27 de noviembre de 2012

Historias de la otra cuenca

Un entierro accidentado

 
En 1926, cuando España vivía la dictadura de Miguel Primo de Rivera, el pozo «San Vicente» en San Martín del Rey Aurelio, pasó a ser controlado por el SOMA de Manuel Llaneza. Según sus palabras, aquel era el primer paso en un ensayo de nacionalización de minas de cuyo resultado dependía el que otras empresas pudiesen seguir su ejemplo e ir pasando a manos de los trabajadores.

Los socialistas del PSOE y la UGT, donde se integraba el Sindicato Minero, se encontraban en aquel momento viviendo la contradicción que suponía continuar libremente con sus actividades mientras se había prohibido hacer lo mismo a la CNT y al recién nacido Partido Comunista de España, con lo que los enfrentamientos entre los militantes de unas y otras organizaciones estaban al orden del día, y el pozo «San Vicente» no era una excepción porque en él también existía una minoría de simpatizantes del Sindicato Único, de ideología comunista.

Desde un principio, el traspaso de propiedad de la explotación fue polémico. La mina se encontraba al borde de la ruina, con numerosas deudas y salarios atrasados sin pagar, y el mismo Gobierno no tuvo inconveniente en apoyar la operación de saneamiento económico concediendo un anticipo reintegrable anunciando además que se iba a hacer cargo de toda la producción, destinando una parte a los barcos de la Marina, lo que, además de salvar los trapos a la patronal que se deshacía sin más inconvenientes de un mal negocio, hacía aflorar un extraño acuerdo entre militares golpistas que defendían los intereses de los poderosos y líderes sindicales que hablaban de un futuro de empresas controladas por los trabajadores.

Pero Llaneza puedo convencer a sus seguidores de que lo más importante era la conservación de los puestos de trabajo y les hizo ver que si imperaba la disciplina y los mineros aceptaban la empresa como algo propio, el pozo, que producía 4.000 toneladas mensuales, podía ser rentable económica y políticamente.

Desde aquel momento, al tener la producción vendida de antemano sus trabajadores pasaron a ser los mejor pagados de las Cuencas y la mina se convirtió en la niña mimada del socialismo asturiano. Amador Fernández fue nombrado gerente y Belarmino Tomás director de los trabajos del interior, mientras otros destacados dirigentes del SOMA ocuparon los puestos de mayor responsabilidad, y aunque de puertas para afuera parecía que nada turbaba aquella tranquilidad, en el tajo resultaba inevitable que se reprodujesen los roces que se daban en todas partes entre socialistas y comunistas. Desgraciadamente, aquí, uno de aquellos enfrentamientos condujo a la tragedia.

Todo empezó a gestarse cuando el minero de 28 años Ramón Gutiérrez, que colaboraba con la prensa comunista, fue despedido por publicar una artículo en La Antorcha en el que acusaba al vigilante socialista José Iglesias «Pepón de Claudia» de ser un déspota con los hombres que tenía a su cargo; el joven intentó entonces ganarse la vida abriendo un pequeño establecimiento de bebidas en Ciaño, pero fracasó en su empeño y entonces, imaginando que detrás de sus males estaba la mano de Belarmino Tomás, decidió tomarse la justicia por su mano matándoles a los dos.

Esperó un momento en el que ambos se encontrasen juntos y el sábado 19 de noviembre de 1927 vio la oportunidad. En las oficinas de la mina estaban reunidos «Pepón de Claudia», Belarmino Tomás y el capataz Leopoldo Fernández Nespral examinando unos papeles cuando Ramón abrió la puerta y se dirigió al grupo. «Examinad también este documento», les dijo mostrando su pistola e inmediatamente abrió fuego sobre sus dos objetivos. José Iglesias cayó muerto al momento con el corazón atravesado por un balazo y Belarmino resultó herido en la barbilla y en un brazo. Después el agresor se echó al monte.

La noticia del atentado conmocionó el valle del Nalón, ya que «Pepón de Claudia» era muy conocido y querido por sus compañeros de sindicato y además dejaba mujer y ocho hijos, pero como las desgracias nunca vienen solas, un suceso inesperado vino a sumarse a lo que ya se estaba viviendo el mismo día del entierro.

La conducción del cadáver del vigilante se inició a las tres y media del domingo desde la Casa del Pueblo, con una comitiva nutrida principalmente por sus compañeros del sindicato en «San Vicente», pero también por muchos mineros llegados desde Mieres y Turón y por otros socialistas de Oviedo, Gijón y diferentes puntos de Asturias donde los socialistas tenían implantación. A los pocos minutos de ponerse en marcha el cortejo se produjo la fatalidad cuando el cortejo pasaba sobre el puente colgante de La Oscura y se rompieron los cables de sujeción, arrastrando al río la estructura y a la multitud que lo cruzaba en aquel momento.

La confusión inicial fue enorme, en los primeros momentos se mezclaron las carreras alocadas de quienes salían indemnes del cauce con los gritos de los heridos, lo que contribuyó a aumentar el desconcierto, y aunque algunas personas trataron de organizar los primeros trabajos de salvamento, cada cual andaba a los suyo, de manera que todo hacía creer que había varios muertos y más de doscientos heridos y hasta hubo quien aseguró que había visto flotar cadáveres corriente abajo, así que las primeras noticias que llegaron hasta la capital hicieron temer una tragedia de enormes dimensiones.

Cuando por fin se pudo poner algo de orden, los que ya habían ganado la orilla empezaron a ayudar a los que no podían salir del agua por tener algún miembro fracturado y con toda rapidez los lesionados empezaron a trasladarse hasta la Casa de Socorro y el Sanatorio de lo doctores Ortiz-Cuervo para ser atendidos por los médicos locales José y Emilio García Jove que tuvieron reclamar la ayuda de otros colegas de Sama y Sotrondio, y ya con más calma pudieron conocerse los detalles de lo ocurrido y las cifras, aunque graves, dejaron de ser tan alarmantes.

El accidente se había producido cuando el féretro, conducido a hombros de cuatro militantes del Sindicato Minero, trasponía ya el final del puente acompañado por la multitud y a causa del peso se hundió con gran estrépito haciendo saltar al vacío a más de 600 personas, y entre ellos, como detalle curioso, el féretro, que también cayó al lecho del río, casualmente en un lugar sin agua, sufriendo solo ligeros desperfectos, y con él los cuatro mineros que lo portaban, que no sufrieron heridas de gravedad.

A los pocos momentos la solidaridad surgió por todas partes. Destacaron los empleados del ferrocarril que prestaron una ayuda eficacísima con una máquina arrastrando un furgón para trasladar a los heridos, dispuesta sobre la marcha por el jefe de la estación de La Oscura. También cooperó la Sociedad Duro-Felguera enviando a sus facultativos hasta los puestos de auxilio con el material sanitario de la empresa y la población en masa acudió al lugar del accidente, ayudando a recoger heridos, trasladando a unos a sus propios hogares y facilitando a otros ropas y albergue; aunque como siempre hay una cruz para la cara de la moneda, la prensa contrastó la actitud de dos hermanos industriales vecinos de la zona del puente que para evitar el tener que prestar ayuda cerraron las puertas de su casa y al ver publicada su actitud se vieron obligados días después a dar explicaciones enviando una carta al diario El Noroeste.

En cuanto a la Guardia Civil, su participación también fue elogiada por los vecinos. El teniente del puesto se personó en el puente con varios números del Cuerpo para colaborar en el rescate y en cuanto pudieron se encargaron de practicar sondeos y registrar las ensenadas del río por si hubiese algún cadáver, afortunadamente sin encontrar ninguno.

Finalmente, la mayoría de los atendidos sólo sufrieron pequeñas contusiones a causa de los golpes de la caída, pero también hubo numerosas fracturas y algunos heridos de mayor gravedad, entre ellos José Fernández Flórez, el alcalde de San Martín del Rey Aurelio, que se encontraba entre las autoridades que asistían al acto.

En los días que siguieron no faltó el rumor de que el hecho no había sido casual y se debía también a un atentado, aunque la actuación del juzgado y la investigación subsiguiente dejaron claro que la razón de que las grapas se hubiesen abierto no era otra que el peso excesivo que no pudieron soportar. Mientras tanto Belarmino Tomás, que pudo haber dejado su vida en aquella oficina, se recuperaba sin poder imaginar todavía que el destino le estaba preparando un papel de primer orden en los acontecimientos que se avecinaban.

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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