1 de febrero de 2013

La primera mina

La primera mina.

                  Ilustración de: Alfonso Zapico

Mención especial (categoría joven) del Concurso de microrrelatos mineros «Manuel Nevado Madrid» de la Fundación Juan Muñiz.


(Jueves 18 de Agosto de 2011). 
 Un hombre llega, hace cientos de años, a una población desconocida y humilde. Aparece como de la nada, de pronto en la vereda del bosque, sin más. No conoce a nadie y nadie entre estas honradas gentes le mira sin recelo. Dice venir de muy lejos, de mucho más lejos de lo que nunca nadie de los alrededores había podido llegar. Cuando le preguntan el cómo, sonríe y se lleva a los más curiosos al otro lado de la villa, pasado el bosque, cruzado el río. Les muestra, en el mismo suelo, un hoyo como de topo exagerado. Dice haberlo excavado él sólo, a ciegas, escapando de la patria a golpe de arañazo. Cuando le preguntan el por qué promete llevarse a los jóvenes sin oficio y emplearlos en agrandar el túnel. Le toman por loco, fugado de hospital que cree en mundos maravillosos a los que su mágico conducto llevará de vuelta. Como nadie quiere mancharse las manos en lo que será seguro su sepultura, se exige para los muchachos el pago por adelantado. El forastero saca de su bolsillo unas piedras doradas. No se subestime a los campesinos: reconocen el oro. Él dice que hay mucho, mucho más en el camino ya horadado. Así que atraídos como moscas, seducidos, invocando el mantra «Y si fuera cierto», se aceleran los mozos al agujero. Durante meses trabajan en dilatar la entrada. Descubren algunos la laboriosa satisfacción del pico y la barrena. Otros continúan por la desidia de buscar otra cosa. Cuando habilitan el subterráneo enredado de vías descubren el rastro de oro, de valiosos minerales que allí se nutren. Son tiempos prósperos para la aldea. Más cálidamente es acogido el hábil explotador, que ya ha comprado la casa más grande, la simpatía de todos, los amigos más leales. Nadie cuestiona ya su procedencia. Nace así la primera mina: con ella un nuevo oficio, y su desarrollo y riesgo. Alguna vez desaparecen mineros en trágicas circunstancias. Él consuela a las oficiales viudas asegurándoles que no han muerto, pero que han llegado muy lejos, y que lo que han visto les impide ya regresar. Se debe disolver el camino de vuelta con derrumbes que los atrapan en ese maravilloso, lejano mundo. Así es como de pronto se recuerda el día en que el forastero apareció con su historia que nadie creía, y las familias se reconfortan, aún en la ausencia, en esta ilusión. Los más incrédulos, reacios al intangible consuelo, le preguntan por qué él renuncia a ese lugar, para qué ha venido. Él se resigna pesaroso y replica: «Para hacer dinero, como todo emigrante».

FUENTE:  LORENA ESCUDERO SÁNCHEZ

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