9 de marzo de 2013

Vida y muerte del General Rafael del Riego

Cuando Riego cayó en desgracia.

 «Gloriosa vida y desdichada muerte de Don Rafael del Riego», natural de la localidad Asturiana de Tuña (Tineo).

Rafael del Riego                 








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A las nueve de la mañana de un domingo soleado, el 1 de enero de 1820, Rafael del Riego, entonces teniente coronel, que mandaba el batallón de Asturias, proclamó en el pueblo sevillano de Cabezas de San Juan la Constitución de Cádiz, estableciendo así un paréntesis de libertades en España, que solo iba a durar tres años, ya que Fernando VII, el rey traidor, al mismo tiempo que juraba aquella ley, ya pensaba en la forma de restablecer su poder absoluto.

Su salvación estaba en la Santa Alianza, un pacto de solidaridad entre reyes para prevenir situaciones como la española, que habían iniciado los monarcas ruso, austriaco y prusiano, reyes «por la Gracia de Dios», el mismo para todos, a pesar de que respectivamente uno era ortodoxo, otro católico y el tercero protestante. A la merienda se habían sumado después Inglaterra, con la propuesta de crear una fuerza armada lista para intervenir en caso de necesidad y por último Francia, escaldada por su Revolución, y con el miedo de que la República volviese a llamar a su puerta.

A esta puerta picó Fernando VII, sin sentir vergüenza por abrir las fronteras a los franceses, cuando en España aún estaban sin restañar las heridas de la Guerra de la Independencia. De este modo, atendiendo a su llamada de socorro, cruzó la frontera un ejército conocido como «los cien mil hijos de San Luís», organizado y dirigido por su primo, el duque de Angulema, con el objetivo de salvar al Rey católico y acabar con la amenaza del liberalismo. Así, el 7 de abril de 1923, se iniciaba el fin del sueño liberal y las partidas absolutistas volvían a convertirse en el «Ejército de la fe».


En otras ocasiones, ya les he contado que muchos ciudadanos de Pola de Lena simpatizaban en esa época con el absolutismo e incluso en noviembre de 1820 habían protagonizado una revuelta interrumpiendo el paso por el puente de Santullano, para liberar después a dos de sus correligionarios presos en la cárcel de Mieres, antes de volver a La Pola para recorrer sus calles dando mueras a la Constitución y arrestando al juez de primera instancia. La algarada requirió en aquella ocasión la intervención de la tropa llegada desde la capital, pero quienes la instigaron, permanecieron a la espera de volver a las andadas, y su tiempo llegó cuando supieron que el ejército extranjero había puesto sus pies en la Península.

Pronto quedaron atrás todas las disposiciones constitucionales, y con ellas desaparecieron los Ayuntamientos, que habían tenido una corta vida. Un ejemplo fue el de Mieres, porque, muchas veces se ignora que, antes de lograr su definitiva independencia del de Lena, en 1836, ya había andado solo en tiempos de Riego, y lo que aún sorprende más, repartiendo su territorio actual con otro que ya no volvió a formarse y que tenía su sede en Villarejo, recogiendo a los pueblos de la margen izquierda del río Caudal.

El caso es que, una vez restablecido el antiguo orden en Asturias y con muchas provincias aún peleando por la Libertad, en Pola de Lena se recibió la orden de formar compañías realistas, armando a los voluntarios que quisiesen defender el poder absoluto del Borbón.

En el archivo municipal de Mieres se conserva un interesante bando, firmado por Joaquín Reguera Infanzón en representación de Pedro Bernaldo de Quirós y Ronzón, señor del palacio de Campomanes y presidente del nuevo Consistorio, con este llamamiento y nos llama la atención su redacción, porque a la vez que lanza duras acusaciones contra los que habían apoyado la Constitución, acaba pidiendo que no se usen las armas contra ellos. Veamos los dos párrafos:

«Las opiniones de algunos de nuestros convecinos os son notorias como a mi, y las tenéis oído más de una vez: Infierno, Cielo, Religión, Rey y Patria, es para ellos una quimera. Después de ser los agentes de nuestra persecución, apoyados en la confianza que de ellos hacía el llamado Jefe político de esta provincia, hombre sin virtud social ni moral alguna, y para mi despreciable también por estar marcado por el sello de la ingratitud; porque no pudieron conseguir sus fines ni reducirnos a seguir sus diabólicas ideas, nos amenazaban con degüellos, saqueos, incendios?».

Y ahora, la segunda parte: «Habitantes de Lena: las armas que os va a confiar la Patria no las empleéis en manera alguna en vengar resentimientos particulares; esto lo prohibe nuestra religión santa, y sería además confundiros con la chusma indecente de esos llamados voluntarios nacionales que las usaron para baluarte del despotismo, para la persecución de los príncipes de la Iglesia, para la de sus ministros, para la de los hombres honrados, para el robo y la estafa; y a veces para el asesinato».

Buenas intenciones las de lenense, que no eran compartidas por su Rey, quien sació con creces su ansia de venganza contra Riego en cuanto pudo detenerlo. Dice la historia que el general asturiano apenas tuvo nada que hacer contra sus enemigos y vio como sus columnas eran diezmadas, batalla tras batalla, en la provincia de Jaén hasta que fue capturado tras una traición.

El último encuentro tuvo lugar en Jódar, un pueblo situado en una estribación al norte del macizo de Sierra Mágina que se había caracterizado por su tendencia liberal; pero allí, en el paraje de Cerro Luengo, Riego sufrió la derrota definitiva, y los pocos hombres que habían permanecido a su lado, acabaron dispersándose. Sólo quedaron con él un capitán español llamado Mariano Rayo, un coronel del Piamonte y el inglés George Mattías. Los tres pudieron llegar al campo de Torre Pedrogil y se refugiaron en el cortijo de Baquerizones, cerca de Arquillos, donde les delató un aldeano, que había bajado al pueblo con la disculpa de buscar un herrero para el caballo del general.

Ese día comenzó su calvario. Primero fue el capitán general de Granada quien quiso hacer justicia por su mano sin esperar más razones, luego en Andújar, las tropas francesas que lo llevaban preso tuvieron que salvarlo de la multitud que lo quiso linchar y desde allí hasta Madrid esta escena se repitió cien veces cuando los mismos españoles que hacía poco lo habían aclamado, entonces reclamaron su cabeza.

Ya en la cárcel de la capital, fue incomunicado y privado de alimentos para debilitar su voluntad hasta que se le pudo convencer de que, si mostraba su arrepentimiento por escrito, sería liberado. Dicen que lo hizo así, dando satisfacción a sus verdugos con una carta en la que pidió perdón a Dios y al Rey en un desesperado intento por salvar su vida; aunque según la escritora Carmen de Burgos «Colombine», en la apasionada biografía que publicó en 1931 titulada «Gloriosa vida y desdichada muerte de don Rafael del Riego» afirma que nadie pudo ver este testamento, salvo el historiador Modesto Lafuente, autor de una monumental Historia General de España publicada entre 1850 y 1867, quién transcribió íntegramente el supuesto documento.

El caso es que este dato siempre se ha dado por cierto, pero lo sea o no, pueden suponerse que a nuestro ilustre paisano no le sirvió de nada; como tampoco valió de nada el bando de Pedro Bernaldo de Quirós, puesto que los liberales de Lena fueron perseguidos y represaliados con la misma dureza que los del resto del Estado.

A las 12 del mediodía del 7 de noviembre de aquel año, fue ajusticiado -o, si se me permite el término, «injusticiado»- por orden expresa de Fernando VII que quiso humillarlo hasta el último momento e incluso más allá de la muerte. Fue arrastrado entre insultos en un serón hasta la Plaza de La Cebada y allí primero ahorcado y luego decapitado.

En el juicio, en el que no hubo lugar para la defensa, el requerimiento del fiscal había pedido que, dada la naturaleza del delito, un crimen de lesa majestad, tras el suplicio, las posesiones de Rafael del Riego, debían ser confiscadas en provecho del pueblo y su cuerpo descuartizado, de modo que su cabeza quedase expuesta en Cabezas de San Juan y su cuerpo se partiese en cuatro, llevando una parte a Sevilla, otra a la isla de León, la tercera a Málaga y la cuarta quedase expuesta en Madrid. Así se querían recordar los lugares en los que había prendido la revolución.

Como el monarca, además de perjuro y vengativo, fue un adelantado a su tiempo, los escasos bienes del general nunca llegaron a la ciudadanía y se quedaron en poder de la Cámara Real; tampoco hay constancia de que los trozos de su persona llegasen nunca a los destinos propuestos y hoy, en el interior de la iglesia de Tuña, en Tineo, su localidad natal, puede verse una pequeña lápida que señala que allí se encuentran sus retos. La intención es lo que cuenta, y ante ella se concentran todos los años un puñado de republicanos para recordar el aniversario de su muerte.

Ilustración de: Alfonso Zapico
 
FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR
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Rafael del Riegohttp://bornichosporelmundo.blogspot.com.es

Rafael del Riego (1784-1823), general y político liberal que dio nombre al himno republicano. Durante el sexenio absolutista maduró sus ideas liberales y entró en la dinámica conspiratoria contra el absolutismo de Fernando VII, en aquellos aciagos años en que España se dividió en dos bandos, los "serviles" o absolutistas con el color blanco como emblema y la frase "Esta es mi ley: religión o rey", y los liberales con el color negro y la frase "Esta es mi suerte: constitución o muerte".
Riego, de delicada complexión, enferma y ha de pedir licencia para retirarse a Bornos, donde permanecerá algunos meses mientras la conspiración liberal va tomando mayores vuelos. En Bornos es visitado por Juan de Dios Álvarez Mendizábal, quien perspicaz, silenciosamente le reconoce como un posible caudillo. Impaciente por comenzar las tareas preparatorias del levantamiento, abandona Bornos debilísimo aún y parte para Las Cabezas de San Juan, donde con Mendizábal y Alcalá Galiano puntualizan los últimos detalles del movimiento. Y el domingo día primero de enero de 1820, Riego se alza en armas con las tropas expedicionarias coloniales a favor de la Constitución. Sobre las nueve de la mañana de aquel soleado día sale con su Batallón y se pronuncia en plena plaza de Las Cabezas de San Juan (Sevilla), en un acto solemne y brillante de parada militar. Emite un bando en el que promulga la hasta entonces derogada Constitución Española, en el bando se decía lo siguiente:
"Las órdenes de un rey ingrato que asfixiaba a su pueblo con onerosos impuestos, intentaba además llevar los miles de jóvenes a una guerra estéril sumiendo en la miseria y el luto a sus familias. Ante esta situación, he resuelto negar obediencia a esa inicua orden, y declarar la Constitución de 1812 como válida para salvar la patria y para apaciguar a nuestros hermanos de América, y hacer felices a nuestros compatriotas. ¡Viva la Constitución!".
Tras distintas acciones militares, y con el unánime contento popular, el rey jura nuevamente la Constitución del año doce, a la vez que Riego es vitoreado y aclamado como Héroe Nacional.
Pero don Rafael no tuvo nunca habilidad política, y es por ello por lo que se enfrenta en varias ocasiones a superiores correligionarios, que mediante destinos diversos (Galicia, Aragón) apartan de su lado al ya General Riego.
Mientras, surgen las diferencias entre los grupos constitucionales y comienzan a producirse algaradas y disturbios, alentados en secreto por el propio Fernando VII que ve en ellos una preciosa disculpa para solicitar ayuda al monarca francés, Luís XVIII. Y en efecto, a comienzos de 1823, el duque de Angulema penetra en España al frente de casi cien mil hombres: "Los cien mil hijos de San Luís", que después de varios meses de lucha reinstauran al "Deseado" en su trono.
Tras la última batalla de Mancha Real, se retira a Jódar, y de allí, acompañado de varios oficiales, se interna en la montaña, poniéndose en manos de un porquerizo, que les traicionará, siendo presos y trasladados a la Carolina.
De allí será conducido a Madrid ante los vituperios de una chusma que poco tiempo antes le había aclamado como su libertador, como el defensor de los derechos más sagrados del pueblo.
Formada causa contra Riego, es condenado a la horca, a la que será conducido arrastrado por un serón de esparto. El fiscal había solicitado fuera descuartizado con posterioridad a la ejecución de la sentencia. La “benevolencia” del tribunal le eximió de ello.
Don Rafael del Riego fue ahorcado en Madrid, con el Visto Bueno de Su Majestad Fernando VII el día siete de noviembre de mil ochocientos veintitrés.

 Monumento al general Rafael del RIEGO y Flórez en su pueblo natal de TUÑA en Tineo de Asturias. http://antonsaavedra.wordpress.com

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