12 de diciembre de 2012

Thily, asturiano hasta su fusilamiento el 15 de febrero de 1938

André Thily, asturiano por derecho.

 
                    Fusilamientos en Asturias

El quiso ser asturiano y estar al lado de sus paisanos hasta el final. Incluso en sus últimos meses se inventó un nuevo nombre: Andrés Álvarez. Desgraciadamente, la segunda parte de su deseo se cumplió demasiado rápido y su cuerpo reposa desde 1938 en la fosa común de Oviedo. Ahora, es nuestra obligación pedir que se le reconozca como uno más de los nuestros, porque, a pesar de haber nacido en París, hizo más por esta tierra que muchos de los que presumían de haber nacido en ella y se apresuraron a abandonarla en cuanto vinieron mal dadas.

Se llamaba Armand André Thily y había nacido en el seno de una familia de origen rumano en el número 21 de la calle Close Fouquieres en Boulogne-Billancourt, una zona parisina que, en sus mejores tiempos, llegó a contar con cerca de 40.000 trabajadores y que se hizo popular en mayo del 68 cuando los estudiantes revoltosos marcharon hasta allí pidiendo la solidaridad de los trabajadores en huelga. Desde muy joven demostró una inteligencia que le permitió conocer varios idiomas y obtener sin más dificultades que las económicas el título de medicina y con ese bagaje y la fuerza que le daban sus 25 años, en cuanto tuvo las primeras noticias del alzamiento militar decidió dejarlo todo y venir a España para luchar junto a los republicanos.

En agosto de 1936, cuando apenas habían pasado unas semanas desde el inicio del conflicto, André ya se encontraba peleando en Irún junto con un pequeño grupo de comunistas franceses y belgas que, como él, no había podido esperar a la creación de las Brigadas Internacionales que se presentaron en Moscú en septiembre para captar y organizar a los voluntarios de todo el mundo para frenar la amenaza del fascismo.

Desde su entrada en España y hasta febrero de 1937, Thily hizo lo que mejor sabía organizando los servicios sanitarios de primera línea, dentro del Socorro Rojo Internacional que había logrado reunir un cuerpo de médicos y enfermeras, casi todos extranjeros, y contaba con financiación propia, ambulancias, medicamentos e, incluso, uniformes. Con ellos y antes de que las propias brigadas pudiesen hacerse cargo de este trabajo, el francés se ocupó en coordinar las curas de urgencia y la evacuación a los hospitales de sangre que se emplazaban cerca de los frentes aprovechando, cuando era posible, las instalaciones hospitalarias ya existentes.

Luego, en febrero de 1937, fue reclamado por sus conocimientos de ruso como intérprete de los asesores que Stalin estaba enviando a España y, curiosamente, tuvo que trabajar junto con el general Dambrosky, el mismo que ofreció al presidente del Gobierno asturiano Belarmino Tomás tres aviones para facilitar la fuga de sus consejeros el 20 de octubre de 1937.

Pero Thily era sobre todo médico y, en cuanto pudo, volvió a sus funciones en la Sanidad Militar, primero en el frente de Pajares y, luego, como jefe médico de la 57.ª División del Ejército del Norte en el Hospital de Sangre de Mieres.

En estos días el francés pudo vivir como se iba acercando la derrota y conoció los detalles de la huida de los primeros cargos del Gobierno asturiano desde el puerto de Avilés. En vez de acobardarse, su reacción fue publicar en «Avance», una carta que tuvo repercusión internacional y que, por su interés, les transcribo integra:

«La fuga vergonzosa de aquellos que, por cobardía o falta de perspectiva revolucionaria o con la única perspectiva de escaparse, se han hecho traidores a la República y al honor de Asturias ha provocado una legítima indignación y repulsa en las masas populares de Asturias. Más aún que estos individuos hayan sido en un tiempo la expresión de la justicia del pueblo. Si Asturias contara con tales defensores, hace ya mucho tiempo que hubiera conocido el terror y la barbarie de la dominación fascista. Afortunadamente, lo mejor de los vascos, santanderinos, gallegos y leoneses, junto con los asturianos, dignos continuadores del glorioso octubre del 34, hacen pagar caro al enemigo cada intento de su avance en el territorio que nos queda en el Norte. En la historia de la humanidad, siempre, cuando el pueblo lucha por su independencia y libertad, lo logra al precio de sus mejores hombres: los cobardes no cuentan. En estos momentos difíciles que vivimos es cuando se templan los caracteres y se someten a la prueba los verdaderos revolucionarios y los fieles de verdad a la República. La mejor contestación que puede dar el pueblo a los que vacilen en tales circunstancias es estrechar aún más sus brazos en un bloque granítico, apartando sin piedad a los que hoy, enemigos de su unidad, seguirán mañana el mismo camino de su deserción. Y en esta unidad el pueblo del Norte quisiera ser incluido como hijo suyo.

                                         Condenados

Al luchar desde el 5 de agosto en las filas de este glorioso Ejército Popular desde la epopéyica defensa de Irán hasta la actual no menos epopéyica resistencia de Asturias, compartiendo los sufrimientos y las alegrías de este magnífico pueblo, no puedo estar más identificado con él. Para nosotros, comunistas, educados por la III Internacional en el espíritu del internacionalismo proletario, las fronteras y nacionalidades no tienen más -hoy más que nunca- que una expresión geográfica. Cuando en estos momentos el ser español constituye para algunos una carga demasiado pesada, sería por el contrario para mí un honor llevarla con toda la responsabilidad que el caso encierra. Asturiano ya me considero yo mismo y así me consideran los más allegados. Por la presente, tengo el honor de solicitar de ese Consejo Soberano de Asturias y León transmita al Gobierno único y sólo legítimo de la República, que es mi deseo entusiasta concederme la nacionalidad de ciudadano español».

La carta, fechada en Campomanes, el 14 de octubre de 1937, aparece firmada por André Thely, cambiando en una letra su apellido, y la historia ha querido que fuese publicada el día 19 de octubre, cuando los miembros de nuestro Consejo Soberano estaban haciendo apresuradamente las maletas para dejar la región. Seguramente él ya lo sabía, pero su sentido del honor lo impulsó a condenarse a muerte con su publicación en vez de escapar con ellos.

Según el investigador mierense Félix Martín Vázquez, que estudia desde hace tiempo la evolución de las instalaciones sanitarias en nuestro concejo, el Hospital de Sangre estaba instalado en la vieja Escuela de Capataces y dependía del Comité de Sanidad del Ayuntamiento, que también había dispuesto en el vecino edificio del Grupo Escolar un comedor para los milicianos enfermos que no precisaban estar encamados y deambulaban por las calles de la villa entre consulta y consulta, ocasionando en ocasiones la incomodidad de la población. Allí se encontraba también la habitación en la que André Thily fue detenido sin ofrecer resistencia cuando la Tercera Bandera de la Legión puso fin a la guerra en el Caudal.

Al parecer, se le permitió realizar un último reconocimiento a sus enfermos antes de ser conducido a la cárcel de Mieres mientras se registraban infructuosamente sus cosas en busca de no se sabe qué: sólo se le incautaron un par de novelas y unos libros de medicina. A los pocos días fue conducido a la prisión de Oviedo y el día 29 de octubre comenzaron las actuaciones judiciales contra él. Por fin, el 11 de enero de 1938, Thily fue condenado a muerte tras una parodia de consejo de guerra por el Tribunal militar número 3 que presidía Manuel Herbella Zobel; luego vino el pertinente visto bueno desde el Cuartel General del Generalísimo y, cuando aún no había alboreado el día 15 de febrero, cayó abatido por la balas ante las tapias del Hospital Militar de Oviedo.

Aquella misma jornada se cumplió también la sentencia para otros 29 condenados. En la lista de ejecutados aquel día no figura ninguno de sus compañeros mierenses, pero sí 14 vecinos de la cuenca del Nalón; la mayoría eran mineros o trabajadores de diferentes ramos y entre ellos se encontraba el maestro de Ciaño Manuel Rodríguez Bayón. Uno de ellos, creyente, confesó y comulgó antes de morir y, por ello, según lo acostumbrado, fue inhumado en un nicho del cementerio católico, el resto, entre ellos nuestro joven médico, fueron a parar a la fosa común.

Desconozco cuál es el procedimiento legal para inscribir a un fallecido como ciudadano adoptivo de una comunidad, pero si alguien merece ser llamado asturiano, ese es André Thily. Aunque sea a deshora, yo no puedo hacer más que proponerlo.

 Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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