3 de diciembre de 2012

Las herrerías que cita don Benito en Mieres

Las herrerías de «El 7 de julio» 

 Estampa tradicional de forjado en el que aparecen el maestro y el aprendiz, así como el hogar y el yunque

Es una ocasión para descubrir o releer, según los casos, la mejor obra de don Benito Pérez Galdós. Se trata de una serie de cuarenta y seis novelas en las que se recogen los intensos acontecimientos ocurridos en España desde 1805 hasta 1880 narrados a través de protagonistas ficticios con historias atractivas para hacer que la cosa no se limite a una pesada relación de hechos y batallas añosas.


Don Benito tardó en escribirlas treinta años, los que van desde 1872 hasta 1912 y las dividió en cinco series. La cuarta la hizo entre 1875 y 1879 y se compone de diez títulos en los que el hilo conductor es un personaje llamado Salvador Monsalud que en su biografía inventada refleja como pudo ser la de cualquier liberal de la época: sirviendo durante la Guerra de la Independencia al Rey José Bonaparte, perseguido luego por los absolutistas durante el reinado de Fernando VII, participando activamente en el Trienio de Riego y volviendo a caer en desgracia durante la llamada «Década Ominosa».


Uno de los libros de esta cuarta serie es «El 7 de julio», que yo leí por primera vez cuando era adolescente casi a la vez que «La importancia de llamarse Ernesto» de Oscar Wilde y por un motivo que ustedes entenderán fácilmente si han tenido alguna vez esa tontería de juventud que hace que a uno le llame la atención aquello que se relaciona con su nombre o con la fecha de su nacimiento. En mi caso Ernesto y el 7 de julio precisamente y aprovecho para confesarles que estoy seguro de que parte de la pasión que siento por la historia me viene de la lectura de estos episodios salidos de la pluma del bendito autor canario.


Pérez Galdós fue, seguramente, nuestro narrador más completo y muchos críticos lo consideran el fundador de la novela española moderna, ya que además de la magna labor de los Episodios Nacionales, aún tuvo tiempo para pergeñar otras veinticuatro obras de teatro, una docena de libros sobre diversos temas y treinta y seis novelas excelentes entre las que se encuentran nada menos que «Fortunata y Jacinta», «Tristana», o «Misericordia», por citar las más populares.


«El 7 de julio» fue escrito en octubre de 1876 y narra lo ocurrido en la misma fecha de 1822 cuando la Guardia Real se rebeló en el Pardo para intentar detener las reformas liberales siendo frenada por los voluntarios de la Milicia Nacional. Aquella fue una más de las tentativas que fracasaron queriendo anular la Constitución de 1812 y restituir a Fernando VII la autoridad que le había quitado el asturiano Rafael del Riego, nacido como ustedes saben en Tuña, Tineo.


Lo que pasó aquel día fue tan decisivo que provocó la caída del gobierno moderado y la llegada de los exaltados facilitando al mes siguiente la entrada en el gabinete de otro asturiano, el general gijonés Evaristo San Miguel, autor de la letra del himno de Riego, sustituido a su vez por otro de nuestros paisanos más ilustres, Álvaro Flórez de Estrada, en este caso de Pola de Somiedo.


Pero dejando aparte a aquellos asturianos que nos recuerdan la talla política que un día tuvimos en esta tierra y nos hacen llorar cuando los comparamos con los políticos actuales, tenemos que decir que lo ocurrido el 7 de julio también fue lo que decidió a los absolutistas a pedir la ayuda de sus hermanos de ideología en el extranjero que no dudaron en mandar a España a aquel ejército de la miseria llamado «los cien mil hijos de San Luis» para apagar el movimiento revolucionario.


A pesar de todo, la jornada siempre fue recordada como una victoria del pueblo progresista contra la injusticia del monarca y otros autores como el poeta Espronceda también la recogieron en su obra.


Volviendo a la novela de Galdós, quien prometió no continuar la obra tras acabar esta serie (promesa que rompió tras el desastre de 1898), uno de sus personajes es el asturiano Anatolio Gordón «un muchachote corpulento, tan rubio que el pelo y la cara casi parecían del mismo color» que milita a disgusto en la Guardia Real y piensa abandonarla para casarse con su prima Solita, hija de don Urbano Gil de la Cuadra. En el capítulo 8 de la novela asistimos a la escena en que Anatolio hace la relación de los bienes con los que piensa mantener a su futura esposa:


-Dime una cosa -preguntó don Urbano, a quien la satisfacción le salía chispeante por ojos y boca - ¿conservas aquella haciendita tan preciosa de Cangas?


-Si señor -repuso Anatolio poniendo una pierna sobre la otra y echando el cuerpo atrás-. La conservo y los dos prados de al lado; aquel pequeño, que era del procurador Sotelo, y el grande, que era de doña Nicanora. Voy uniendo todos los pedazos que puedo porque quiero hacer una hacienda grande, muy grande.



-¿Y las dos herrerías de Mieres?


-También las conservo. ¿Pues qué, las habría de vender? No las daría por cinco mil duros.


Luego sigue hablando de otras propiedades en Luarca y un dinero que se le debe por un crédito; pero lo que a nosotros nos interesa es lo de las herrerías: el economista Germán Ojeda explica en su libro «Asturias en la industrialización española, 1833-1907» como hasta mediados del siglo XIX el hierro fundido que se comercializaba en Asturias venía de las herrerías catalanas o vascas donde se forjaban en martinetes romanos los herrajes, aperos de labranza y utensilios metálicos que se empleaban en la cocina, también a veces de la fábrica lucense de Sargadelos y ocasionalmente del extranjero. Aunque en algunas comarcas de la región, como Caso o Lena, en nuestras cuencas, también funcionaban pequeñas ferrerías que empleaban el agua como fuerza motriz y el carbón vegetal como combustible.


Sin embargo, si nos remontamos unas décadas atrás la situación era otra: en 1753 el Catastro de Ensenada que recogió el listado de todas las industrias posibles en la época apuntaba para el territorio regional 15 ferrerías mayores y 43 mazos, ninguno de ellos en la Montaña Central y nada menos que 1.091 fraguas, de las cuales 46 estaban en el concejo de Lena y 23 en el de Aller, lo que resulta un número bastante elevado en relación con las que había en las provincias limítrofes.


Las herrerías que cita don Benito en Mieres existieron en realidad y seguramente su producción no se limitaba al abastecimiento local, a juzgar por la alta valoración que les da el personaje galdosiano. El profesor Joaquín Ocampo ha calculado que en las mayores podían llegar a trabajar más de 150 hombres contando las labores directas y las indirectas, tales como el carboneo o la extracción y transporte del mineral de hierro.


Aunque tampoco podemos abandonar la hipótesis de que las citadas en «El 7 de julio» fuesen la herencia de las máquinas puestas en funcionamiento en la villa durante la Guerra de la Independencia como complemento al taller de bayonetas que existía en Bazuelo y con las que se remataban los cañones y fusiles traídos desde las fábricas de armas de Trubia y Oviedo respectivamente.


Ya he dicho en otras ocasiones que la investigación sobre este tema es una asignatura pendiente y una prometedora tesis para alguno de los jóvenes historiadores que tenga tiempo, ganas y sobre todo ilusión por estas cosas. De momento lo que conocemos es muy poco, suponemos que cuando llegó la paz los talleres bélicos se adaptaron para otros fines y tenemos la certeza de que en ellos se empleó un grupo de trabajadores guipuzcoanos, al menos en lo que respecta a la elaboración del carbón vegetal, ya que en el libro registro de defunciones de la parroquia de San Juan se recoge la anotación de algunos accidentados naturales de esa provincia.


Lo que no podremos saber nunca es como tuvo noticia de las herrerías de Mieres Pérez Galdós cuando ya había transcurrido más de medio siglo desde los acontecimientos narrados en su novela, con la dificultad añadida de que además, desde que el ingeniero británico John Mauby constituyó en Londres el 17 de Septiembre de 1844 la Asturiana Mining Company, todas las actividades anteriores relacionadas con la metalúrgica fueron desapareciendo poco a poco a medida que el destino y la economía jugaban sus cartas para que acabase instalándose aquí la Fábrica de Mieres, que se encontraba en pleno desarrollo cuando don Benito escribió «El 7 de julio». Ya ven que una vez más solo podemos presentar nuestra historia con hilvanes.


Ilustración de: Alfonso Zapico
FUENTE: ERNESTO BURGOS  - HISTORIADOR

1 comentario:

  1. Uno de mis dos abuelos, Román Espina, tuvo una herrería, no sé si en el mismo pueblo de Trapa, (Langreo),.. donde vivía con su mujer Genara, (Generosa Villa Rodríguez), o en alguno de los pueblos de aquellos alrededores...Se decía de él que era lo que se dice "un manitas" para todo cuanto emprendiera relacionado o no con su oficio, pues que lo mismo hacía una rueda de carro con toda perfección, que ponía herraduras en las patas de los animales, como también ´construía una casa, (Como construyó la suya propia, quise entender) Y algunos de sus hijos, incluso nietos, heredaron estas habilidades de su antecesor. De cinco hijos que tuvo, la más pequeña nació en 1901...(por calcular en qué siglo pudo haber nacido mi abuelo aproximadamente... Sin duda mis abuelos tuvieron que nacer todos en el transcurso del siglo XlX).
    Don Benito Pérez Galdós tiene una calle en Santander, que baja en cuesta hasta el paseo de la reina Victoria, donde está la playa y el palacio de la Magdalena... y frente a este, cerca ya de la cima de la calle Pérez Galdós, se encuentra el Hotel Real, construido en su día para alojar el séquito que venía acompañando a la reina en las temporadas que ella pasaba en el palacio. Desde la habitación nº 412 de este hotel, tuve la satisfacción de poder ver hasta el tejado de este gran palacio que teníamos enfrente, en aquel fin de semana por el aniversario de nuestras bodas de oro...Bellísimo lugar...bellísimos recuerdos de la amada ciudad de aquel Santander con sus buenísimas gentes, que nos acogieron con los brazos abiertos y nos ayudaron a sobrevivir en nuestro éxodo mundo adelante en la lucha de mi madre, después de quedarse viuda, allá por mi lejana adolescencia...Y aquella bendita calle: Pérez Galdós, trayéndome el recuerdo imborrable de mi madre, como asidua visitante que había sido allá por los años 50, por sus trabajos de costura para alguna buena familia residente en aquel lugar... Y también, el resonar en el recuerdo de aquella sentida canción tan en boga entonces, tan cantada por Jorge Sepúlveda: "Santander, eres novia del mar, que se inclina a tus pies, y sus besos te da. Santander, las estrellas se van, pero vuelven después, en el cielo a brillar. Yo también, guardaré en tu bahía, el recuerdo de un día, que jamás volverá. Santander, al marchar te diré, guarda mi corazón, que a por él volveré."
    (Por favor, no den de paso este comentario si no se considerara procedente. Gracias)


    ResponderEliminar