3 de febrero de 2013

«La Estatua». D. Pedro Alonso (Noreña)

Pedro Alonso , indiano con estatua.

Ilustración de: Pablo Garcia
 http://www.lne.es
Nacido en Noreña en 1856, emigró a Cuba, donde se convirtió en uno de los grandes de la industria azucarera, y a su regreso quedó inmortalizado en bronce como benefactor de la Villa Condal





Algunos indianos, una vez ricos, ejercieron algunos tipos de mecenazgo, no limitándose a financiar el lavadero o la escuela de la aldea natal, o a arreglar algunos caminos. Al regresar a su punto de partida mostraban cierta debilidad por la arquitectura, edificando la quinta lo más suntuosa posible, en muchos casos en el mismo lugar donde se había levantado la casa de sus padres, con jardín cercado con muro y puerta de rejas de lanzas y las palmeras declarando que el dueño había vivido en tierras lejanas; y algunos, muy especiales, por la escultura.
Alguno hubo que se financió la estatua de sí mismo, aunque lo normal era que, cuando se trataba de un personaje muy sobresaliente, la encargaran los familiares apesadumbrados o la costearan, por «suscripción popular», las aldeas o las villas agradecidas por los favores recibidos de la generosidad y opulencia del indiano. Varios indianos disponen de estatua en diferentes localidades asturianas; la más conocida, la de don Pedro Alonso Bobes, en Noreña, no sólo porque se encuentra en el centro mismo de la Villa Condal, sino por la personalidad de su autor, Mariano Benlliure, uno de los escultores más destacados de su época. La estatua es de sobra conocida, ya que no pasa inadvertida para nadie que se acerque a Noreña: don Pedro, la mano derecha en el bolsillo del pantalón y en la izquierda el sombrero, parece caminar por la popular «playina» noreñense, teniendo a su espalda la calle de Arriba: a sus pies, dos niños se asoman al pedestal insinuándole una ofrenda floral. Estos niños, cuyos modelos eran dos sobrinos del escultor, fueron objeto de un curioso «plagio», ya que aparecen repetidos casi exactamente como comparsas de una estatua, «A la libertad de expresión», obra del escultor Eduardo Soriano, en el paseo marítimo de Marbella. Según testimonios recogidos por el infatigable Miguel Ángel Fuente Calleja, cronista oficial de Noreña, «no hay ninguna duda de que por el tamaño de las figuras, la expresión, la postura y hasta por el más pequeño detalle Soriano utilizó los mismos moldes que sesenta y ocho años atrás sirvieron para fundir la estatua de Noreña».

La estatua de don Pedro Alonso, que en Noreña es conocida como «La Estatua» sin más, se realizó por suscripción popular, recaudándose al cabo de varias veladas teatrales la cantidad de poco más de siete mil pesetas. La obra fue encargada al escultor ovetense Víctor Hevia, que presentó dos proyectos que agradaron a la comisión organizadora, más no a la viuda del finado, que no encontró parecido entre el proyecto y su difunto marido, por lo que se le hizo el encargo a Mariano Benlliure, autor de monumentos a Cervantes, Goya, Castelar, Alfonso XIII, el cabo Noval y el torero Joselito, y que en Asturias realizó obras también notables como «La Praviana» de Pravia y «La Asturiana» de Villaviciosa, que encanta, por cierto, a Hugh Thomas. Siempre que viene a Asturias, el ilustre historiador hace lo posible por ir a Villaviciosa y se queda un rato contemplándola.

El presupuesto del nuevo proyecto ascendió a sesenta mil pesetas, siendo completada la diferencia por la familia del indiano, inaugurándose la estatua el 29 de junio de 1927, festividad de San Pedro, con asistencia del propio Benlliure. Al acto asistieron también autoridades provinciales y locales, y el gobernador militar, general Zuvillaga, comparó la laureada de San Fernando, máxima condecoración militar, con el homenaje que el pueblo de Noreña le rendía a don Pedro Alonso. Después de los discursos se recitaron poesías, sonó la «Marcha real» a cargo de la Banda de Música, se lanzaron voladores y los niños arrojaban pétalos de flores, los caballeros gritaban vivas y bravos, las damas, recatadamente, criticaban los sombreros y los vestidos de las vecinas.

Benlliure tuvo en cuenta todos los detalles definitorios del indiano en general y de don Pedro Alonso en particular para que la estatua resultara «parecida» al modelo, por lo que incluyó en el chaleco el reloj con cadena de varias vueltas. Antes de que los automóviles se hicieran del dominio común y el indiano regresara a su aldea con el cochazo mejor que «haiga», la demostración de su triunfo allá en las Américas eran la cadena y el reloj. Si el indiano traía cadena y reloj, buena señal; si no, mal asunto. No es necesario anotar que el reloj de don Pedro sería de calidad y la cadena, de oro de ley.

Pero antes de que don Pedro Alonso quedara inmovilizado en su estatua de bronce, con un aspecto tan natural que tal parece que se dispone a cruzar la calle para ir a comer alguno de los platos deliciosos que se sirven en El Sastre, marchó a las Américas, donde hizo fortuna trabajando en ingenios azucareros. Había nacido en la villa de Noreña en el año 1856, como era uso en aquella época, emigró a Cuba todavía muy joven, en compañía de Manuel Rionda Polledo, quien, con el tiempo, además de su socio, se convertiría en su cuñado, al contraer don Pedro matrimonio con su hermana Ramona.

Pedro Alonso Bobes y Manuel Rionda Polledo sirven de ejemplo para desmentir, o al menos matizar, la suposición romántica de que los indianos del siglo XIX marchaban a las Indias a la aventura, y si salía con barba, San Antón, y si no, la Purísima Concepción. No digo que no haya habido algún o muchos aventureros, natos o desesperados, que marcharon a la buena de Dios, pero sin encomendarse ni a Dios ni al diablo. Por lo general, estos indianos que embarcaban «sin red», por así decirlo, eran los que se perdían para siempre en las inmensidades de las Américas o habían de ser devueltos a la patria por cuenta del Consulado: testimonios de éstos se encuentran en abundancia en el Archivo de Indianos, algunos dramáticos. Pero lo más corriente, y también lo más razonable, era que los jóvenes emigrantes marcharan reclamados por algún familiar o vecino, que deseaban descansar en ellos las responsabilidades y la dedicación plena que sus negocios exigían. Para tener al otro lado del mostrador o a cargo del ingenio a una persona de confianza, nadie mejor que un sobrino, al tiempo que se reservaba a la sobrina para casarse. Los indianos nunca tuvieron confianza en la población nativa. Consideraban a los indios vagos, a los mestizos poco de fiar y nada digamos de los criollos. Exponer esto no es racismo: nos limitamos a contar lo que había.

Pedro Alonso y Manuel Rionda fueron reclamados a Cuba por Francisco Rionda, hermano de Manuel, quien, en un golpe de fortuna, contrajo matrimonio con la acaudalada cubana Elena de la Torriente, que recibió como dote al casarse ni más ni menos que siete ingenios azucareros. Razón por la que ni Pedro Alonso ni Manuel Rionda hubieran de pasar por el duro aprendizaje de otros congéneres que, partiendo de la nada o poco más y durmiendo sobre la tabla del mostrador, consiguieron amasar grandes fortunas. Ellos encontraron el camino a la fortuna abierto y en buen estado: sólo les quedaba transitarlo con cuidado y administrarlo con tino. Don Pedro llegó a ser una figura importante de la industria azucarera en Cuba, y ser un gran azucarero en Cuba en aquella época implicaba una proyección económica y social muy importante.

No obstante, su salud se resentía del clima tropical, por lo que regresaba a España en 1907, contando 51 años de edad. No se crea que es raro que los indianos se retiraran a esta edad, e incluso antes. Habían emigrado muy jóvenes, casi niños, muchos de 12 o 13 años, y la mayoría antes de cumplidos los 20. En consecuencia, a los 50 años ya llevaban más trabajo encima que la mayoría de los trabajadores de la Península de 60. Y de duro y eficiente trabajo, porque, aunque se suponía que las calles de La Habana, Veracruz y Montevideo estaban adoquinadas con bloques de oro y plata, el oro y la plata, si lo querían, tenían que conseguirlo a pulso. Todo dependía, por otra parte, de las necesidades y de las ambiciones de cada uno.

Pedro Alonso tenía su vida resuelta y, de vuelta a la emigración, en lugar de irse a «fardar» a París, como si fuera un argentino o un catalán, regresó a Noreña, donde mantuvo una actividad empresarial y asistencial tan notable como la realizada en Cuba. A él se debe la traída de aguas desde Hevia, la obra pública más importante ejecutada en Noreña en todo el siglo XX y, como apunta Fuente Calleja, «el auténtico trampolín para el despegue de la industria cárnica». Asimismo, construyó viviendas de renta baja, un cine y creó el Centro Cultural y la Fundación Rionda-Alonso, encargada de mantener las escuelas públicas fundadas en 1916 con un presupuesto de 138.720 pesetas, y de cuya dirección se encargó su cuñado más joven, de nombre Silvestre Rionda.

Paralelamente desarrolló una actividad política, a través del Partido Reformista de Melquíades Álvarez, de mucha implantación entre los indianos, que se consideraban republicanos mientras sus mujeres eran monárquicas y muy frecuentadoras de iglesias de curas. Desde abril de 1916 a febrero de 1917 fue alcalde de Noreña y, más tarde, vicepresidente de la Diputación de Asturias. Típico indiano perfectamente integrado en la provincia y en la villa, dentro de una ideología conservadora, falleció el 7 de mayo de 1921. Su suntuoso panteón, hoy en «lamentable estado de abandono», es obra del cotizado arquitecto Manuel del Busto.

FUENTE:  IGNACIO GRACIA NORIEGA

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