24 de diciembre de 2013

Una de romanos, el valor del Imperio.

Los dineros de Roma.(Artículo actualizado)


Las monedas suelen estar siempre entre los hallazgos materiales que más agradecen los arqueólogos porque aportan mucha información sobre la antigüedad real de los yacimientos y además al público le gusta verlas en los museos más que los otros objetos que se sacan de la tierra y que a los ojos de los profanos no son más que trozos de cacharros rotos, fragmentos de hierros sin forma definida o piedras con alguna abreviatura en latín, que al visitante no le dice nada. Los emperadores romanos las utilizaron como la mejor vía de propaganda porque pasan de mano en mano y todo el mundo las cuida, de modo que plasmaron en ellas sus retratos y los de sus mujeres y sus hijos con un realismo que para sí quisieran los euros y en sus reversos grabaron las imágenes de los dioses y celebraron las victorias militares, los acontecimientos familiares y hasta las buenas cosechas y el final de las epidemias.
Algunos de estos mandatarios ordenaron fundir a lo largo de sus vidas cientos de ejemplares diferentes y por eso han llegado tantos hasta nuestros días. En nuestras Cuencas la relación de las que se han hallado también es extensa, pero desgraciadamente casi todas se han perdido y sólo podemos saber que existieron por el recuerdo de los vecinos o las anotaciones de los eruditos que las tuvieron en sus manos. De esta forma conocemos que sobre el mierense barrio de La Villa, en el llamado Castiello de Bustiello, se encontró hace casi un siglo una pieza de plata. Se la dieron al empresario José Sampil y éste a su vez a Miguel Buylla que a principios del siglo XX era uno de los pocos estudiosos de la historia local.
Hoy está en paradero desconocido pero conservamos un dibujo en el que se ve que presentaba una perforación en su centro y el rostro de un emperador al que siempre se ha identificado como Tiberio lo que nos llevaría a la segunda década de la era cristiana. También fue Miguel Buylla quien comunicó en la primavera de 1937 el hallazgo de otra moneda de bronce al hacer unas obras frente al Ayuntamiento de Mieres, un lugar muy próximo también a Bustiello y por el que pasaba la vía romana hacia el centro de la región. En este caso apuntó sus características: 31milímetros y un peso de 12 gramos. La tuvo en propiedad la familia Cuesta y aunque sabemos que presentaba en el reverso la figura de un toro con la palabra CLUNIA, el dato no nos sirve para determinar quien fue el emperador que la mandó acuñar porque hubo varios que siguieron este modelo.
Saliendo de Mieres, en las proximidades de Santibáñez de Murias (Aller), se descubrió en el siglo XIX un lote de más de un centenar de monedas de cobre y plata de los tiempos de Augusto y Tiberio y en el castro del Picu Castichu, de Cabezón (Lena) por la misma época apareció otro un tesorillo junto a "cuchillos y una piedra de moler". Los Castiechos, de Pola del Pino y el mismísimo cementerio de Soto, son otros dos lugares alleranos, también marcados por los hallazgos casuales, pero de los que no podemos dar más datos.
Más suerte tenemos con el depósito monetario que se encontró en Langreo en 1865 y que recogía piezas de distintas épocas y de pequeño módulo, porque alguien anotó en su momento que las más antiguas llevaban la efigie de Constantino, por lo que nos encontraríamos ante una colección posterior al año 306. Y lo mismo en el Castiechu, en Lena, donde actualmente se levanta la iglesia de Santa María, donde también aparecieron monedas datadas entre el 253 y el 337 con efigies de Galieno, Claudio el Gótico y otros emperadores de la decadencia, que seguramente se ocultaron intencionadamente y demuestran que el lugar estuvo habitado mucho antes del siglo XI, cuando aparece citado en documentos escritos.

                                              denario romano.

En esta lista también encontramos algún fiasco, como la supuesta medalla de Agripa que en la década de 1980 se dio por aparecida en una aldea turonesa y que resultó ser falsa, pero en fin, dejando de lado estas anécdotas, tenemos que llegar inevitablemente hasta el yacimiento del Curriechos, en La Carisa, donde los escasos ejemplares que se han catalogado en estos años de excavaciones, sí han sido estudiados adecuadamente. Veámoslos de cerca:

La verdad es que el panorama de la colección es muy pobre para lo que se espera de un campamento romano, aunque hay que aclarar que en estas excavaciones, a no ser que haya un golpe de suerte y se dé con un depósito destinado a pagar a la tropa o escondido intencionadamente, lo que se puede encontrar no es otra cosa que lo que fueron extraviando casualmente los legionarios acampados, pero así y todo, en este caso solo hablamos de cuatro piezas.
Una es un denario de Julio Cesar acuñado entre el 49-48 antes de Cristo que representa en su anverso un elefante y en su reverso varios objetos de los que usaban los sacerdotes en las ceremonias religiosas. Fue acuñada en una ceca móvil para pagar a las legiones que le acompañaron en Las Galias y lo del paquidermo tiene la curiosidad de que es un símbolo del propio Cesar que, republicano como era, no se atrevía a poner todavía su efigie en las monedas y colocaba la figura de este animal cuyo nombre sonaba en alguna lengua bárbara muy parecido al del jefe romano. Es un ejemplar muy corriente, cuyo precio no pasa en las numismáticas especializadas de los 100 euros, como los otros hallados en La Carisa, pero su valor real, como se pueden suponer, lo da el lugar en que se encontraron y la información que de ellas puede obtenerse a la hora de saber por que caminos habían andado antes las legiones que nos visitaron en aquella campaña.
Otros dos son bronces de la época de Augusto, el primero acuñado en Celsa, en el valle del Ebro, y presenta en su anverso el busto del emperador y en el reverso un toro; el segundo se mandó fundir en una ciudad de lo que hoy es Francia y en ella vemos en el anverso las cabezas de Augusto y Agripa mirando respectivamente a izquierda y derecha y en el reverso la proa de un barco bajo un medallón. Por las inscripciones correspondientes que rodean estos motivos se han datado el uno antes del año 27 antes de Cristo y el otro pocos años más tarde.
La tercera es una de las emisiones imperiales de Publio Carisio, el legado que da nombre a nuestro paraje y se acuñó 23 años antes de nuestra era en la ceca de Emérita Augusta -ya saben, Mérida-, que acababa de fundarse con legionarios veteranos y, como un Benidorm clásico, contaba con todos los atractivos para pasar una buena jubilación.
Pero la que más me gusta es un As, también de bronce, que luce en su anverso la figura de Jano, el dios guerrero de las dos caras, y en el reverso la proa de un barco, uno de los símbolos de la República romana. La mando fundir Cneo Pompeyo tras la batalla de Munda, que se desarrolló en un lugar aún no determinado, pero que seguramente estaba emplazado entre Córdoba y Sevilla, en marzo del año 45 antes de Cristo.
Pompeyo y su hermano que se habían levantado contra Julio Cesar fueron derrotados por éste que estuvo personalmente en aquel campo de batalla y a pesar de todo tuvieron tiempo para cumplir su obligación con sus partidarios y pagarles con estas monedas acuñadas al efecto. Finalmente Cneo Pompeyo acabó siendo ajusticiado por los hombres de Cesar y nuestra moneda pasó a manos de uno de los vencedores
Sabemos que Cesar llevó con él hasta Munda ocho legiones de confianza y que entre estas estaban las denominadas V Alaudae y X Gémina, que luego participaron también en las Guerras cántabras bajo las órdenes de Publio Carisio. A partir de aquí, la deducción que hacen los arqueólogos es que pudo haberla traído hasta nuestras montañas un legionario que participó en ambos combates. Sin ser muy puntilloso ni poner en duda esta posibilidad, no deja de llamar la atención el sentido del ahorro de este militar, capaz de llevar consigo la misma moneda en las dos décadas largas que transcurrieron hasta que supuestamente se estableció el campamento del Curriechos, aunque es un detalle que se pasa de largo, como también la larga vida militar de este hombre que cuando entró en Asturias ya debía ser casi un anciano, como el resto de los que acompañaron a Julio Cesar en Munda.
Finalmente, la pieza localizada por el equipo habitual que se ha encargado en exclusiva del yacimiento todos estos años, figura actualmente tras un exhaustivo tratamiento de limpieza efectuado por un restaurador especializado entre los materiales más considerados que ha dado La Carisa. Ya ven que historias.

                                    Ilustración de Ernesto Burgos

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR
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 El dinero de la antigua Roma.

MONEDA DE GALBA
  MONEDA DE GALBA
Se dice que Roma no sólo creó un gran imperio sino que creó los sistemas que habían de formar el futuro. Esto que es válido en la arquitectura o en la construcción de viaductos y carreteras, es también válido en cuanto a que fue Roma la primera en crear un dominio financiero a través de la creación de moneda. En sus casi mil años de imperio la construcción financiera tuvo mucho que ver en la gestación del imperio como en su caída.  El dominio monetario romano comenzó gradualmente, pues fueron los etruscos y también los griegos los que emitieron primero monedas que circulaban en sus ámbitos comerciales. En Asia Menor, los lídios y, en Asia, los chinos fueron los primeros en usar monedas de metal.
 Pronto los romanos descubrieron que la nación que emite el dinero es la que domina. En un comienzo, hasta el siglo IV AD, los romanos usaron monedas acuñadas por los etruscos, quienes tenían siglos de experiencia en la minería de plata y cobre y en la fabricación de monedas. Se conoce que los romanos iniciaron la producción de cobre y su uso como moneda, en el cual el metal era simplemente pesado. La revolución democrática del 366 AD, condujo a la emisión de fracciones de libra, en toscas monedas de bronce. Por el lapso de ochenta años, Roma continuó usando sus primitivas monedas de bronce, pero el ritmo de las conquistas romanas en la península hizo necesario el uso de monedas de plata, ya empleadas por las ciudades colonias de los griegos. La primera moneda de plata latina fue el romano, producida en las minas de plata de Capua, bajo supervisión romana. Estas monedas que pesaban 7.58 gramos de plata fueron llamadas dragmas y eran equivalentes a 1/72 de la libra de cobre. La tasa de cambio entonces era de un dragma de plata por 3,5 libras de cobre, también llamadas ases. Un talento era equivalente a 50 lbs.  Para entonces los senadores romanos prohibían el cobro de interés en el uso del dinero. El estado monopolizó la producción de dinero y la actividad de los bancos privados no había comenzado aún.
                                                       Moneda romana.
Para el año 312 AD, el poder romano se había afianzado, había dominado la península y comenzado sus incursiones en Hispania. Esto condujo a una “reducción” del peso del dragma de 7.58 gramos a 6,82. Este es el primer incremento histórico de la masa monetaria que ha sido registrado y su efecto inflacionario fue igual que ahora. El estado tuvo más dinero para emprender sus conquistas a costa de los ciudadanos. El estado simplemente cambio unas monedas por otras y obtuvo una cantidad mayor de monedas para pagar a los soldados. El dinero era manejado por los generales que dirigían las legiones, ya que no había bancos o cosa parecida. Las monedas pesadas que no eran retiradas por el Estado, tendían a desaparecer, de acuerdo a la ley de Gresham que dice que dadas iguales circunstancias, la moneda de menor valor reemplaza a la de mayor valor, simplemente por que los usuarios retiran o esconden la de mayor valor en metal precioso.
Para el año 300 AD una nueva devaluación redujo al as de bronce a la mitad de su peso, con lo que el “as” y sus fracciones comenzaron a parecer lo que sería ahora una moneda formal, esto es sin valor real. El as romano equivalía a 1/3 de dragma y podía comprar una décima de un cordero grande. Pero esto dio inicio a la falsificación de dinero.

Roma había, sabiamente, tomado cuidado de impedir la fundición de monedas sin su permiso. Pero de pronto las conquistas de Alejandro en el Asia produjeron una escasez del cobre. A su vez, los triunfos  del conquistador produjeron una abundancia de oro y plata capturados en el Oriente, los cuales fueron fundidos por los griegos en monedas.

Para los romanos mayor se hizo la necesidad de conseguir metales precios y bronce. Plinio cita que en el año 280 AD, los romanos tomaron la ciudad etrusca de Vaisina, por “amor al arte”, pues allí capturaron dos mil regias estatuas de bronce que honraban a sus dioses y reyes y prontamente las fundieron para producir monedas. Las nuevas monedas hicieron caer bruscamente la tasa de cambio, lo que servía a los propósitos expansionistas romanos.

En el 269 AD, se produjo la primera revisión del sistema monetario internacional, cuando Roma  había ya dominado la península itálica. La libra romana se fijó en 327 gramos, dividida en 12 onzas o 288 escrúpulos. Una moneda de 2 onzas tenía 48 escrúpulos y se volvió una fracción permanente. Para la plata se creó el “denario”, equivalente a diez monedas de 48 ases de bronce, conservando la tasa de cambio de 1plata:120 cobre. Su fracción, el sestercio, equivalía a un escrúpulo de plata, igual a 2,5 ases de bronce. Hoy día usamos la palabra en sentido moral: un hombre sin escrúpulos, era para los romanos un hombre sin recursos. La riqueza otorgaba la dignidad, los cargos y la consideración de los ciudadanos.

Para el año 217 AD, tuvo lugar un nuevo cambio monetario causado por la destrucción de los ejércitos romanos durante los siete años que duró la campaña de Aníbal y sus tropas mercenarias cartagineses  que habían invadido la península y habían amenazado seriamente a Roma. Mientras las tropas cartagineses dependían del pillaje, los romanos hicieron una devaluación monetaria que financió tropas frescas para finalmente derrotar a Aníbal. Se cambió el tipo de cambio y se crearon monedas ligeramente más pequeñas. Este aumento del volumen de dinero no sólo compensaba las pérdidas del estado, sino que reconocía el nuevo precio del bronce causado precisamente por las guerras púnicas. Se ha hablado  mucho sobre la astucia estratégica de Aníbal al derrotar uno tras otro a los ejércitos romanos, pero poco se ha mencionado que la astucia financiera romana al pagar a sus legiones fue la  verdadera causa de su éxito.

                          ELECCIÓN DE MAGISTRADOS
El sistema fue usado por los romanos una y otra vez, con lo que dominaron el mundo occidental,  y la moneda continuó devaluándose durante tres siglos, en los cuales la moneda romana se redujo a 1/50 del valor inicial. Algo semejante ha hecho el imperio americano en tan solo 50 años. Las continuas devaluaciones permitieron financiar las legiones, pero eventualmente destruyeron las instituciones, que vieron menoscabados sus fondos. Organizaciones sociales y templos caritativos decayeron para dar paso a las nuevas religiones. Los precios de los principales artículos y la vivienda subieron continuamente lo que trajo consigo problemas sociales que difícilmente podían controlarse. La producción a base de esclavos en las plantaciones, no dio paso rápidamente a una producción fabril organizada, la que necesariamente debía basarse en hombres libres y salarios. El monopolio estatal de la moneda restringió la creación de sistemas financieros. Solo había bancos particulares que funcionaban como grupos de amigos, los cuales, sin embargo, acumularon el dinero y la riqueza. Las corporaciones que debían haber organizado la producción a gran escala nunca fueron incluidas en la ley, y tan solo se organizaron grupos pequeños. Los patricios romanos tenían, por tradición, el apego a la propiedad agrícola y poseían

grandes feudos atendidos por esclavos. Eran libertos o extrajeros los que atendían la producción fabril o el comercio, pero nunca tuvieron el apoyo legal para realizar grandes corporaciones, y las corporaciones se organizaban con pocos socios que poseían acciones (partículas).

El hecho de que Roma mantuvo el poder político como poder supremo, sea en la República, como en el Imperio, fue de particular importancia en el éxito de sus conquistas. Pero en el campo económico, el poder político, por falta de una teoría, no alcanzó a producir la economía a gran escala. Los grandes generales o tribunos obtenían riquezas y organizaban la producción en las provincias con gran éxito, pero tenían que guardar gran “discreción”. Curiosamente, los contratos con el estado eran escrupulosamente cumplidos y las construcciones públicas en Roma y en provincias así lo atestiguan hasta ahora. Las fallas podían causar fácilmente la ejecución económica y física de los infractores.

A menudo, aquéllos que se habían enriquecido eran proscritos con cualquier razón y sus bienes confiscados, especialmente cuando el Emperador requería urgentemente fondos. No había una banca central que mantuviera reservas e hiciera préstamos, así que el estado desarrollaba la obra pública pero eran los ciudadanos los que eran obligados a pagar con tributos. Fueron los ciudadanos particulares los que usaron el crédito a la manera de bancos y empezaron a usar el cobro de intereses desmedidos. Cicerón ya advierte que el cobro de intereses usurarios “era igual a cobrar dos veces la misma mercancía”. Fue la usura la que trajo consigo el fin de la República bajo Julio César y los historiadores concuerdan que el desastre financiero producido por la usura tuvo mucho que ver con la caída del Imperio Romano. Igual cosa había sucedido con el Imperio Babilónico, inventor de bancos y usura. Los egipcios, sin embargo, cuyo imperio duró tres mil años, no usaron monedas, ni bancos, ni usura.
El costo social de Roma.
Se ha estimado que en Roma un ciudadano tenía que usar por lo menos el 50% de su salario en la compra de alimentos. En cuanto a las ropas, éstas eran muy caras ya que no se disponía de sistemas de producción fabril. El pueblo disponía de ropajes burdos de algodón o lana que tenían que remendarse una y otra vez y sólo podían ser cambiados tal vez una vez al año. Los ricos debían disponer de grandes sumas si querían usar lujos como la seda que venía desde China. Una libra de tela de seda púrpura – usada sólo por el Emperador y algunos patricios y senadores, bajo pena de muerte a quien infringiera – podía costar el equivalente de diez esclavos. Las damas ricas podían usar una seda blanca de menor valor, una libra de la cual equivalía al salario de dos años de un trabajador común. Los soldados ganaban el doble que un obrero calificado, quien ganaba el doble que un maestro de niños. En esto la sociedad romana se parece mucho a los países latinoamericanos, que mezquinan el salario de sus maestros
Ya que la comida era muy cara, el gobierno tenía que subsidiarla y, a veces, entregarla sin costo, especialmente el trigo. Por lo menos una tercera parte de la población vivía del subsidio. De allí los déficits continuos del estado romano y su necesidad de cubrir estos déficits mediante nuevas conquistas. Se tomaban naciones y se saqueaba el dinero de sus ciudades, se imponían tributos y se capturaban esclavos para mantener la economía del Imperio. La devaluación constante de la moneda inducía la subida de precios, lo que inducía un nuevo ciclo que empezaba por el déficit. Varios intentos se hicieron durante la vida de Roma para frenar este ciclo. El más notorio y que debe ser estudiado como un intento fútil de crear una solución al problema monetario, fue  el Decreto de Diocleciano del año 301 A.D. con el cual intentaba frenar la continua subida de precios. Diocleciano publicó una lista de precios de los principales alimentos, bebidas como la cerveza y el vino y, también, de ropas y tejidos comunes y hasta  la seda blanca y la seda púrpura.  La lista, de mil artículos diversos,  incluía los diferentes calzados usados por soldados, ciudadanos comunes e incluso el calzado de los patricios y, también, fijaba el costo de los salarios. Esta lista de precios forzosa intentaba curvar la inflación que se había producido en los últimos diez años y que había cuadriplicado los precios – los denarios comunes se habían devaluado con relación al oro y la plata en esa misma proporción. Esto es, aquellos que creaban la moneda, los patricios banqueros y el mismo Emperador habían devaluado el denario común. Sin embargo, el Decreto de Diocleciano castigaba con la pena de muerte no sólo al vendedor que inflingiera la lista de precios oficial, sino también a aquél que comprara. Esta legislación es sui generis en este sentido. Y se nota claramente, que estaba destinada a no poder ser implementada, ya que era imposible que el comprador denunciara al vendedor por venderle con sobreprecio, si el mismo iba a ser condenado. 
Diocleciano es considerdo como uno de esos genios que la historia ha olvidado. Su reinado, que duró algo así como 20 años, le permitió realizar una serie de reformas en la organización del estado. El, que había nacido esclavo y había sido liberado por sus méritos, llegó a ser un general de legiones y, a base de una trama que incluye el asesinato del hermano del Emperador anterior y la ejecución de su aparente asesino por propia mano de Diocleciano, consiguió ser aclamado Emperador en Nov. 17, 284. Diocleciano creó la primera administración burocrática y tecnocrática y un sistema de cobro del impuesto a la renta que por primera se volvió sistemático. Además, dividió el poder con Maximus, como otro César, lo que eventualmente dio lugar a la formación del Imperio Bizantino, el cual mantuvo una admirable administración burocrática por varios siglos. Fue también el último emperador que trató de eliminar a los cristianos, no por causas religiosas, sino por que quería preservar la unidad del imperio.
 Diocleciano creía que algunos hombres descendían de los dioses, pero la plebe no. Su contemporáneo, Arnobio de Sicca, uno de los precursores del Cristianismo e inventor del concepto de infierno cristiano, creía algo semejante. En su libro Adversus Nationes, argüía que era una blasfemia pensar que Dios había creado una raza tan vil como la humana. Para él, ésta era la creación de un dios menor. En su concepción, era necesario un  “infierno” para la destrucción de las almas de los hombres que fomentaban el mal, la guerra y la miseria humana. Posteriormente, su discípulo Lactancio adujo que la misma debilidad moral humana obliga a la imposición de la virtud. Cosa que pretendió hacer poco después Constantino cuando enarbolando la cruz dio paso a la institución de la religión cristiana como religión de la unidad del estado.
FUENTE: An Economic History of Rome. Tenney Frank.
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¿Cómo era la vida de los soldados romanos?

25 años al servicio del Imperio Romano.

¿Es cierto que no podían casarse? ¿Eran altos o bajos? A diferencia de la gran mayoría de los romanos, los militares tenían comida, alojamiento, un buen sueldo y puede que nunca entraran en combate, hasta cobraban impuestos a las prostitutas

Vivir en la Antigua Roma no era fácil. Pese a la imagen que ofrecen las películas con la capital engalanada, los templos de mármol resplandeciente, los ricachones reclinados sobre los triclinum mientras comían de la mano de esclavas -que al tiempo les abanicaban-, las carreras de cuádrigas, los combates de gladiadores... La realidad era muy diferente. La mayor parte del pueblo no tenía trabajo ni nada que llevarse a la boca. Se calcula que durante el Imperio la población sería de entre 50 y 60 millones de habitantes. Pues bien, de esos, sólo unos 500 serían ricos, lo que se dice ricos. Eran los senadores y caballeros, más forrados los primeros que los segundos. Te encontrabas a uno de estos cada 96,5 kilómetros cuadrados (sí, hay quien ha calculado esto). En torno al 65% de la población vivía al día, al límite de la subsistencia. En comparación, la actual Haití alcanza el 80% en esta triste estadística.
A la vista de todo ello, muchas familias vieron una salida que hoy costaría entender: el ejército. Roma fue un imperio basado en un poderío militar sin igual en la Europa de aquellos tiempos. Las legiones dominaron buena parte del continente y del norte de África con mano de hierro durante varios siglos. Una máquina de guerra. Virgilio plasmó en la Eneida el destino de la “ciudad de Marte”, el dios de la guerra: “No pongo a sus dominios límite en el espacio ni en el tiempo. Les he dado un imperio sin fronteras”.¿Cómo era aquel ejército?¿Qué ofrecía?¿A qué edad se podía entrar?¿Qué privilegios tenían los soldados?

Bien pagados.
La primera gran ventaja que tenían era un sueldo garantizado, lo que muy, muy pocos podían decir en la Antigüedad. Un buen sueldo además. Ganaban al día un denario, lo mismo que un buen trabajador civil con la ventaja de que el militar trabajaba todo el año mientras que un artesano, por ejemplo, podía estar con frecuencia en paro. Cierto que no disponían de todo ese dinero -el ejército, por ejemplo, se quedaba con una parte que se iba acumulando y se les entregaba cuando se licenciaban-, pero tenían dos o tres ases al día -10 ases son un denario; la gente corriente hablaba en ases, no en denarios- para gastarlo a su gusto. Por ese dinero se podía comprar un pedazo de pan, vino o queso. Unos dos ases también era lo que cobraban las prostitutas, muy abundantes en aquella época y otro de esos oficios con sueldo casi ‘garantizado’.
A esto se le unían complementos de viaje si eran trasladados, dinero para los clavos de las botas si tenían que realizar una marcha larga, obsequios del emperador, primas cuando se licenciaban, se repartían el botín en caso de que una ciudad cayera tras un asedio -no si se rendía. Con algo tenían que motivarles- ... Aunque los ascensos tenían más que ver con los sobornos y el estatus que con el mérito, alcanzar el grado de centurión era poco menos que un chollo: cobraban 15 veces más que un soldado raso.
Legalmente tenían además unas cuantas ventajas. Estaban exentos de muchos impuestos; podían hacer sus testamentos sin tener en cuenta los deseos de sus padres, que tampoco podían meter mano a sus ingresos; en caso de delito grave, no podían ser torturados ni condenados a las minas -en realidad, una condena a muerte poco disimulada- ni ejecutados como un criminal común.

25 años de servicio.
Para entrar en la milicia una condición indispensable era ser ciudadano romano. Los esclavos lo tenían completamente prohibido. Incluso los mercaderes de este oscuro negocio también. Los que habían sido liberados -libertos- solo podían acceder a algunos cuerpos auxiliares. Las limitaciones van más allá. Para algunos puestos se admitieron durante mucho tiempo únicamente a ‘italianos’, caso de la guardia de Roma -curiosamente, la guardia de corps del emperador estaba compuesta por germanos o bátavos-. También exigían el conocimiento del latín, único idioma oficial admitido pese a la diversidad de pueblos que componían el territorio romano. Si se sabía leer, escribir y contar, tanto mejor, ya que la burocracia interna necesitaba de ellos.
Otro requisito era la altura. Nadie por debajo de 1,65 metros. Según parece, el soldado romano no destacaba precisamente por su imponente físico. De hecho, eran motivo de risa para los enemigos, según cuenta Julio César en ‘Los comentarios a la guerra de las Galias’: “Nuestra baja estatura es motivo de desprecio para los galos, que son de elevada estatura”. Lo habitual era acceder hacia los 20 años y el servicio no duraba ni nueve meses ni dos años, sino 20-25 años. Resulta chocante pero no es excepcional: en la Rusia del siglo XVIII ser reclutado suponía este mismo período de tiempo y se consideraba una sentencia de muerte. Una vez superado el periodo de prueba de cuatro meses, prestaban juramento y recibían una identificación que les distinguía como militares, bien un trozo de metal colgado de una cuerda alrededor del cuello, bien una especie de tatuaje.

No se podían casar.
Puede parecer contradictorio, pero el principal peligro de servir en el ejército en Roma no era la guerra. Bien pudiera pasar que nunca entrasen en combate si les tocaba en una zona ‘tranquila’. El hecho es que caían más por enfermedades que por heridas en una batalla. Además, hay que tener en cuenta que la vida civil era de por sí peligrosa. La violencia y la muerte estaba presentes siempre. Los dueños de esclavos podían pegarles casi tanto como quisieran. En una sociedad tan machista, las mujeres también eran objeto de agresiones. La mortalidad infantil era elevadísima. No era infrecuente el abandono de niños o su venta como esclavos sexuales. Y los robos no era raro que quedaran impunes. Son de esas cosas en las que uno no cae pero en Roma no existía una policía como tal. Eran los propios soldados quienes hacían algunas de estas tareas. Los responsables municipales también tenían vigilantes armados, pero nada que se pudiera llamar policía. Si te robaban, lo más seguro era buscarte la vida porque recurrir a la justicia era muy caro y generalmente poco efectivo.
Otra desventaja es que en teoría no se podían casar. De hecho, si lo estaban antes de alistarse, el matrimonio quedaba en ‘suspenso’ hasta que se licenciase. En la práctica parece que no se hacía mucho caso de esta prohibición. También vivían sometidos a una muy dura disciplina y podían ser trasladados en cualquier momento. Y, claro, el peligro era muy real si el destino estaba en la frontera del Danubio o el Rhin. Al fin y al cabo, la guerra es la guerra.
La legión es la unidad más conocida del ejército romano. Formada por unos 5.000 hombres encuadrados en 10 cohortes de tres manípulos o seis centurias cada una (salvo la primera y más prestigiosa, que tenía cinco centurias pero el doble de hombres) se nombraban un número y un nombre, por ejemplo I Minervia o II Augusta. Se alojaban en campamentos perfectamente organizados que ocupaban entre 17 y 28 hectáreas. En realidad eran pueblos con barracones, termas -normalmente fuera del mismo-, almacenes, hospital -la atención médica era bastante mejor que la que pudiera recibir un civil normal-, talleres... En los alrededores se organizaban una especie de asentamientos llamados ‘canabae’ con tabernas, prostíbulos y demás entretenimientos. Tenían además cazadores para obtener presas en tiempos de guerra y carniceros que compraban la carne cuando las cosas estaban tranquilas. Y centinelas con perros para vigilar los alrededores. La alimentación era sin duda mejor que la del común de la gente: cereales (normalmente trigo; la cebada, más como castigo), pescado, marisco, legumbres, judías, lentejas y vino.

La hora de la retirada.
Las burlas de los enemigos sobre la estatura de los romanos es de suponer que se acababan en cuanto empezaba el combate. El duro entrenamiento al que se sometían y la férrea organización dieron a la legión una ventaja que duró varios siglos. Normalmente era un veterano ilustre reenganchado al ejército el que se encargaba de la preparación, que incluia gimnasia, duras marchas y hasta natación. Solían ejercitarse con sus armaduras, que tenían que costearse ellos mismos. Por cierto, no hay que pensar que todos los soldados llevaban la famosa coraza con los abdominales y el pecho marcados. Ésta era más de los oficiales.
En plena batalla, en el caos que debía organizarse con el ruido de cientos de hombres entrechocando sus armas y gritando, el soldado hacía caso de las órdenes de su centurión y de las señales sonoras que se hacían con tres tipos de instrumentos según lo que se quisiera transmitir. Visualmente debían seguir la enseña que correspondía a su manípulo. La formación solía ser de cinco hombres en el frente y unas 10 filas detrás, un grupo compacto con el que arrasaron a casi todos sus enemigos.
Más o menos la mitad de los soldados sobrevivía a esos 20-25 años de servicio. Llegaba la hora de licenciarse. En ese momento recibían la parte de su salario que el ejército les guardaba y recibían una gratificación económica, sustituta de las tierras que se les entregaban en los primeros tiempos. Un centurión tendría una capacidad económica similar a las de las elites de las ciudades y podía ocupar puestos municipales de relevancia. El soldado raso tendría el nivel suficiente para vivir cómodamente. Tenían entonces unos 40-45 años y algunos, no demasiados tampoco, por delante para vivir la vida. Seguramente frecuentarían las termas, una costumbre muy romana y mucho menos saludable de lo que parece a primera vista. Lo de bañarse es muy higiénico, pero parece ser que no cambiaban el agua con demasiada frecuencia. O sea, que de relajante y saludable spa tenían más bien poco.

FUENTE: JON GARAY.
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