20 de abril de 2013

La visita a Turón del embajador de EE.UU Angier Biddle en 1966

Bienvenido, mister Duke

El embajador de Estados Unidos Angier Biddle visitó en marzo de 1966, con suma discreción, las minas del valle de Turón y aún hoy se desconoce el motivo del viaje



 El embajador de los Estados Unidos, Angier Biddle Duke, y el ministro español de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, bañándose en la playa de Palomares (Almeria-España). 

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En 1953, Luis García Berlanga dirigió una de las películas más celebradas de la filmografía española, «Bienvenido, Mister Marshall», donde se recrean las esperanzas de un pequeño pueblo llamado Villar del Río ante el anuncio de que los americanos van a detenerse en la localidad para satisfacer los deseos de sus habitantes. Luego, como recordarán quienes han visto la cinta, los yanquis se limitaron a cruzar a toda velocidad por la calle Mayor y las ilusiones de los vecinos se perdieron en el aire con el humo de los tubos de escape de los «haigas» que los llevaban.
El título jugaba con el nombre del Plan Marshall de ayuda al desarrollo, que entonces estaba ayudando a la paupérrima economía patria, y esos mismos coches que simbolizaban el poderío de los Estados Unidos para el mundo de la segunda mitad del siglo XX, llegaron también hasta nuestras comarcas mineras, aunque en esta ocasión sí detuvieron sus motores en Turón para despertar las mismas ilusiones que se habían reflejado en la película y que, igual que sucede en ella, se quedaron en nada.
El evento se produjo el 29 de marzo de 1966 y resulta sorprendente por varias razones que les voy a ir desgranando. Lo primero que nos llama la atención es la personalidad del visitante, seguramente el hombre más poderoso de los que a lo largo de la historia han pisado este valle: Angier Biddle Duke, inmensamente rico y descendiente por parte de padre de uno de los linajes de banqueros más influyentes de Estados Unidos, un dato que pasa a ser secundario cuando vemos el apellido de su madre, también millonaria por el negocio tabaquero.
No sé si alguna vez han oído ustedes hablar de los Illuminati, pero por si acaso les recuerdo que se trata de una antigua sociedad secreta que los aficionados a las ciencias ocultas y las teorías de la conspiración ven detrás de los cambios económicos que ahora nos afligen. Una de las pocas cosas que se sabe de ellos es la existencia de 13 familias todopoderosas repartidas por el mundo, que se encargan de controlar el cotarro. Una de ellas son los Duke, la rama materna del embajador.
Angier Biddle Duke, era por esa razón íntimo amigo de los Kennedy, otro de los clanes de los Illuminati y cuando falleció en Nueva York atropellado por un automóvil mientras patinaba sobre hielo, ya con 79 años, tenía en su currículo el haber sido jefe de protocolo de dos presidentes y embajador en El Salvador, Dinamarca, España y Marruecos.
En aquel momento, como se supondrán, desempeñaba ese puesto en España. El diplomático sabía disfrutar de la buena vida: en su juventud había dejado a medias los estudios universitarios en Yale para casarse y trabajar en una revista deportiva; luego sumó dos divorcios, varias detenciones por conducción temeraria y un buen expediente como piloto en el norte de África y Europa durante la II Guerra Mundial.
Tampoco tenía muchos escrúpulos para respetar la fidelidad a sus ideas, ya que mudaba de religión y de tendencia política según sus intereses: se había hecho católico en 1952, para poder casarse, en su tercer matrimonio, con la española María Luisa de Aranal y también había pasado del Partido Republicano al Demócrata, afianzando su nueva militancia, para que no hubiese dudas, con generosas donaciones en dólares.
Para completar el perfil de mister Duke, debo decirles que además era un hombre atractivo, considerado en 1940 como uno de los mejor vestidos de su país. Aunque curiosamente muchos españoles sólo lo conocieron en paños menores, ya que es él quien figura al lado de Manuel Fraga, que era entonces ministro de Información y Turismo, en esa famosa fotografía que los muestra a los dos bañándose en la playa de Palomares, para demostrar que las cuatro bombas de hidrógeno de 25 megatones que allí habían caído accidentalmente desde un avión B52 de la Fuerza Aérea norteamericana no constituían ningún riesgo.
Y aquí viene la segunda sorpresa de la visita turonesa, cuando comparamos las fechas y nos damos cuenta de que ambos políticos se dieron el chapuzón patriótico en la mañana del 10 de marzo de 1966 y el embajador llegó a la cuenca 19 días más tarde, cuando el asunto aún echaba chispas.
Aunque lo más difícil es saber a qué vino y por qué su visita se rodeó de tanta discreción e incluso la prensa de la época la ignoró, contradiciendo su costumbre de airear estos actos que se empleaban como propaganda política. De manera que, si no hubiese sido por lo llamativo de los vehículos de la comitiva, nadie se hubiese enterado de que estuvo aquí,
Solo la revista «Candil», que editaba la empresa Sociedad Anónima Hulleras de Turón nos ofrece algunos detalles de lo que pasó aquella jornada: al entrar en el valle, el embajador se detuvo largo en la Sociedad Minas de Figaredo, ya que había mostrado su interés por conocer un pozo minero. Hasta allí fue a buscarlo el director de la empresa, señor Aser y hacia las doce lo llevó al salón de actos de las oficinas generales para mostrarle unos paneles donde se exponía la historia de la empresa con esquemas de los planes de expansión, reconversión y modernización, que estaba previsto finalizar en 1970.
Luego fueron al pozo San José, considerado en aquel momento como uno de los mejores de Europa, y acto seguido al pozo Santa Bárbara, donde -según el redactor- contempló las modernas instalaciones y entre ellas «la suntuosa casa de baños y oficinas», también visitó los lavaderos y pudo ver el flamante bloque de pisos de San Martín, compuesto por 104 viviendas «alegres y soleadas», que estaban recién estrenadas.
Ya al margen de esta información, en la última página de la revista se publicó una curiosa fotografía en la que mister Duke, siempre elegante, con traje oscuro y camisa y corbata claras, aparece manteniendo el equilibrio sobre un rail de la vía, un pie detrás del otro, con las manos en los bolsillos y rostro alegre. Por detrás, apenas dos o tres ejecutivos, ni un escolta, ni un guardia civil, ni una camisa azul, tampoco las autoridades locales. Nada de lo habitual en estos casos. Y las mismas ausencias en el otro par de imágenes que he podido localizar sobre lo ocurrido aquella mañana.
El comentarista, después de hacer unas referencias a la mente equilibrada y el espíritu sereno del embajador en medio de las horas amargas que vivían los Estados Unidos a causa de «la espina del Vietnam y otras espinas que hacen arrugar la frente a sus dirigentes», comentaba la insólita imagen diciendo que en aquel momento Angier Biddle Duke volvía a su infancia, «porque ya se sabe que el hombre nunca deja de ser un niño».
En otro porfolio turonés que recoge el resumen de aquel 1966, podemos leer la impresión que dejó en el pueblo el misterioso diplomático: «Marzo finalmente nos trajo la visita de un personaje excepcional, el embajador USA -USA: dólares?, primavera, esperanza y poesía- Mister Angier Biddle Duke, en su visita a Asturias hizo escala en Turón, patria querida». Acto seguido, el comentarista se hace la misma pregunta que nosotros nos hacemos hoy y deja sin resolver la misma incógnita que se mantiene después de tantas décadas: «¿Qué representó concretamente para el porvenir de nuestra minería del valle la visita de tan relevante personalidad norteamericana? Es esta una cuestión de régimen interno empresarial. Nada, además, o muy poco podemos saber en estas fechas».
Dos años más tarde, mister Duke fue sustituido en su cargo por Robert F. Wagner, pero antes de irse quiso mantener una conversación a solas con el entonces Príncipe de Asturias Juan Carlos de Borbón. El encuentro se produjo en la tarde del 28 de marzo de 1968 y a pesar de que se prolongó casi dos horas, tampoco se informó a la prensa de los temas que trataron los dos hombres. El resto ya lo conocen ustedes, los acontecimientos se precipitaron: este país tuvo una transición modélica a la democracia y de paso se incorporó a la órbita de los satélites que siguen girando en torno al gigante americano. O dicho de otra forma: aquí paz y allí gloria.
Entretanto, los más avezados ya empezaban a vislumbrar en el horizonte las primeras señales de que aquella fatídica frase atribuida a Rafael del Riego podía cumplirse: «El día que se acabe el carbón, ya podéis echar una portilla al valle, porque ni los lobos querrán venir a vivir aquí». Tampoco sabremos nunca si es verdad que el ingeniero, caído junto a los frailes en los sucesos de Octubre del 34, pronunció ésta sentencia, pero ahora ya ha llegado el tiempo de saber si estaba en lo cierto. Ojala que se haya equivocado.

 Ilustracion de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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