20 de octubre de 2012

Cenicienta en la quimera del oro - Ablaña


Marcos PALICIO / Ablaña / La Peña (Mieres)

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Hablando de Ablaña, aquello de «la cenicienta» tenía doble sentido. Raimundo Peña, histórico corresponsal de prensa, se lo llamaba en el siglo pasado a este pueblo agrisado por el carbón y el acero, «ceniciento» en la forma y en el fondo, ya a veces entonces desamparado y olvidado a la manera de la protagonista del cuento infantil. Juan José Estrada Fernández, «Laviru», trabajador jubilado del pozo Nicolasa y ahora historiador voluntario de la toponimia tradicional de la zona, ha rescatado el viejo apelativo del mismo entierro en el que permanece sepultada aquella Ablaña de los 22 bares, las tres zapaterías y tal vez 4.000 obreros de paso hacia la estación del tren. A esta población moldeada física y socialmente al gusto de la minería del carbón y de la transformación del acero, recrecida y disminuida al ritmo que tocó la gran industria mierense, no le queda ya de todo aquello casi nada. Casi nada más que el espíritu de «Cenicienta». Aquél del desamparo que sigue, al decir de Juan «Laviru», emboscado en algún lugar de esta margen izquierda del río Caudal edificada a medio camino entre lo rural y lo urbano, atravesada por las líneas férreas de Renfe y Feve y sólo físicamente cerca de Mieres.

Y puede que al final, muy en el fondo, este sitio que vivió pegado a los raíles del ferrocarril y al pozo Llamas, a Nicolasa y a la fundición de Fábrica de Mieres, siga siendo a su manera el mismo. Igual incluso ahora que de aquello no queda casi nada y son cada vez menos los que permanecen aquí, desesperando por las contraprestaciones. «Siempre fue el pueblo maldito», afirma Estrada, donde «nadie construyó nada y nadie se ocupó de nada. Por no venir, ahora ya no vienen ni a pedir el voto». «Somos como aquellos pueblos del Oeste de la fiebre del oro cuando se les terminó el oro».
Juan «Laviru» está en la calle Santa Bárbara de Ablaña de Arriba, donde el pueblo mierense empieza a separarse de la vega del Caudal para adentrarse en el valle de Nicolasa. A su espalda, un edificio alargado que fue el Hogar del Productor reparte hoy su espacio entre el consultorio médico y la sede multiusos de la Asociación de Vecinos. «Sin salir de este inmueble había dos bares», recuerda, «uno en el piso de arriba y otro en el bajo» durante aquella «otra vida» de los 22 chigres, las tres barberías, el cine y la tienda de electrodomésticos. Hoy, el termómetro eterno de la hostelería mide la vida que le queda al pueblo en un único establecimiento. «Uno y de casualidad». El Imperial Cinema es una residencia de ancianos casi nueva, las escuelas contienen seis viviendas sociales, el Economato de Hunosa no está y el castillete del pozo Llamas, «una joya» de fábrica peculiar, «con 11.000 remaches», emerge a duras penas de entre la maleza, «a punto de caer». La cenicienta del cuento, diría Raimundo Peña, también tenía su belleza oculta pendiente de descubrir. Junto a la silueta oxidada del viejo armazón minero y a la ruina de sus edificios auxiliares también resisten los primeros muros, muy poco más que los cimientos, de lo que tendría que haber sido una barriada de colominas. «En los años cincuenta pretendieron construir viviendas aquí», rememora Estrada, pero tampoco: «Se fueron, lo dejaron todo como estaba y terminaron levantando Rioturbio». El desamparo, pues, no es sólo de ahora en este sitio donde Nicolasa sigue siendo, menos mal, el último pozo abierto en el concejo de Mieres. Resiste, aunque su par de centenares de trabajadores ya no dé, ni mucho menos, para remolcar Ablaña como antes.


 

Contra el olvido, Juan «Laviru» se ha empeñado rescatar Ablaña. A su modo y a su escala, dentro de sus posibilidades, reteniendo el espíritu de este pueblo que «no era ni pueblo» antes de la minería, tratando de conseguirlo a través de la conservación de sus topónimos tradicionales. ¿Por qué? No hay más que mirar alrededor con sus ojos y comprobar que «la actividad minera transformó totalmente el valle» y que aquí, aun ahora, «resulta muy difícil encontrar un sitio no tocado por la minería». Que Ablaña fue «un pueblo hecho con gente de paso por el que transitaron miles de personas sin arraigo» y que ahora, pasado el vendaval, conviene reponer algo de lo que fue toda la vida este lugar de actividad retraída y personalidad alterada por el paso del tiempo. «A mí me duele, por ejemplo, que lo que siempre fue Peña Cimera haya pasado a ser "la antena" desde que pusieron un repetidor de televisión».

Cuando el tren llegó a Ablaña, otro caso, dejó cuatro viviendas aisladas entre las de Renfe y las de Feve. «Eso era La Bulía, etimológicamente un terreno arbolado», recuerda Estrada, «pero después hicieron allí un bar con bolera y lo llamaron "les cases de la bolera". A continuación construyeron el tren y se transformó en "Entrevías" y últimamente es la Avenida de Portugal». Contra esa falta de arraigo va su cruzada. «Autóctonos quedamos muy pocos», concluye. En su caso tiene todo el sentido que Juan Estrada sea en Ablaña «Laviru», que lleve adosado al nombre de pila oficial el del caserío donde nació, «justo en la vertical del pozo San Nicolás, bajo el Cordal de la Meruxega».

Pero ni la toponimia, bien lo sabe Juan, se ha podido sustraer aquí al vendaval minero y siderúrgico. Empezando por el valle sin salida «en forma de herradura» que sale de Ablaña y va a hacia el Oeste, atravesado por el río «del Infierno» y que se llamaba «valle de Ablaña» hasta que la mina extendió el del pozo, «valle de Nicolasa». «Hay muchos topónimos derivados de la minería», dejando en el paisaje una huella a la altura de la importancia que tuvo esta zona en la historia minera de Asturias. Buscando pruebas, Joaquín Díaz, vecino de Ablaña, ejecuta un cálculo por encima que suma a los ochocientos trabajadores de la mina Llamas más de mil en Nicolasa y 2.000 en Fábrica de Mieres. «Y todos venían a coger el tren aquí. Ablaña era un lugar de paso obligado, tenía mucha vida». Hace medio siglo exacto que el argumento se reforzó en la primavera en la que la «huelgona» de 1962 empezó con un paro en Nicolasa. Aquella protesta terminó extendida por la región, pero curiosamente el pozo Llamas tardó en sumarse. Joaquín Díaz recuerda la trinchera camino del pozo «llena de granos de maíz», en aquella sutil indirecta para llamar «gallinas» a los trabajadores remisos a la huelga.