17 de marzo de 2013

Consejo de la Suprema y General Inquisición

Con el oro de la Inquisición

Saben ustedes de sobra lo que fue la Inquisición: aquel tribunal vergonzante que durante siglos se encargó de purificar mediante el fuego y la tortura todas las creencias e ideologías que no fuesen las que profesaban nuestros gobernantes y la Santa Madre Iglesia. Contrariamente a lo que se cree, no fue una invención española, pero aquí estos delitos de pensamiento los castigaban los obispos hasta que en 1748 Isabel de Castilla y Fernando de Aragón le dieron entidad propia a la institución.
Dice la historia que el primer auto de fe se celebró en el quemadero de La Tablada de Sevilla el 6 de febrero de 1481 y que en él fueron llevados públicamente a las llamas seis infelices. Ellos inauguraron una orgía de sangre que según el cronista de aquellos años, Hernando del Pulgar, convirtió en pavesas a 2.000 personas en sólo diez años, eso sin contar a la multitud que tuvo que sufrir el variado repertorio de penas y maldades que iban imaginando un puñado de sádicos ensotanados con el beneplácito de la autoridad.
El engendro de la muerte se ocupó en su origen de perseguir y expulsar a los judíos, luego a las brujas, más tarde a los protestantes y finalmente, ya en el siglo XVIII, acabó detrás de los masones y los seguidores de la Ilustración y de la Revolución Francesa.
Pero volviendo a sus principios, cuando en 1488 se creó el Consejo de la Suprema y General Inquisición formado por seis miembros nombrados directamente por los reyes, ya existían tribunales estables en Sevilla, Córdoba, Toledo y Llerena, que luego fueron extendiéndose por toda España. Los tribunales estaban organizados según una jerarquía rígida y piramidal, semejante a la del ejército. En ellos iban por orden de importancia el inquisidor general, otros dos inquisidores (un jurista y un teólogo), un fiscal, un receptor, un calificador, un alguacil, dos notarios (el de secuestros y el del secreto), un escribano general, varios familiares y comisarios, un alcalde y un portero, además de médicos, barberos, cirujanos y otros oficios cuyos trabajos vale más no imaginar.
Hoy nos interesa saber quiénes eran los llamados «receptores»: unos funcionarios de Estado, elegidos por la Corona con la finalidad de representar ante el juez al Fisco real como beneficiario de las confiscaciones que se hacían a los presuntos herejes, ya que estaba establecido que, por el mero hecho de delinquir, los reos quedasen privados de sus bienes que pasaban a la Hacienda con carácter cautelar hasta que la sentencia se hacía firme. El de receptor era un buen cargo, que gozaba de numerosos privilegios y de un sueldo anual de 60.000 maravedíes, una pequeña fortuna para aquel momento.
El 28 de julio de 1488, a los dos meses de la designación de los inquisidores, un caballero llamado don Luis de Guzmán acudió a Murcia junto a su mujer doña Isabel de Molina nombrado por los Reyes Católicos para encargarse de los conversos que judaizaban en la diócesis de Cartagena, con el título de receptor de sus bienes.
Nuestro personaje era un protegido de don Pedro González de Mendoza, un hijo del famoso marqués de Santillana, eclesiástico y político, que hoy está considerado como un ejemplo de los intelectuales que vivieron el paso del mundo medieval al moderno en España. Don Pedro había sido arzobispo de Sevilla y Toledo, cardenal, canciller de Enrique IV y consejero de Isabel la Católica y ejerció un poder tan grande en la corte que había quien le llamaba «el tercer rey de España».
Por si fuera poco esta influencia, Luis de Guzmán era también sobrino de Juan de Guzmán, chantre del cabildo de Cuenca, del que acabaría heredando su fortuna, que incluía entre sus inmuebles la capilla de la Quinta Angustia de la Catedral de aquella ciudad.
Ya se estarán preguntando qué tiene que ver con nosotros este Luis de Guzmán. Cuatro líneas más y se lo explico: les contaba más arriba cómo había llegado hasta Murcia, ahora les diré que en el mes de septiembre el matrimonio decidió fijar allí su residencia y el 5 de mayo ya eran vecinos de un pequeño pueblo situado en las inmediaciones de la capital llamado Albudeite; pues bien, para comprar allí su residencia tuvieron que vender sus posesiones personales en otro lugar situado en Aranzo de Mieres.
No me pregunten por dónde puede quedar este sitio. Ya sé que hay más Mieres en España, pero la documentación de la época aclara que la familia de don Luis era hidalga, procedía de Asturias y allí tenían el señorío de Aranzo de Mieres, señorío que vendieron para comprar el de Albudeite. Y así lo recogió en una fecha no muy lejana a los hechos don Francisco de Cascales, un prestigioso historiador murciano que escribió su obra a finales del siglo XVI y que figura entre los hijos ilustres de la zona, con monumento incluido.
La casa de Albudeite era la que llamaban «de los descabezados», pertenecía al linaje de los Ayala y según Cascales, don Luis la compró porque le gustaba el clima de la zona, más apacible que el asturiano. Luego sabemos que la pareja tuvo varios hijos: Bernardino, Gaspar, Catalina y Honorata de Guzmán y Molina. No sé el tiempo que residirían en ella, pero sí que al menos el 10 de abril de 1495 aún era su residencia, ya que he localizado una Provisión Real con esa fecha en la que se ordena a un tal Bartolomé Coque, escribano del número de la ciudad de Murcia que entregué a Luis de Guzmán, receptor de los bienes confiscados por la Inquisición en el Obispado de Cartagena, «el proceso del pleito que mantiene contra Alonso Carreño por unas deudas que el primero compró de unos judíos cuando fueron expulsados, pues ha apelado una sentencia dada en su contra ante los alcaldes de casa y corte». Ahora queda saber dónde estaba Aranzo de Mieres. Actualmente no hay en el Ayuntamiento ningún topónimo con ese nombre; por ello, como hago siempre, pido su ayuda por si alguien conoce algún paraje, prado, monte o heredad en nuestra zona que tenga una denominación parecida, a ver si podemos ponerle coordenadas.
He revisado la larga lista de pueblos abandonados de nuestro concejo y nada, pero aprovecho para darles un dato escalofriante en el que no se ha reparado hasta ahora. En el listado de las entidades y núcleos de población abandonados, sacado del nomenclátor oficial que proporciona el Instituto Nacional de Estadística (INE), Asturias es la comunidad autónoma con el número más elevado: 525. En Galicia figuran 883, pero deben tener en cuenta que se reparten entre sus 4 provincias. Sin embargo, al contrario de lo que parece a primera vista, en León sólo hay 8 nombres, en Valladolid 5 y en Vizcaya sólo figura 1.
Dentro de Asturias, como no podía ser de otra forma, son las Cuencas las que salen peor paradas. 41 núcleos abandonados en Lena, 39 en San Martín del Rey Aurelio, 36 en Langreo, 31 en Aller; 24 en Laviana, ¿Les parecen muchos? Pues cuenten ustedes mismos los de Mieres, que a mí me tiembla el folio:
Ablanedo; Argallaes; Arnizo; Artoso; Los Barreros; Boca del Túnel; La Braña, El Bravo; El Caborno; Campu La Tabla; Cantiquín; Carba de Arrojo; La Carba; Casa El Cantu; Cases del Molín; Castañeri; Castañéu; La Casuca; La Colladiella; El Collar; Los Corrales; El Corredor; Cotarente; Les Cruces; Les Cuestes; Cutiellos; Despeñaderos; El Escobal; La Fabariega; La Fabucosa; Fenosa; La Fondona; Forniellos; Fresneo; La Granda; La Infestal; Llanacedo; Llana Les Duernes; Llanapalacio; Llandebustio; La Llascara; Llavaera; Lleros de Abajo; Lleros de Arriba; Llosa Alfonso; La Mosquita; El Nozal; El Palacio; Pedrazos; El Pedrisco; Las Porqueras; El Pradón; Prados de Copián; El Prau Regueru; Rebollo; La Rotella; San Benigno; Sarabia; Senriella; El Sobedorio; Tablao; La Tejera; Terceros de Mariana; Trechoriu; Les Viñes y El Xirru.
Tengan en cuenta antes de llevarse las manos a la cabeza que algunos de estos nombres, como Tablao, existen dos veces en el concejo, pero reparen también en que no aparecen otros lugares que uno conoce, como La Casa del Miedo, por ejemplo, que también está deshabitada. De cualquier forma, no quiero creer que nos toque a nosotros exhibir este funesto récord en toda España. Quien proporciona los datos debería tener en cuenta que la definición de núcleo abandonado que utiliza el INE se refiere a conjuntos de «al menos 10 edificaciones», que se cumple escrupulosamente en otras zonas, pero aquí al parecer no.
Creo que es importante corregir esta cuestión, pero... perdónenme, se me fue la onda; la propuesta de hoy era buscar Aranzo, el señorío de don Luis de Guzmán. Vamos a ello.

 Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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