27 de noviembre de 2012

Objetivo, Franco

Objetivo: Francisco Franco.

En 1946 y en 1955 se planearon desde las comarcas mineras dos intentos frustrados de acabar con la vida del dictador durante su estancia en la región

Como es sabido, el general Franco murió en la cama. La suya no fue una muerte sosegada porque al final los buitres familiares que rodeaban su lecho acabaron cebándose en él cuando todavía respiraba. Muchos españoles consideraron que aquel punto final tenía que haber llegado mucho antes y entendieron que el destino le había ayudado a conseguir su última victoria con una vejez tranquila, incluso hubo quienes se empeñaron en acelerar la historia embarcándose en proyectos de todo tipo para lograr que fuese así?pero ninguno lo consiguió.

El primero de que se tiene noticia lo protagonizaron tres anarquistas la noche del 14 de julio de 1936 en Santa Cruz de Tenerife, donde Franco estaba destinado como Comandante Militar y en las Islas Canarias ya era un secreto a voces lo que se avecinaba. El cerebro de la operación fue Antonio Vidal Arabi, un personaje curioso, intelectual y visionario, que logró huir y ya en 1938 consiguió comprometer a varias kabilas del norte de Marruecos en una rebelión contra las autoridades facciosas de Ceuta, aunque su idea fracasó porque no tuvo la confianza de los responsables republicanos.

Aquel plan consistía en colarse por la trampilla de una cantina inmediata al edificio de Capitanía y subir hasta el corredor que llevaba a la habitación del dictador. Los biógrafos franquistas afirman que los conjurados fueron descubiertos y huyeron antes de llegar, sin embargo otros investigadores dicen que lo consiguieron, pero que la puerta estaba cerrada por dentro y Franco, alertado por el ruido, comenzó a pedir auxilio en vez de disparar contra sus agresores, con los que podía haber acabado fácilmente. Fuese de una u otra forma, lo único seguro es que todo se frustró por una traición.

Solo tres días más tarde, el 17 de julio de 1936, tuvo lugar el segundo intento, el llamado «complot de los cabos», organizado por los veteranos del Regimiento de Infantería del Batallón del Serrallo número 8 de Ceuta José Rico y Pedro Veintemillas, fieles republicanos, que convencieron a otros dos compañeros de la misma graduación para participar en su plan. Se acordó que José Rico disparase al general cuando estuviese pasando revista a una formación de honor en el patio central del cuartel, mientras los demás tenía que reducir al resto de las tropas apuntándolas desde las ventanas que miraban a aquel escenario. Una vez más, el proyecto fracasó por una filtración y todos los implicados fueron detenidos antes de que Franco llegase.

Y es que dicen que el dictador estaba protegido por esa suerte que los musulmanes llaman «baraka». Por eso volvió a librarse en 1937, cuando se malogró una operación aérea para bombardearlo en Pamplona durante el funeral del general Mola.

En fin, la lista de atentados abortados es muy larga, e incluye algunos tramados desde sus propias filas, como el que acabó con la ejecución del falangista Juan Bautista Pérez de Cabo, detenido en la posguerra cuando se disponía a actuar en nombre de los «camisas viejas» que consideraban que el nacional-catolicismo había traicionado sus principios.

Otro caso llamativo fue el del británico Stuart Christie, un joven de apenas 17 años, detenido en 1964 tras viajar hasta Madrid con un kilo de explosivos en su cuerpo dispuesto a colocarlos en la tribuna presidencial del estadio en el que debía celebrarse la final de la Copa del Generalísimo entre el Zaragoza y el Atlético de Madrid.

Aún en los años 70 hubo un último intento, protagonizado por el vasco Joseba Elósegui, quien intentó arrojarse envuelto en llamas sobre el militar mientras asistía a un partido de pelota vasca en el frontón de Anoeta, en San Sebastián. A pesar de su acción desesperada, estaba claro que no tenía ninguna posibilidad de éxito y el bonzo, solo consiguió provocarse a sí mismo unas quemaduras que lo colocaron al borde la muerte, aunque pudo recuperarse y cuando llegó la democracia ejerció el cargo de senador.

A lo mejor esta última acción les ha hecho plantearse por qué la organización ETA no figura en el listado de quienes tuvieron a Franco en su punto de mira. Se ha explicado a veces que se debió a su estrategia, según la cual esta muerte no haría otra cosa que convertir al militar en un mártir, pero la realidad histórica nos dice que la verdadera razón estuvo en la dificultad que siempre supuso este atentado, porque de otra forma los independentistas nunca pusieron reparos a colaborar con los comandos anarquistas, que sí fueron quienes más se empeñaron en acabar con él.

Y es que la CNT lo intentó desesperadamente y por todos los medios. El intento del 12 de septiembre de 1948 es el más conocido, por lo elaborado de la operación. Consistía en descargar 100 kilos de bombas sobre el lugar en el que el Jefe del Estado tenía que presidir una regata en San Sebastián. La avioneta llegó a despegar con su carga desde Biarritz, pero no pudo acercarse debido al gran dispositivo de seguridad que vigilaba la zona.

Un año más tarde, otro grupo libertario viajó desde Francia para atentar en las inmediaciones del Palacio del Pardo, donde habían logrado sobornar con 200.000 pesetas a una persona del círculo del general, aunque como era de esperar, el doble traidor no cumplió su palabra y todo volvió a quedar en el aire.

Se habrán dado cuenta de que es imposible dedicar un par de líneas a cada uno de los intentos frustrados -los hubo también desde el mar-, porque me quedaría sin espacio para contarles lo que hoy quiero que sepan: los dos planes que se vivieron en la Montaña Central. Uno se planeó desde el monte en 1946 y el otro, menos conocido, lo idearon unos libertarios en 1955 y pudo haber tenido éxito de no haber sido por la pasión amorosa de uno de los implicados.

Vamos al primero. El lunes 20 de mayo de 1946, el autodenominado Caudillo de España se desplazó a nuestras cuencas para concluir una visita de cinco días por Asturias, que ya les he contado en otra de estas historias. Aquel día tenía previsto empezar su agenda en Duro Felguera y la guerrilla socialista pensó seriamente en acabar con su vida atacando a la comitiva en un tramo en el que la antigua carretera de Oviedo se estrechaba. José Mata contó en una entrevista, poco antes de su muerte, como se pidió autorización al Comité regional clandestino y estos pasaron la patata caliente a la dirección del interior, en Madrid, donde se dejó libertad para que se decidiese lo más conveniente, teniendo en cuenta, tanto la dificultad de la acción como la previsible dureza de las represalias posteriores.

Finalmente el proyecto se archivó por la imposibilidad de acercarse a menos de un kilómetro del coche oficial y la jornada transcurrió sin más incidentes que los protagonizados por los otros fugaos -los comunistas- que sabotearon con dinamita varias líneas telefónicas y la vía férrea entre Peñarrubia y La Felguera.

En cuanto al atentado de 1955, lo dio a conocer Manuel Fernández Cabricano en el número 1 de la malograda revista «Asturias 7», publicado en setiembre de 1985. El viejo luchador anarquista, que entonces tenía 75 años, relató en aquel momento al periodista como en una ocasión había sido interrogado por la desaparición de una cantidad de dinamita en «Carbones de Langreo», junto a otros compañeros que fueron detenidos, sin haber tenido arte ni parte ni sospechas sobre el motivo de aquella acción, que posteriormente, pudo conocer de boca de uno de los protagonistas.

Al parecer, todo había partido de una reunión celebrada en Narbona, en la que había estado presente Germinal Esgleas, el marido de la histórica Federica Montseny y luego los detalles se ultimaron en los alrededores del pueblo de Campiello. Allí se formó el comando integrado por cuatro anarquistas: Cagigal, Jesús Navarro, Angelón de Cabañaquinta y «otro del que no me acuerdo. Uno que era de la zona de El Condado. Uno de la CNT?».

Se pensó que todo podía realizarse cuando Franco estuviese pescando salmones en El Sella, en uno de sus pozos preferidos, muy cerca de lugar en el que se construyó el chalé para el guarda y donde un gran castaño hundía sus raíces cerca del agua. En ellas debían camuflarse 12 kilos de dinamita para ser activados mediante un cable tendido hasta la otra orilla. El comando llegó a disponer de todo: la dinamita, pistolas Star del nueve para cada uno, provisiones e incluso el refugio, pero un despiste de Angelón de Cabañaquinta, que se entretuvo demasiado en un encuentro amoroso y llegó con retraso hasta el escondite previsto, dio al traste con todo. La Guardia Civil lo descubrió y mató allí mismo a tres guerrilleros.

Solo Cagigal pudo sobrevivir y así se lo contó a Cabricano, y este a Francisco García Pérez, reputado profesor de lengua y crítico literario que entonces ya colaboraba en la prensa regional. Hoy, sin añadir nada de mi cosecha, se lo recuerdo yo a ustedes.

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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