4 de marzo de 2013

Pedro Rodríguez Ponga y Ruiz de Salazar

El langreano que gobernó la Bolsa de Madrid.

Pedro Rodríguez Ponga y Ruiz de Salazar nació en Madrid, pero su padre, médico de profesión, era natural de La Felguera

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Cuentan que un reloj de arena presidía la mesa de Pedro Rodríguez-Ponga y Ruiz de Salazar cuando gobernaba la Bolsa de Madrid. Las personas que entraban al despacho y observaban la arena caer eran conscientes de que el tiempo de su interlocutor era escaso, pero también estaban seguros de que iban a ser escuchados. Rodríguez-Ponga sabía hacerlo. Detrás de aquel reloj había un hombre educado, generoso, inteligente, culto, gran conversador, altruista y de profundas convicciones religiosas. Fallecido el pasado mes de diciembre de 2012 a los 99 años de edad, Rodríguez-Ponga había nacido en la capital de España, pero sus raíces eran langreanas. Dejó tras de sí un legado notable. Modernizó la Bolsa de Madrid (entidad que presidió entre 1965 y 1977), fue diplomático (participó en importantes negociaciones comerciales para España) y ejerció como psicólogo tras jubilarse en el parqué madrileño.

Rodríguez-Ponga vino al mundo en Madrid el 5 de julio de 1913. Tenía poco más de dos años cuando falleció su padre, Pedro Rodríguez Ponga, afamado médico y psiquiatra, natural de La Felguera. Alumno del premio Nobel Santiago Ramón y Cajal, el doctor langreano realizó investigaciones pioneras sobre las consecuencias cerebrales del exceso de alcohol y concluyó que el cerebro, como órgano, era «intervenible» quirúrgicamente.

Rodríguez-Ponga y Ruiz de Salazar se incorporó con diez años al segundo curso de Bachillerato en el Instituto de San Isidro, situado muy cerca de la Plaza Mayor, y por cuyas aulas pasaron personajes como Lope de Vega, Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, los hermanos Machado y Pío Baroja, entre otros. «De aquellos años, Pedro recordaba que, para llegar al Instituto, salía muy temprano de su casa y trataba de coger el tranvía nº 35, que bajaba a toda velocidad de la Carretera de Extremadura», apunta José Antonio Martín Aguado, amigo de Rodríguez-Ponga y autor de un libro dedicado a su padre.

Desde un principio demostró ser un estudiante excepcional. Concluyó el Bachillerato en Ciencias con 14 años y matrícula de honor en todas las asignaturas, excepto en Dibujo. En la reválida también obtuvo matrícula de honor y el premio extraordinario de Bachillerato. Al no poder ingresar en la Universidad hasta haber cumplido los 16 años, decidió realizar el Bachillerato en Letras y en la reválida logró de nuevo el premio extraordinario. Con los 16 años ya cumplidos, Rodríguez-Ponga inició la carrera de Derecho en la Universidad de Madrid y, tras conseguir una beca de ampliación de estudios, se marchó a la Universidad de Bolonia, donde obtuvo el doctorado en Derecho. Al regresar comenzó a impartir clases en el Centro de Estudios Universitarios.

La Guerra Civil sorprendió a Rodríguez-Ponga y su familia en Madrid. Al tener conocimiento de que, en una reunión del Frente Popular, se había acordado su detención, Rodríguez-Ponga, permanece oculto durante meses, hasta que logra refugiarse en la embajada de Noruega en octubre 1936. Allí permanecerá, hasta la entrada de las tropas nacionales en Madrid, en marzo de 1939. En 1943 Rodríguez-Ponga sacó las oposiciones de agente de cambio y bolsa, las primeras que se convocaban en la historia de la Bolsa. Montó una agencia bursátil, en la que llegaron a trabajar, en horario flexible, 14 empleados. En 1946, volvió a demostrar ser una adelantado al introducir una máquina de cálculo, una avance que sería incorporado rápidamente por otros agentes de cambio, que realizaban sus cuentas a mano.

Rodríguez-Ponga, que en 1948 contrajo matrimonio con Soledad Salamanca Laffitte, fue síndico-presidente de la Bolsa de Madrid entre 1965 y 1977, y primer presidente de la Federación Mundial de Bolsas (World Federation of Exchange) durante doce años. El síndico era elegido cada dos años por sus compañeros agentes de cambio. En aquel tiempo, la contratación en Bolsa se hacía en corros de diez minutos de viva voz. El ruido era ensordecedor, por lo cual podían producirse errores al tomar nota del precio de algún valor, repasados después en la Junta General diaria. El parqué madrileño creció a la par de la economía española, gobernado por Rodríguez-Ponga «con estilo, como el señor que era, educado, precavido, atento a detalles y matices, y con buen humor», tal y como subrayó el periodista y analista económico Fernando González Urbaneja en una necrológica.

Pese a que dedicó gran parte de su vida al cambio de valores, Rodríguez-Ponga también fue diplomático por oposición y en la Escuela Diplomática ocupó los cargos de jefe de estudios y de subdirector. Tras su jubilación en la Bolsa, a los 70 años, Rodríguez-Ponga se licenció en Psicología y comenzó a trabajar en una consulta de psiquiatras y de psicólogos en Madrid. «Creo que tenía un poco clavada la espina de no haber seguido la vocación de su padre y lo hizo tras jubilarse; siempre sacaba lo que se proponía. Era muy comprensivo y ejercer la psicología le permitió seguir ayudando a la gente con sus problemas, una constante en toda su vida», remarca Martín Aguado, que mantuvo largas conversaciones con Rodríguez-Ponga para preparar el libro dedicado a su padre.

Antonio Fernández Velasco, felguerino ligado a numerosas asociaciones langreanas a lo largo de su vida, relata como estando en Festejos de San Pedro, propuso a Rodríguez-Ponga como pregonero: «Había aceptado venir, pero al final el pregón coincidía con la reunión en la que iban a nombrarle presidente de la Federación Internacional de Bolsas y no pudo ser. Acudió al año siguiente y estuvo atentísimo con todo el mundo». Fernández Velasco mantuvo el contacto con Rodríguez-Ponga, que en los últimos años estaba muy ilusionado con la iniciativa para erigir un monolito en Langreo en memoria de su padre, aprobada por el Ayuntamiento el pasado año. «Es una pena que no haya podido verlo en vida».

El ex síndico de la Bolsa madrileña -padre de diez hijos, uno de ellos Estanislao Rodríguez-Ponga, secretario de Estado de Hacienda en el último Gobierno de José María Aznar- poseía, entre otras condecoraciones, la Gran Cruz del Mérito Civil, la Gran Cruz de Isabel la Católica, la Encomienda de Alfonso X el Sabio y la Encomienda de Isabel la Católica.

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