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20 de octubre de 2012

Carbón y cuenta nueva

Carbón y cuenta nueva

La capital de la cuenca del Caudal, que ha perdido 2.000 habitantes sólo en este siglo, aún busca «un proyecto de ciudad» que defina su lugar en el escenario de la regeneración minera y aproveche su proximidad, su campus universitario y sus condiciones para ofrecer un entorno residencial de calidad
 

Marcos PALICIO / Mieres (Mieres)
En lo que debería ser ya el nuevo centro de Mieres, un operario subido a una grúa todavía remata el revestimiento de poliéster amarillo, iba a ser metacrilato, que oculta los balcones de un gran edificio de seis plantas y doscientas viviendas en una manzana completa entre las calles Hermanos González Peña e Indalecio Prieto. Delante hay un solar vacío destinado provisionalmente a aparcamiento en superficie, con un cartel que miente localizando aquí el «parque de la Mayacina». A su lado asoma el esqueleto de un inmueble que todavía tardará en contener 117 pisos de promoción pública en alquiler y al fondo, al fin, ahora sí, el perfil sinuoso de un bloque terminado. Moderno, diferente, vanguardista, Premio Nacional de Arquitectura en 2011, negro pero anunciado en un rótulo de publicidad como «La luz de Mieres». Tiene las paredes exteriores recubiertas de chapa y alturas desiguales, de dos a cinco plantas; contrasta abiertamente con el entorno y envuelve un jardín rectangular delimitado por una fachada interior hecha con listones de madera. No hay más. En su contorno quebrado se agota lo que hay acabado en 2012 de la Mayacina, el gran ensanche urbano de Mieres, un terreno ganado al tren a mediados de los años ochenta y todavía en proceso de culminación ahora, en plena crisis inmobiliaria. Aquí al lado, entre la hierba alta de un jardín descuidado, emerge un indicio del retraso, un monolito que sostiene una placa con una fecha de octubre de 2006, conmemorativa de la visita de la ministra de Vivienda para inaugurar el proyecto Vasco-Mayacina. Alguien dirá que 2006 ya era tarde, que la imagen de esta médula urbana en proceso de fabricación puede servir para ilustrar el «kilómetro cero» de un lugar hecho por aluvión en la crecida de la siderurgia y la minería, para medir la fiebre de una villa disminuida después por la sequía de sus fuentes principales de riqueza y población, fotografiada ahora en algo parecido a un nuevo punto de partida.



 
Buscando argumentos para contener la huida, reconstruyéndose y repensándose como ciudad universitaria, eje comercial o entorno residencial accesible, Mieres reniega de la ciudad dormitorio en exclusiva y trata de exprimir en provecho propio el nudo de carreteras, la Universidad, todo lo que dejó aquí a su paso una reconversión industrial minera sin capacidad para taponar la hemorragia demográfica. Los dos soportes básicos del proceso de huida, el empleo y la vivienda, le dicen a Aníbal Vázquez, alcalde de Mieres por Izquierda Unida, que «todo lo que se cerró no se transformó encima del tapín en puestos de trabajo», que «si la Mayacina se hubiese desarrollado en los años noventa ahora estaríamos hablando de otra cosa». Es así que «el futuro», apostillará pronto José Fernández, director del Instituto Bernaldo de Quirós, sigue necesitando a estas alturas «una reflexión muy seria sobre lo que somos». Una hoja de ruta, una brújula y «un proyecto de ciudad», todavía hoy «una definición de la villa y del concejo».







 
Mieres es la capital y más de la mitad de la población del municipio que registró en 2010 el saldo migratorio más negativo de Asturias. Mieres, 24.418 habitantes en 2011, ha perdido 2.000 sólo desde el arranque del siglo y se ha parado, de momento, en la cifra más baja desde el esplendor industrial. La villa decrece arrastrada por la merma de un concejo que tuvo más de 70.000 residentes en los años setenta y que no pasa hoy de 43.000, que ha perdido casi 6.000 en los últimos diez años a un promedio de seiscientos al año, a  una velocidad de más de uno al día. En Mieres, esta ciudad trazada en damero perfecto al borde del río Caudal, acostada entre la línea recta de la autopista A-66 y las curvas del Scalextric que da salida a la Minera por el Norte, el carril de salida tiene más adeptos que el de entrada. La villa es hoy más fiel que nunca al apellido de su topónimo -«del camino»-, pero tiene menos gente de la que recuerdan los mierenses con más memoria. Y a pesar de su reciente facilidad para las comunicaciones, de que el campus universitario es una obra de 2002 y la Autovía Minera se abrió en 2003, la quinta localidad más habitada de la región no logra en 2012 ofrecer razones para permanecer aquí. No consigue hacer ver las ventajas de su oferta residencial y de servicios ni utilizar nuevos recursos para reforzar su viejo papel como referencia urbana de la cuenca del Caudal.

 

A la búsqueda de los motivos, Dolores Olavarrieta, presidenta de la Unión de Comerciantes de la comarca, ha contrastado con la Mesa de Comercio de FADE la impresión de que «hay menos puestos de trabajo en ésta que en la cuenca vecina», y Carlos Barros, director de la emisora mierense Radio Parpayuela, que se percibe el interés por aproximar el lugar de residencia y el de labor, pero que «también se marcharon de Mieres muchos prejubilados de la minería, no sólo trabajadores buscando mejores prestaciones». «Que viste más vivir en Oviedo», remata Olavarrieta. El nuevo centro en fase de reconstrucción completa, el cóctel con «el precio de la vivienda», y Barros refresca la memoria de «algún estudio en el que Mieres no salía en este aspecto bien parada, ni siquiera en comparación con Sama».

Ismael González Arias, director de la Casa de Cultura «Teodoro Cuesta», encuentra sus motivos en la historia de este municipio joven que no se desgajó de la matriz, Lena, hasta el año 1836. «Mieres no tiene raíz como concejo», explica. «Era un lugar de trabajo y fue aumentando mientras funcionó el trabajo de los 10.000 habitantes de finales del siglo XIX hasta los más de 70.000 de los años setenta. Pero por su propia esencia, cuando faltó el empleo, lo que fue una curva ascendente se convirtió en descendente sin el más mínimo problema, porque no existe el arraigo». Como no es norma su caso -«compré casa en Mieres vendiendo en Oviedo»- y «tenemos este concejo carente de raíces, se perdió la estructura urbana, la económica, la histórica y la cultural. Los dos barrios históricos están destruidos», lamenta, y el de La Villa, el reducto de arquitectura rural tradicional al sur de la población.




De ahí el daño demográfico del declive industrial, por eso la urgencia de redefinirse, de buscar la tecla para reiniciar, de pararse un momento a volver a pensar Mieres. José Fernández deplora el concepto «funesto» de ciudad dormitorio, «anodina, indiferente, sin identidad ni ilusión», y localiza a cambio el hecho diferencial de la personalidad en «el filón de la historia, que no está explotado». En el mayor instituto de la villa, seiscientos alumnos donde el director conoció hasta 1.500, la indefinición se verifica preguntando «¿qué somos?» y comprobando que a la interrogación sigue las más de las veces el silencio. Mieres, responde él, «fue un hito en la historia social europea y tiene más patrimonio industrial que Escocia, pero totalmente abandonado».

Habla Fernández con el rabillo del ojo puesto en el viejo castillete metálico del pozo Barredo y en su vecina la chimenea de ladrillo que perteneció a la central que alimentaba la explotación. Los dos siguen ahí, señalizando una advertencia contra el abandono, «saeta de esperanza» a la espalda del campus universitario, visibles al fondo de la calle que separa el edificio de investigación, negro, del gris que aloja el aulario. Los inmuebles del complejo universitario mierense ocupan el espacio donde estuvo la plaza de la madera del pozo y la parrilla de vías de acceso a la mina y tienen a su lado una residencia de estudiantes inaugurada sin abrir. Aquí, en el campus, símbolo señero de la transformación de las comarcas mineras, se esconde otra palanca para mover el futuro al decir de los que son partidarios de remolcar toda la villa desde aquí. «Mieres debería ser a partir de ya una ciudad universitaria», argumenta Carlos Barros. «No tenemos una industria de referencia, ni una gran capacidad de empleo. Por orografía es imposible recuperar el nivel de empleo que tuvimos entonces, imposible recuperar aquella población, así que la única posibilidad es el campus». Se refiere a una apuesta por recrecer su oferta académica actual -cuatro titulaciones y dos másteres- y al anuncio reciente de que los recortes la aplazarán al menos dos cursos más. Habla de dar valor a su poder de arrastre, de hacer ver eso que el Alcalde «vende» cuando dice que «soy muy de Mieres» y enseña su villa como «un lujo» de urbanidad moderada, «llana por completo», «con la medida idónea para vivir» y «siete minutos escasos para recorrerla caminando del barrio de Santa Marina a San Pedro, de La Villa a Requejo». Habla también, sin decirlo, de la proximidad física y de la humana, del «llévote les bolses» de una chica a una señora mayor que viene cargada del economato de Hunosa y cruza la calle Teodoro Cuesta junto a la iglesia de San Juan. Por dar sólo otro ejemplo, termina el Alcalde, «no todas las poblaciones de este país pueden decir que tienen cubierta la escolaridad desde las escuelas de menores de 3 años hasta la Universidad».

Y, sin embargo, no se mueve.

«Mieres despierta». La pintada está escrita con spray negro sobre la chapa verde de la pasarela peatonal que cruza el río Caudal y la autopista A-66 desde el barrio de Vega de Arriba, en las inmediaciones del complejo universitario, y el polígono industrial de Gonzalín. Tiene a su lado, como corolario, otra que aboga «Por un cambio global» y juntas, si no las firmaran los «indignados» del 15-M, podrían ser el eslogan que resume las demandas de algunos vecinos para esta villa. Agustín Álvarez Payo, presidente de la Federación Mierense de Asociaciones de Vecinos, identifica «una carencia tremenda en el modelo de ciudad» y «una desgracia» en la certeza de que «no planificamos. Improvisamos y así no paliamos la dependencia de los que fueron nuestros pilares fundamentales, la minería y la siderurgia». Habrá quien no tardará en retomar el espinoso asunto del retraso, la sensación lastimera de que el debate está estancado desde que una crisis que no es ésta tupió los surtidores esenciales de la riqueza y del empleo. «Si esta misma conversación la hubiésemos tenido hace 25 años», ratifica Ismael González Arias, «estaríamos hablando de lo mismo».
Mieres extiende su fábrica urbana entre dos de los emblemas de la reconversión industrial y la reestructuración de las comarcas mineras. Confina al Sur con el campus de Barredo y tiene la frontera Norte en el enlace con la Autovía Minera. Mieres limita con las certezas de que hubo inversiones, su retroceso demográfico pregona las evidencias de que «los fondos mineros se crearon con unos fines determinados y se pervirtieron. Pudieron haberse gestionado mejor». A Agustín Álvarez Payo le pesa la sensación de que con el dinero no llovieron ni puestos de trabajo ni argumentos para retener a la población en la villa y José Fernández apunta la sentencia de que «detrás de esa ineptitud hay decadencia y emigración». «El dinero que se invirtió en el campus es el futuro de Mieres», afirma, «y no se gastó bien. Es un recurso primordial para la villa, pero debe incardinarse, otra vez, en una definición y un concepto global de ciudad». No falta quien conviene con Ismael Arias que este concejo tuvo en realidad lo que pidió, que esta línea de llegada resulta de una impericia compartida, de «una combinación de no saber pedir y no saber dar».

Por el Mieres de hoy es difícil perseguir el rastro de aquella villa populosa, apellido de potente empresa siderúrgica, Fábrica de Mieres, «que salía en los libros de tercero de Bachiller» que estudiaba el Alcalde, aquélla que Víctor Alperi noveló en los años sesenta retratando trenes que «dejan riadas humanas que se pierden por las calles de la ciudad». De vuelta en el presente, puede servir como metáfora el reloj parado que cuelga en el alero exterior de la antigua estación del Vasco, pulcramente rehabilitada y repintada de amarillo y granate para ser Centro Municipal de Servicios Sociales. Por un lado son siempre las siete, por el otro las dos, imposible saber si de la mañana o de la tarde. Los transeúntes que utilizan sus aleros como refugio saben que este Mieres es evidentemente otro, pero alguno dirá que no tiene por qué ser peor.

Por el «paseo de la estación del Vasco», antigua línea de vía estrecha transformada en lugar de esparcimiento, regresa la pregunta por el futuro. Reconversión es la palabra mágica, y el giro que se exige es tan brusco que va a costar, pero un vistazo afuera, descorriendo los visillos, va a confirmar que no son estas tribulaciones únicas en el mundo. «Hubo reconversiones en otras partes de Europa», aporta Ismael González Arias, «y en ciudades del tamaño de Mieres. Unas salieron y otras no», pero todos los modelos ocultan enseñanzas. «Está Glencoe, en Escocia, transformada en uno de los parques naturales más visitados del norte de Europa, pero sin un solo habitante. O el crecimiento basado en el desarrollo comercial de Kingston, en los alrededores de Londres. O la apuesta distinta de Ronchamp y la capilla diseñada por Le Corbusier, rodeada de escombreras de hormigón. O Albertville, sin salir de Francia, que fue capaz de albergar unos Juegos Olímpicos de invierno sin necesidad de que llegase apenas la nieve». La moraleja global le dice que «una ciudad sólo funciona si funciona su comercio», y de eso sí tiene Mieres.

El paseo internacional a la búsqueda de ejemplos donde copiar otorga al sector del intercambio comercial, a su juicio, el valor del eje ordenador, la sensación de que «hay muchas cosas, si somos capaces de ordenarlas a través del funcionamiento de la vida comercial». De enseñarlas y venderlas. «Hay que arrancar el concepto del dinero fácil, que aquí instituyó un auténtico prototipo social», afirma José Fernández, «llegar a la conclusión de que la base del movimiento de personas es el comercio». Y el de Mieres pide un repaso, «yo escucho que tendría que ser valiente», apunta Barros, «y poner en práctica estrategias competitivas». En un vistazo a Requejo, a la imagen de marca del escanciador de bronce echando agua en la esquina de la plaza pegada al río y a la iglesia de San Juan, con una tienda de moda y cuatro sidrerías, resurge la sensación del que cree que puede exprimir mejor sus recursos. Volviendo la vista atrás, Dolores Olavarrieta invita a «valorar las ideas que tenemos», a recordar que «la unión de comerciantes organizó el primer concurso de pinchos de Asturias, que luego nos copiaron por todas partes, o la única Semana de la Moda, con su pasarela de jóvenes creadores...». Sin carbón, viene a decir, sigue habiendo materia prima. Ideas. A lo mejor falta «un compromiso social», remata Carlos Barros, «de todos los ámbitos ciudadanos, que yo echo de menos y que a lo mejor deriva de la herencia del acomodamiento de las prejubilaciones».

Barredo, fin y principio

En la superficie, cuatro plantas por encima de la galería donde 36 sindicalistas pasaron la Navidad de 1991, han crecido tres edificios y una amplia zona de instalaciones deportivas. El encierro del pozo Barredo, símbolo desde entonces de la voz alzada en demanda de alternativas al entierro de la minería asturiana del carbón, se acepta como el punto de partida que ha vuelto a culminar aquí, en esto que hoy es el campus universitario de Mieres, emblema de la transformación de las cuencas. Las aulas han tomado el primer plano relegando al segundo al castillete y componiendo la imagen, una de ellas, de las contraprestaciones por el maltrato económico de las comarcas mineras al salir del carbón. Barredo es el principio y el fin, el origen y la finalidad no sólo del recorrido de esta villa fuera de sus pozos mineros. Barredo podría pedirse más, sobre todo al decir de los que le reclaman una integración más perfecta en el tejido social de la villa y, además de más titulaciones, una elevación a la categoría de cabeza tractora primordial de la capital mierense. Es la herencia natural de la Escuela de Capataces de Minas, fundada en Mieres en 1855, y adquirió rango universitario a partir de 2002. Al redondear diez años, sin alcanzar aún los 6.000 alumnos que marcó el primer objetivo, recién recrecido el campus con dos nuevos edificios e implantado el nuevo grado en Ingeniería Civil, terminada sin abrir la residencia de estudiantes, el símbolo del comienzo de las reivindicaciones por la supervivencia de las comarcas mineras «es un recurso esencial», en la expresión de Carlos Barros, para buscar un hecho diferencial que tire del futuro de Mieres.

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