1 de marzo de 2013

Las excursiones de la Hunosa

1971, de excursión con la Hunosa.

 
 Playa Asturiana

En 1971, por causas que soy incapaz de recordar, no hubo veraneo. Al menos, no un período de quince días mínimo -entonces ni se concebía una semana como vacaciones-, en un destino fuera del pueblo. Así que se convirtió en el verano del fútbol.

Habían arreglado «les colomines» hacía nada y en lo que antes había una explanada de tierra, construyeron una especie de parque con suelo de hormigón y grava, en el que colocaron unos bancos sin respaldo, sustentados en anchas pilastras de ladrillo, que quedaban ideales como portería de «canaletes».

Encima, dos de los bancos quedaron afrontados a una distancia de veinte metros, con lo que el campo era perfecto. Jugábamos de mañana, tarde y, con las nuevas farolas, inauguramos los partidos nocturnos, con una mínima pelota de plástico, verde y blanca, que costaba tres pesetas, con el único riesgo de la siniestra figura de «El Celador»: vestía una especie de chaqueta de mahón azul que recordaba vagamente un uniforme, y aparecía a la llamada de una señora mayor y amargada que no soportaba ver a los críos divertirse. Si no había tiempo a huir y muchas veces aparecía como una sombra, de ninguna parte, disfrutaba rajando la pelota ante nuestros ojos (tres pesetas era una cifra, no se crean) y amenazando con penas horribles que nunca llegaron a cumplirse.

Aquel año, para mi felicidad, me compraron mi primera camiseta del Zaragoza, con su número 7, el de Rubial, el extremo asturiano que por entonces ocupaba en mi panteón futbolístico el altar del ídolo, fichamos por nueve millones de pesetas (el Zaragoza) a Nino Arrúa, los amigos empezaron a llamarme «Nino» en su honor y, por si fuera poco, completaba los grandes partidos con interminables encuentros «uno contra uno», con Ricardo, un amigo más joven pero más rápido e igual de fanático del balón, en campos que organizábamos en los rincones más ocultos de la Colomina. Eran partidos a vida o muerte, sin concesiones, que se celebraban todos los días -muchos sólo acabaron con la aparición de mi padre-, cuando volvía de comprar la leche recién ordeñada en la última cuadra urbana de Figaredo, la de Juan «Piloto».

Pero si algo descubrimos aquel año, fueron las excursiones de la Hunosa. Vale, no marcharíamos de vacaciones, pero alguien se enteró de que la empresa madre de todas las empresas organizaba cada domingo viajes a la playa. Salíamos a las diez -creo-, en grupos que inundaban aquellos autocares que alcanzaban los sesenta a base de dar pedales. Cruzábamos el Padrún como Aníbal cruzó los Alpes con sus elefantes: con muchas dificultades, maniobrando en las curvas imposibles, paelleras o raquetas las llamaban, mareándonos sin compasión, cantando a voz en grito «para ser conductor de primera, acelera, acelera...» y obligando al chófer a echar largos tragos de la bota porque el vino «engrasa las ruedas y se toman las curvas mejor...».
No quiero extenderme sobre los conceptos de seguridad vial en la época, así que la buena memoria se limita a las playas -Santa María del Mar era mi preferida-, al sabor de la ensaladilla especial que mi madre me echaba en los viajes (con muchas más aceitunas y mayonesa, y menos patatas que la de a diario) y, sobre todo, al «mundo» que adquirimos con aquel recorrido por la costa astur.
La cerveza del heladero
Porque nosotros ya queríamos ser hombres refinados, ya habíamos visto alguna peli de «007» y no podíamos menos que imaginarnos en la Costa Azul, demostrando a las chicas el mucho recorrido que teníamos y lo muy viajados que estábamos. Así que el día que el más experto del grupo, el que más sabía, el que actuaba con seguridad pasmosa, apenas puesto el pie en tierra desde el autobús, sofocado por el calor, se apoyó sobre el carro del helado en postura de James Dean, observó al heladero que bebía una cerveza fría, y mirándole fijamente le espetó «a mí ponme otra cerveza como esa», ninguno de nosotros se rió. Es más, íbamos a pedir una cerveza para no ser menos e impresionar a las zagalas, convencidos también de que aquello era un chiringuito playero, como los que habíamos visto en nuestras múltiples aventuras, cuando el señor heladero se dirigió al colega y le espetó «esta ye mía, si quiés una igual, ta ahí el chigre».
Rodeamos al amigo que había enrojecido hasta la raíz del pelo, fingimos que no nos dábamos cuenta, y seguidos de cerca por el grupo de mozuelas que sí se dieron cuenta y se reían como se ríen las catorceañeras, entramos en el bar a ver si una cerveza apagaba la sed. Y la vergüenza.


FUENTE:  LAUDELINO VÁZQUEZ

No hay comentarios:

Publicar un comentario