1 de diciembre de 2012

El acuerdo del 18 de octubre de 1934

Un acuerdo entre generales.

                           Belarmino tomas en un mitin

Los detalles más significativos de la entrevista en la que López Ochoa y Belarmino Tomás pactaron el final de la Revolución de Asturias, el 10 de octubre de 1934


El 18 de octubre de 1934 el general López Ochoa y el líder socialista minero Belarmino Tomás pactaron en una entrevista personal el final de la Revolución de Asturias. Las versiones que recogió la prensa sobre lo que ocurrió aquella tarde no difieren mucho y, de hecho, el diario monárquico «ABC», que vio como en aquel momento se censuraba la crónica que había escrito su corresponsal, no tuvo inconveniente quince meses más tarde en dar por bueno lo que se había publicado en un medio tan opuesto como «El Socialista».


Hoy vamos a recrear aquel momento a partir de las coincidencias entre esta versión y otras dos: la que recogió Aurelio de Llano de testigos presenciales y la del propio Belarmino Tomás, porque el resto de los diarios de la época y el enjambre de historiadores que han contado después este episodio se limitan a repetir una y otra vez los mismos datos, de manera que la cosa está fácil. Pero primero, recordemos brevemente cual era la situación que se vivía en aquel momento.


La insurrección, que había comenzado en las primeras horas del día 5 con la idea de extenderse a toda España, solo se pudo mantener en Asturias donde los mineros lograron resistir en solitario hasta que el gobierno republicano decidió enviar a las tropas africanas para reprimir el movimiento. A partir del día 11 los revolucionarios fueron perdiendo posiciones y debilitando su unidad y el 17 se vio que todo estaba perdido y continuar la resistencia no iba a hacer nada más que aumentar el elevado número de bajas que ya se habían producido.


Ante la evidencia, los comités y representantes de las zonas que aún mantenían los combates se reunieron en Sama de Langreo con la intención de tomar una decisión conjunta. Algunos mantenían la idea de resistir como fuese, pero la mayoría eran partidarios de abandonar las armas inmediatamente; Belarmino Tomás apoyaba esta postura, pero era consciente de que si la rendición se pactaba con el enemigo todavía podían obtenerse algunas concesiones.


Estaba claro que quien tenía la sartén por el mango en aquel momento era el general López Ochoa, que mandaba las tropas del Gobierno, y la única manera de llegar hasta él era mediante un intermediario. Quien jugó este papel fue el jefe del cuartel de la guardia civil de Ujo, teniente Gabriel Torrens, un curioso personaje que meses después tuvo que responder en un Consejo de Guerra por su actitud colaboracionista en aquellos momentos.


Aurelio del Llano dejó escrito que un ingeniero le contó como había sido testigo de la entrevista que Torrens y Belarmino Tomás mantuvieron en una fonda antes de que el militar emprendiese el camino de Oviedo, aproximadamente a las diez y media de la mañana, vestido con la guerrera de otro capitán y llevando como bandera blanca un mantel blanco que habían retirado de la mesa. El caso es que así pudo llegar al Cuartel General y contarle las intenciones de los mineros a López Ochoa, quien puso rápidamente sus condiciones por escrito. Tan rápidamente que a la una y media Belarmino ya podía leer las cuatro condiciones que se le imponían: entrega de la mitad de los miembros del primer comité; entrega de la cuarta parte de los miembros del tercer comité; libertad de los prisioneros y que los revolucionarios abandonasen las armas y devolviesen las suyas a los guardias detenidos en Sama.


Para el lider socialista la propuesta no podía aceptarse sin más y entonces tomó la decisión de viajar el mismo hasta Oviedo. Lógicamente, la noticia corrió por la cuenca del Nalón y centenares de mineros empezaron a concentrarse ante el ayuntamiento de Langreo.


A partir de este momento, aunque los hechos son los mismos para todos, su interpretación es diferente y, desgraciadamente el tiempo ha hecho que ya casi no queden testigos de cual fue el ambiente que realmente se vivió en aquella jornada histórica. La misma presencia de los revolucionarios en Sama se ha visto por unos como un movimiento de solidaridad ante la posibilidad de que Belarmino Tomás no saliese con vida de su intento, mientras para otros obedeció a la indignación ante el hecho de que una sola persona se erigiese en representante de todo el movimiento revolucionario y al temor de que los miembros del último comité estuviesen preparando su fuga.


Y lo mismo sucede con la sensación de riesgo real que el socialista podía tener ante la posibilidad de jugarse la vida en aquel momento. A veces se ha dicho que su valentía fue desmedida al meterse en la boca del lobo, sin embargo él mismo contó que la prensa estaba presente en el momento de su entrada en el cuartel, lo que hacía muy difícil que no volviese a salir por aquella puerta: «Los cinco minutos que Torrens tarda en volver con el recado de que el general está dispuesto a recibirme, son suficientes para que se forme un ambiente de curiosidad en torno al coche. Y cuando salgo, atravieso resueltamente una fila de personas, entre las que reconozco a varios periodistas ovetenses...».


Ya en el despacho, el general, que estaba fumando y en pie, le recibió teniéndole la mano, mientras Belarmino evitó en su saludo cualquier referencia a la autoridad militar de su interlocutor con un simple «buenas tardes»; luego -siempre según la narración de su protagonista- se pronunció la famosa frase: «Antes de que empecemos a tratar de lo que aquí me trae, quiero que no pierda usted de vista que quienes nos hallamos frente a frente somos dos generales; el de las fuerzas gubernamentales que es usted, y el de las revolucionarias que soy yo». Al parecer, muchos años después, ya en la transición democrática, un dirigente de los GRAPO quiso repetir la misma escena con otro militar de la época, pero con peores resultados.


El «ABC», sin embargo, evitó contar a sus lectores este momento que ponía en solfa la misma esencia de la jerarquía del ejército y pasó del capítulo de los saludos a exponer la postura del revolucionario, quien manifestó su intención de dejar la lucha para evitar más sangre, ya que a pesar de la falta de munición, los mineros disponían en aquel momento de dinamita para aguantar otros dos meses, pero sin ninguna esperanza de victoria, por lo que era preciso negociar antes unas condiciones que salvaguardasen la vida de los mineros y de sus familias.


La propuesta de Belarmino consistió en comprometerse a ordenar el cese inmediato de la lucha y la libertad de prisioneros, recomendando a la vez la entrega de las armas, pero sin que los miembros del comité tuviesen que presentarse voluntariamente; a cambio estaba la exigencia de que las tropas no entrasen en la cuenca minera hasta las once del día siguiente y que ni la Legión ni los regulares fuesen en vanguardia.


En este momento, según el «ABC», o inmediatamente antes, si hacemos caso del lider minero, el general López Ochoa dio fe de su membresía masónica si que nadie se lo pidiera: «Usted ya sabe que yo soy masón y que por defender los principios liberales y mis sentimientos republicanos he vivido desterrado durante la Dictadura...», Una interesante confesión que ha hecho suponer a algunos historiadores que Belarmino Tomás también lo fuese, aunque en honor a la verdad nunca se ha encontrado ningún documento que lo pruebe. Lo más probable es que el minero sí hubiese contactado con amigos masones, que el general conocía, y por ello confiase en la actitud que éste iba a tener con él; y de ahí esas tres palabras que seguramente son una de las claves de esta entrevista y se evitan en la narración de su protagonista: «Usted ya sabe».


La conversación no debió de durar mucho más, el acuerdo llegó pronto, luego vino una pregunta personal: ¿Y usted que piensa hacer?


-Pues huir inmediatamente


-No hombre; no huya usted. Espéreme en Sama. Yo le prometo que nada le ha de pasar. Soy íntimo amigo del auditor de Guerra y del presidente de la República e influiré para que no le molesten a usted.


-Prefiero no ocasionarle esa molestia, pero si me pillan y va usted a ver al presidente de la República, dígale que me debe una visita al penal.


A las seis y media Belarmino Tomás volvió a Sama en el mejor de los coches que estaban requisados en el cuartel y tras reunirse con el Comité salió al balcón del Ayuntamiento para poner fin a la Revolución de Asturias dando la cara ante una multitud armada y desunida entre la que no faltaron los gritos con acusaciones de cobardía. Incluso -según escribió Alfonso Camín- cuatro o cinco mineros tuvieron que ser agarrados por la chaqueta y por el arma para que no le disparasen. Cuando acabó su discurso, los mineros aceptaron que tenía razón y todo estaba perdido.


El comandante de la guardia civil Gabriel Torrens Llombart fue juzgado en enero de 1935 acusado de haber faltado a su honor rindiéndose e incorporándose a las fuerzas enemigas, delitos que infringían respectivamente los puntos primero y cuarto del artículo 295 del Código de Justicia Militar. En un principio fue condenado a muerte y tras aceptar su recurso, finalmente a reclusión perpetua.


Aunque López Ochoa cumplió su palabra, otros militares, encabezados por el cruel comandante Lisardo Doval, se encargaron de una represión brutal en la que abundaron toda clase de torturas, que él acabó pagando con la vida el 16 de agosto de 1936 cuando una multitud que le hacía responsable de los hechos que siguieron a la insurreción asturiana asaltó el Hospital Militar de Carabanchel en el que se encontraba detenido. Allí mismo fue decapitado con una navaja proporcionada por uno de los enfermeros de la institución y su cabeza, clavada en la bayoneta del fusil de la miliciana, encabezó una manifestación que recorrió las calles inmediatas. Su cuerpo mutilado fue enterrado al día siguiente en el Cementerio del Este.


Belarmino Tomás logró escapar sin ser capturado. Más tarde, en octubre de 1937, siendo presidente del Consejo Soberano de Asturias y León, también volvería a huir.



FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR


                                      Consejo interprovincial

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 http://www.guerracivil1936.galeon.com

BELARMINO TOMÁS ALVAREZ (1887-1950)
 

Dirigente obrero de familia humilde, empezó muy joven a trabajar como minero. Fue concejal del ayuntamiento de Langreo, presidente del Sindicato Minero Asturiano, miembro de la UGT y en 1926 director de la mina San Vicente, propiedad del Sindicato Minero de Asturias. Belarmino Tomás fue uno de los principales dirigentes obreros durante la revolución de 1934. Diputado del Frente Popular por Asturias al estallar la guerra civil, Belarmino Tomás volvió a ponerse al frente de los mineros que en agosto de 1936 atacaron Oviedo. Después fue presidente del Consejo Soberano de Asturias y León. Permaneció en Gijón hasta pocas horas antes de la entrada de las tropas nacionales huyendo y reintegrándose al territorio republicano. En 1938 fue nombrado Comisario General del Aire. Tras la derrota republicana se exilió a México donde murió en 1950

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 http://historia.libertaddigital.com

         EL GENERAL EDUARDO LOPEZ DE OCHOA
 
 

El general Eduardo López de Ochoa y Portuondo nació en Barcelona, en el seno de una familia militar, en 1877. Era, pues, poco más que un adolescente cuando se vio inmerso en las batallas que culminaron en Cuba en el desastre de 1898. Posteriormente, serviría en la península y, a partir de 1907, en África. Tenía 37 años en 1914, cuando abogó por la entrada de España en la Gran Guerra. Al instaurarse la dictadura, Primo de Rivera, a quien había conocido en África, lo designó gobernador, civil y militar, de Cataluña; pero duró poco en el cargo: hasta 1924, cuando sus enfrentamientos con el dictador llevaron a éste a cesarlo.

Su manifiesto republicanismo llevó a López de Ochoa al exilio en Francia. En aquella época ingresó en la masonería. Más tarde, durante la República, fue por un período breve capitán general de Cataluña. A las órdenes de la República, encarnada para el caso en el jefe del Gobierno, Alejando Lerroux, y el ministro de la Guerra, Diego Hidalgo, del que Francisco Franco Bahamonde era asesor directo, se hizo cargo de la represión de la insurrección de Asturias, en 1934.

López de Ochoa fue asesinado en Madrid el 16 de agosto de 1936.

fuente: Horacio Vázquez-Rial

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