16 de diciembre de 2012

Melchor Valdés-Hevia de Pola de Laviana

Valdés, el carlista de la mula blanca.

El pirotécnico lavianés fue uno de los guerrilleros de la Tradición más prestigiosos en la contienda que se libró entre partidarios de las dos ramas de Borbones a partir de 1872.

Hace años, les conté en esta página las muertes del cabecilla José Faes y su lugarteniente José María «el Vizcaíno», cerca del palacio de Villarejo, en julio de 1874. Faes fue sin duda el carlista más conocido de las Cuencas y aquel día cerraba mi crónica diciéndoles que después de él la causa de la Tradición no se había recuperado en la Montaña Central. La afirmación era cierta, pero prolongando un poco aquella historia, deben saber que a Faes le sustituyó otro guerrillero que por aquellos días había unido su partida a la suya. Se llamaba Melchor Valdés y eligió como segundo jefe a Gregorio, hermano de «el Vizcaíno», aunque su actividad ya no pudo durar mucho porque en aquel momento la derrota ya era irremediable para los insurrectos.
 Plaza de la pontona en 1915, lugar de nacimiento de Melchor Valdes-Hevia 

Melchor Valdés-Hevia había nacido en la plaza de La Pontona, el corazón de Pola de Laviana, villa en la que trabajó como pirotécnico hasta que decidió echarse al monte para luchar por el pretendiente Carlos VII. Aquella fue la tercera guerra civil española entre partidarios de las dos ramas que enfrentaban a los Borbones y se inició el 21 de abril de 1872. En mayo, Melchor ya estaba al frente de 40 hombres en la zona de Pola de Siero, luego logró agrupar bajo su mando a un centenar y con ellos mantuvo la bandera con la cruz de San Andrés, sin importarle los cambios políticos que le hicieron tener en frente sucesivamente a las tropas de Amadeo de Saboya, el ejército republicano y por último las divisiones alfonsinas.
Dicen que era buen mozo y que montaba siempre una mula blanca con la que dirigía la marcha de los suyos, entre los que había otros lavianeses como José Gutiérrez Cortina, que acabaría siendo un conocido indiano tras huir en 1876 primero al exilio francés y luego al americano, antes de regresar, ya mayor, para abrir en su pueblo una fábrica de chocolates llamada «Las Camelias», en recuerdo del cafetal de aquel nombre que le había enriquecido en Guatemala.
Si algo caracterizó a los carlistas asturianos fue su extraordinaria movilidad y la insistencia para volver a las armas cada vez que eran dispersados por las columnas del Gobierno. Podían aparecer un día en Infiesto, la semana siguiente en Tineo y a la otra cruzar las montañas para saquear las aldeas leonesas. Melchor Valdés fue uno de los cuatro guerrilleros más prestigios de esta contienda, junto a Faes, «El Gordito» y Rosas, y resultó habitual que los hombres de cada uno engrosasen temporalmente las columnas de los demás, si una derrota lo hacía necesario, mientras se recomponía la suya.


Para combatirlos fue necesario traer tropas de otras regiones, que se distribuyeron probando diferentes estrategias. Primero se establecieron destacamentos de 20 hombres en Pola de Laviana, Sama, Infiesto, Pola de Lena, Villaviciosa y Grandas de Salime, los lugares que sufrieron más ataques, y se organizaron cuatro columnas móviles de 90 a 100 individuos. Una quedó en Oviedo, otra se fue a Infiesto y las dos restantes se llevaron a Mieres, porque en la Montaña Central abundaban los saqueos, el destrozo de los sistemas de comunicación, las quemas de registros civiles y el maltrato a los funcionarios municipales.
Más tarde, se dejaron 60 carabineros en los concejos de Laviana y de San Martín del Rey Aurelio; 45 en los de Lena y Mieres y 30 en el de Aller y se volvieron a distribuir las columnas, pero sus funciones fueron siempre las mismas: perseguir a las guerrillas con constantes batidas por los montes y las aldeas, acoger a los desertores y proteger la entrada en caja de los mozos de la reserva.
En 1873 no hubo ningún lugar de nuestros concejos que se librase de una escaramuza. Las crónicas reseñan decenas de choques, casi en cada pueblo, que solían cerrarse con uno o dos muertos por cada bando, la dispersión de las partidas y su reaparición al poco tiempo en otro punto muy distante; pero en de enero de 1874, las circunstancias cambiaron cuando Melchor Valdés consiguió reorganizarse juntando 100 hombres con los que entró en Sama y expulsó a los voluntarios liberales que se habían atrincherado en el edificio del Ayuntamiento.
Después se hizo ver a lomos de su mula blanca en Laviana, para demostrar su fuerza ante sus vecinos, y desde allí pasó a Lena y llegó hasta Cangas de Tineo, engrosando las arcas de su causa a cuenta de las cajas municipales que iba saqueando sistemáticamente.
Por si esto fuese poco, a finales de aquel mes se produjeron unos hechos de armas que acabaron envalentonando a los partidarios del pretendiente carlista, dándoles por primera vez la ilusión de que en Asturias podían atraer la victoria hacia su lado.
El día 24 en el paso de Entrepeñas, entre Cabañaquinta y Collanzo, surgió la sorpresa. Hacía mucho tiempo que los carlistas no lograban reunir un grupo tan numeroso, nada menos que 400 guerrilleros de la Tradición se juntaron en las montañas alleranas para batir a 100 gubernamentales. Hubo poca sangre, pero se hizo desfilar a los vencidos ante los vencedores para humillarlos y esto les dio fuerzas para repetir su acción en Pola de Lena. Allí, aunque los soldados se defendieron largo rato, volvieron a ser derrotados y vejados. Se hicieron 137 prisioneros, que fueron privados de su armamento, uniformes y equipo, antes de liberarlos envueltos en sus propias vergüenzas.
Como era de suponer, la reacción no se hizo esperar, las guarniciones fueron reforzadas con tropas traídas desde cuarteles muy distantes y los oficiales reemplazados por otros más competentes que convirtieron aquella primavera en la estación de la venganza, golpe tras golpe, hasta recuperar los pertrechos y la honra robada.


Fueron malos tiempos para las partidas y Valdés decidió unir sus fuerzas a las de Faes. Juntos anduvieron por León y el día 4 de junio volvieron con 150 infantes y 40 caballos al concejo de Laviana donde no pudieron rehuir el enfrentamiento con los 300 hombres del comandante Vicente García. Tras un tiroteo cerca de Entralgo, la columna formada por soldados y voluntarios puso en fuga a los carlistas el día 7 de julio cerca de Sobrescobio y empezó una persecución implacable que iba a culminar con la muerte de Faes en Villarejo, hecho que ahora sabemos con certeza que se produjo el día 28 de julio y no el 7 como siempre se ha dicho y yo mismo he escrito muchas veces.
Tras la muerte de su compañero, Melchor Valdés todavía encabezó un pequeño grupo con el que mantuvo combates en el mes de agosto contra la columna que le venía persiguiendo desde Laviana. El día 6, en Pelúgano, su partida tuvo dos muertos, por uno de sus enemigos, y decidió huir por Pajares al norte de León donde le resultó fácil saquear algunos pueblos y destrozar de paso el tendido telegráfico, como era habitual en estas razzias.
Pero esta vez el acoso no cesó. A su vuelta fue batido otra vez en Puente de Arco por la misma tropa y, poco más tarde, el día 16, una parte de su facción volvió a enfrentarse, esta vez en Pola de Lena, con el destacamento del comandante Sánchez, que les ocasionó cuatro muertos y varios heridos, cogiéndoles además dos prisioneros y cinco caballos.
Antes de que concluyese aquel mes negro, varios cabecillas carlistas, acudieron a Aller convocados por González Arias «El Gordito», y decidieron organizarse bajo un solo mando. Desde allí, un grupo hizo una incursión a Riaño para apropiarse de los fondos recaudados por las redenciones de mozos y de paso secuestraron al alcalde y a los mayores contribuyentes de aquella villa.
Conseguido el rescate, regresaron convencidos de la fuerza que les daba su unión para asaltar la fábrica de armas de Trubia, aunque equivocaron su cálculo, ya que en Asturias los esperaba una fuerza todavía superior que forzó su huida por los montes alleranos.
La partida de Melchor Valdés, ya solo con infantería, aún dio unos pasos por el oriente de la región junto a la de Próspero Tuñón, que sí tenía monturas, antes de retornar a la Montaña Central. Los dos grupos resistieron en solitario en Asturias hasta que fueron batidos en los primeros días de 1875. El 14 de Enero, en los campos de Pelúgano y el 25, en las inmediaciones de Casomera.
Tras esta derrota, todavía quedaron algunas cuadrillas aisladas que no tardaron en ser exterminadas. En el informe que publicó el cuerpo de Estado mayor del Ejército sobre esta campaña, quedó escrito que el 30 de abril fueron capturados 11 individuos con armas en Campo de Caso. Ellos sí fueron los últimos; su detención puso el punto final a esta guerra carlista en nuestra tierra.
 Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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