes de guerra firmados por Diego Fernández del Barrio y Pedro de la Bárcena.

El 25 de mayo de 1808, en la sala capitular de la catedral de Uviéu, la Junta Suprema de Asturias se proclamaba soberana, enviaba embajadores a Gran Bretaña y declaraba la guerra a Napoleón, ideando además la actual bandera asturiana. Unos días antes, el 27 de abril en Xixón y el 9 de mayo en Uviéu, se habían producido los primeros levantamientos populares contra los franceses.


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Se dice que la guerra de guerrillas es un invento español que nació para combatir a los invasores franceses en 1808. El dato, aunque no es exacto, está bien traído. De hecho, aquí fue donde se empezó a emplear este término y también donde se demostró lo eficaz que resulta atacar a un enemigo superior con pequeños golpes de desgaste; hasta el punto de que la derrota de las tropas francesas nunca habría sido posible sin la presión constante que ejercieron los guerrilleros.
Por su parte, los ejércitos regulares también supieron emplear esta táctica cuando la diferencia numérica hacía imposible el enfrentamiento en campo abierto, una circunstancia que se dio en Asturias en muchas ocasiones, donde no hubo grandes batallas y, en cambio, se repitieron constantemente las escaramuzas.
En otro orden, la Guerra de la Independencia también se caracterizó por la facilidad que tuvo la población para saber lo que estaba sucediendo en los distintos frentes, algo que ya no pudo verse en contiendas más modernas: por toda la Península surgieron numerosos periódicos que fueron recogiendo en sus páginas los acontecimientos de la guerra, que se daban a conocer sirviendo eficazmente a la propaganda constitucional.

La mayor parte apareció después de que en septiembre de 1810 las Cortes de Cádiz publicasen un decreto estableciendo la libertad de imprenta, pero con anterioridad ya existieron algunos que reproducían los partes de guerra llegados desde todas las provincias. Entre ellos estuvo «El Diario de Mallorca» y, gracias a sus informaciones, puedo traer hoy hasta ustedes un resumen de las acciones bélicas que se desarrollaron durante los meses de septiembre, octubre y noviembre en nuestra tierra.
Los primeros datos proceden del informe que don Diego Fernández del Barrio, comandante de una partida ligera en la parte oriental del Principado, había hecho llegar a la Junta Superior desde su acuartelamiento en Turón, el día 23 de septiembre, y seguramente resultarán sorprendentes para quienes piensen que aquella contienda pasó de puntillas por la Montaña Central. Ahora verán que no fue así y que por nuestros valles también corrió la sangre francesa. Mucha sangre.
Don Diego iniciaba su crónica con el relato de la emboscada que había tendido a un destacamento de 109 franceses cuando se disponían a recoger las contribuciones de la zona. Si hacemos caso al relato del militar, el combate debió de resultar heroico, puesto que la acción se realizó sólo con los doce hombres que había podido reunir el 6 de agosto en la parroquia y que lo acompañaban desde entonces, lo que suponía casi diez enemigos para cada uno. Intentando suplir esa diferencia, se realizó un ataque por sorpresa, que fue casi como un cuerpo a cuerpo, ya que para actuar más rápidamente se emplearon solamente pistolas. Pero como la fortuna siempre sonríe a los audaces, al ver caer en un primer momento a cinco muertos y cuatro heridos, la tropa invasora se descompuso, yéndose con las manos vacías.

Tras esa victoria, el 22 se situó en la carretera de Carabanzo, esta vez con veinte soldados, y pudo arrebatarles tres partes que iban del comandante de la Pola al coronel de Mieres; luego volvieron a ocultarse esperando el paso de la tropa enemiga, hasta que vieron acercarse nada menos que a 300 hombres dirigidos por el propio coronel francés. Esta circunstancia no los detuvo y no dudaron en hacer fuego, hiriendo a cuatro de ellos gravemente.
En la última semana de agosto, don Diego Fernández del Barrio, ya con más tropa, se colocó sobre Mieres logrando desalojar las guardias enemigas quemándoles sus chozas y haciendo que tuviesen que refugiarse en el Palacio y en la Iglesia de la villa. Y, ya en septiembre, redobló sus acciones, comenzando al anochecer del 3 de septiembre, cuando acometió en Villandio a un centenar de enemigos que se disponían a saquear aquella parroquia, dispersándolos y haciendo que se retirasen aturdidos hasta el puesto de Mieres.
Los días 16, 17, 18 y 19, en un nuevo asalto a un destacamento que se encontraba en la carretera frente a Ujo, mató a un oficial y 2 soldados, quitándoles además ocho fanegas de grano y al día siguiente, habiendo entrado en la parroquia 135 franceses por las alturas de Polio, retrocedió con 32 soldados hasta Urbiés para cortar su marcha. Allí les hizo fuego durante más de una hora matando a tres e hiriendo a otros diez, mientras que por parte española, sólo hubo un herido: el valiente mierense Melchor Fernández, quien por su excesivo arrojo se expuso demasiado y cayó atravesado por un balazo en la cadera, luego fue capturado por los enemigos que lo despojaron hasta de la camisa. Aunque el comandante Fernández del Barrio concluye su informe con el broche de oro de su liberación, asegurando que, en aquellos momentos, el héroe local ya se hallaba casi totalmente sano.


El edificio de la Universidad de Oviedo fue ocupado por las tropas napoleónicas   en  1808  y suspendiéndose la actividad universitaria hasta el año 1812.

Por si les ha sabido a poco, a partir de aquí, enlazamos con otro parte de guerra, firmado, en este caso, por el brigadier Pedro de la Bárcena, quien fue capitán del provincial de Oviedo durante la guerra y por su valor y acierto militar, cuando ésta concluyó, acabó convertido en un héroe popular. Don Pedro llegó después a teniente general en 1816 y, como buen liberal, apoyó el levantamiento de Rafael del Riego, desempeñando en la primavera de 1823 el cargo de ministro interino de la Guerra.
Para situar el marco de sus acciones, primero debemos recordar que la situación general en aquel otoño de 1810, como hemos visto, era compleja. En el mes de junio los españoles, aprovechando el traslado de muchas tropas francesas desde León a Extremadura para combatir al general Wellington, habían logrado una gran victoria en las cercanías de Cogorderos, un pequeño pueblo emplazado junto a la carretera de Astorga a Ponferrada, En aquella batalla se enfrentaron 3.000 franceses contra 7.300 fernandinos y después de varias cargas a bayoneta calada, las cifras lo dijeron todo: los ocupantes habían sufrido 500 bajas entre muertos, heridos y prisioneros mientras que los nacionales, apenas contaron 17 muertos y 83 heridos.

Pero viendo el desastre, los generales de Napoleón ordenaron a su ejército que volviesen rápidamente para proteger sus posiciones del Norte y los españoles se vieron forzados a dispersar sus efectivos. Uno de los hombres que habían destacado en el combate de Cogorderos era el coronel Manuel Mascareñas, al mando de la una sección de infantería integrada por 5 batallones que sumaban 3.314 hombres (la mitad de los efectivos españoles).
Ahora tenía muchos menos y se encontraba en Pajares intentando liberar aquel paso estratégico, para lo que tenía cercada a la guarnición francesa; pero allí corría el riesgo de que los sitiados recibiesen refuerzos desde Campomanes y Pola de Lena, donde estaban acuartelados.
Para impedirlo, en los últimos días de septiembre el brigadier de la Bárcena lanzó un ataque simultáneo sobre estas dos posiciones con un fuego que él mismo calificó en su informe como «vivísimo», especialmente sobre la fortificación de la Pola, pero el pequeño calibre de las piezas españolas no permitió abrir brecha practicable y, en cambio, provocó el inmediato envío de socorro a los atacados.

Ante esta acción, el famoso brigadier Porlier (un personaje al que prometo dedicar en otra ocasión una de estas historias), que mandaba a sus hombre repartidos entre El Padrún y Mieres, tuvo que abandonar apresuradamente estas posiciones para evitar el enfrentamiento en campo abierto con una fuerza superior. Lo hizo el 1 de octubre y al día siguiente, por aquella carretera y la posición de Carabanzo, ya llegaron los refuerzos franceses sobre la Pola.
Por su parte, el brigadier de la Bárcena se retiró sobre las alturas de aquella población, perseguido por sus enemigos, que lo atacaron allí el mismo día 2, pero logró rechazarlos causándoles muchas pérdidas, hasta que al anochecer desistieron. Pocas horas más tarde, sus tropas huyeron hacia Quirós para rehacerse y recibieron la noticia de que en aquellos combates habían muerto cincuenta franceses -entre ellos un oficial-, mientras que en el bando español habían caído dos artilleros y ocho soldados, y heridos un teniente de artillería apellidado Vigil y veintinueve soldados.
Si quieren saber cómo continúa esta historia, les adelanto que cinco días después el coronel Bárcena partió con su división hacia Pajares para unirse a los hombres de Manuel Mascareñas. Ya ven que no se puede contar más en una página; ahora imagínense las sorpresas que nos aportaría un estudio más extenso y detallado de lo que ocurrió durante la invasión napoleónica en una zona tan estratégica como la Montaña Central. Una buena tesis para los jóvenes investigadores que están a punto de concluir sus estudios. Yo, con intentar demostrarles cada semana que aquí tenemos mucha más historia de la que nos contaron, tengo bastante.
 Ilustración de Alfonso Zapico.

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR 

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