14 de noviembre de 2012

Domingo de mercado en Mieres

Mieres abre la puerta al domingo.

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 El histórico mercado dominical de Mieres.

Los mercados que se celebran los domingos son especiales. Son mucho más que una plaza llena de puestos de miles de prendas de ropa, calzado, alimentos, libros o cestas de mimbre; son una seña de identidad de la villa que tiene la suerte de celebrarlos. Ocurre en Cangas de Onís, en Grado y, por supuesto en Mieres.
La celebración del mercado dominical de la villa, cuya historia se remonta más allá de lo que llega la memoria del mierense de a pie, hace fluir las calles del centro como una máquina que se engrasa cada domingo. Justo el día en el que la mayoría de Asturias echa el candado a su vida para descansar, Mieres abre las puertas a su despensa y se deja querer por miles de visitantes.
La vida, ahora en otoño ya empieza a hacer algo de frío, suele comenzar en las cafeterías del centro. Un café para entrar en calor y ya empiezan a intuirse los primeros puestos ambulantes, uniformes, prevenidos porque parece que no va a llover, pero nunca se sabe. José Antonio Ruiz lleva 25 años viajando cada domingo desde Llanes e instalando su puesto de calzado junto a uno de los frentes de la centenaria Plaza de Abastos. “Ya venía con mi padre. Nos gusta y por eso mantenemos la visita semanal a Mieres. Es una ciudad con movimiento. También tenemos un puesto en el mercado de Cangas. Los domingos son días especiales”, señala el comerciante llanisco mientras atiende a un matrimonio que le pregunta por el precio de unas zapatillas de cuadros: “Estas, las de toda la vida, ¿cuánto cuestan?”, inquiere ella.


Justo enfrente del puesto de zapatos están Faustino Fernández Ferreduela y Juan Ferreduela, dos chavales mierenses, de una familia con larga tradición ambulante cuyos puestos se reparten por los distintos mercados de Asturias, desde Grado, hasta Corvera pasando por Laviana y “por supuesto” su Mieres natal. “Si me pongo a pensar, creo que he pasado todos los domingos de mi vida entre los puestos de este mercado de abastos”, señala -casi sorprendido- Faustino, en cuyo puesto se vende ropa y complementos. Con el avance de la mañana las calles se van llenando de visitantes. Mieres se va desperezando. Los puestos de verduras y hortalizas son los primeros en tener gente. Lo mejor de la huerta asturiana reluce con mil colores en los aledaños de la Plaza de Abastos que luce orgullosa su hormigón arrosado y blanco. El surtido de carne, pescados, repostería y panadería del interior también atrae a numerosos clientes. Ecuatorianos, peruanos, marroquíes y senegaleses también han encontrado hueco entre los puestos de Mieres para mostrar su mercancía artesanal. 


Tan especial es el mercado dominical que hasta es fácil encontrarse a parte del comercio abierto. Es el caso de la tienda de material de peluquería y estética en la que trabajan Tere Saavedra y María Pérez. “Es sin duda el día que más gente tenemos. Aquí no se pone en duda la apertura de los domingos, porque además viene mucha gente de fuera del concejo a comprar ya que justo en domingo, es casi imposible encontrar tiendas abiertas en otro sitio”, señalan las dependientas.
Las zapaterías, las tiendas de ropa del entorno de la plaza. El ir y venir de gente no deja lugar a dudas. “Es interesante abrir un domingo sobretodo si tienes el comercio cerca del núcleo de la plaza”, confirma el responsable de un establecimiento. Con la llegada de la hora de comer empieza a “levantarse el campamento”. Los clientes apuran las compras y el paseo. Como José Antonio Lucena y Begoña Martínez, de Langreo, que se dejan caer muchos domingos por Mieres “por el buen ambiente”. También para los hosteleros del entorno es importante la jornada. A las once son los cafés, a las doce las cañas y el vino y así hasta la hora de comer. Las sidrerías, cafeterías y vinotecas del entorno siguen ponderando la importancia del día para su economía aunque, como reconoce José Luis Gutiérrez, propietario de un bar en la calle Jerónimo Ibrán, “esto ya no es lo que era antes, hace treinta años, a las diez de la mañana no cabía un alfiler en la plaza, y ahora hasta la una o así no se llena como antes”. El vecino José García Páramo asiente a las palabras de Gutiérrez mientras degusta el penúltimo culín de la mañana.



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