12 de septiembre de 2012

Epoca romana en Ujo



Cuando los romanos volvieron a Ujo. 

 
El Museo Arqueológico Provincial de Oviedo exhibe tres lápidas romanas encontradas en el siglo XIX en la localidad mierense; ésta es su historia.






En el Museo Arqueológico Provincial de Oviedo se exhiben tres lápidas romanas encontradas en Ujo a finales del siglo XIX. También sabemos que, en aquellos años, en el hogar de la casa rectoral de la iglesia parroquial de Santa Eulalia se conservaba una cuarta con la palabra ROMA, que está hoy en paradero desconocido. De ésta no conocemos más datos, aunque es de suponer que hubiese aparecido en un lugar próximo a las otras, que son el hallazgo histórico más relevante de nuestro Concejo y constituyen además el conjunto epigráfico más importante de la romanización de Asturias.

Sus textos se han estudiado ya en algunas publicaciones especializadas. En una está grabada una inscripción de carácter votivo que encargó la pareja formada por Lucio Corona Severo y Octavia Procula. En las otras dos aparece el mismo personaje, Gaio Sulpicio Africano, quien dedica la primera al dios indígena Nimmedo Aseddiago y presenta en la segunda un detallado historial de su antepasado Gaio Sulpicio Ursulo. Por cierto, que ésta contiene algunos anacronismos en su texto y hay quien sostiene que el romano mandó engordar el currículo de su pariente para resaltar así la importancia de su familia.



 
Los tres varones que figuran en el conjunto fueron militares: Lucio Corona Severo, hizo su servicio en la Legión VII Gemina; Gaio Sulpicio Ursulo, si hacemos caso de lo que figura en su inscripción, fue nada menos que prefecto de los Symmachiarii Astures en la Guerra Dácica; centurión de la Legión I Minerva Pia Fidelis; centurión de la Cohorte XII urbana; centurión de la Cohorte IIII pretoriana; primer abanderado de la Legión XVIII y prefecto de la Legión III Augusta. Y su pariente Gaio Sulpicio Africano, que quiso honrar su memoria, se llamaba así seguramente por los méritos que había hecho como soldado en aquel cálido y exótico territorio imperial.

Llama la atención la presencia de esta colección en la Montaña Central, una zona que se supone menos romanizada que el resto de Asturias y donde las piezas epigráficas son contadas. La explicación está en la ubicación de Ujo, punto de encuentro para los caminos que venían desde la Meseta y donde se tuvo que vivir el proceso de asimilación cultural entre romanos y astures con mucha intensidad. Esta posición geográfica convirtió a la localidad en la entrada histórica a este territorio, una circunstancia de la que se dieron cuenta quienes bautizaron al lugar como Ustium u Ostium, palabra latina que puede traducirse como puerta. Pero, lo que me gustaría contarles hoy es cómo se encontraron las tres lápidas y por qué dejaron Mieres para llegar hasta Oviedo.

La primera en aparecer fue la de Lucius Corona Severus, que volvió a la luz cuando se preparaban los terrenos para prolongar por Ujo la vía del ferrocarril del Norte hasta Pajares, en noviembre de 1870. Los obreros la hallaron casualmente al abrir el paso por unos terrenos que pertenecían al propietario Pedro Armada Valdés.

Don Pedro era un rico aristócrata que llevaba el título de conde de Canalejas como regalo de su hermano Álvaro, al que le sobraba nobleza, al menos en una de las acepciones de esta palabra, ya que además de haber heredado esa dignidad era también el quinto marqués de San Esteban del Mar del Natahoyo, y conde de Revillagigedo, por su matrimonio con la condesa de éste título Doña Paciencia Fernández de Córdoba.

En fin, no voy a contarles ahora la evolución de esta familia, pero deben saber que entre sus numerosas propiedades estaba el palacio de Figaredo, y si les digo además que Pedro Armada se casó con Lorenza de Heredia, y de los Heredia era el palacio de Villarejo, se harán una idea del poderío económico de este matrimonio.

La lápida de Lucius Corona Severus fue cedida al Museo Provincial de Oviedo por doña Lorenza después la muerte de su marido, y el 22 de septiembre de 1874 el erudito Eduardo Saavedra publicó por primera vez su transcripción (aunque con bastantes errores) en un artículo titulado "Recuerdos de un veterano" para el periódico ovetense El Eco de Asturias. Poco después, en 1887, Ciriaco Miguel Vigil en su Asturias, monumental, epigráfica y documental se refería a ella en estos términos:

«Este cipo o mojón, que se resguarda en el Museo provincial de antigüedades, fue dedicado a la memoria de un soldado de la Legio VIIª Gémina y parece remontarse al siglo I del Cristianismo. Está cincelado el letrero en piedra de grano de color oscuro, y sus signos bastante deteriorados, especialmente en las tres últimas líneas. Fue descubierto con motivo de una excavación practicada en un castañedo propio de la casa del conde de Canalejas, cerca de la Iglesia parroquial de Santa Eulalia de Ujo, en el Concejo de Mieres, y donado al Museo por la señora doña Lorenza de Heredia, viuda del señor don Pedro Armada Valdés».

Unos años más tarde, el 23 de julio de 1919, al hacer otra excavación en un lugar próximo para abrir la calle llamada la «Carreterona» o «Carretera de la Estación» se descubrieron las otras dos inscripciones romanas: la de Nimmedo Aseddiago y la de Gaio Sulpicio Ursulo, completando una colección que todavía aumentó con una última pieza funeraria alto-medieval; la única que puede verse actualmente en el Concejo, bien expuesta en el interior del templo de Ujo. Y aprovecho para recordarles que ésta construcción es Monumento Histórico Artístico desde 1923 y ningún mierense mínimamente interesado por estas cosas puede dejar de visitarla.

Como dije antes, las dos lápidas se guardan también en el Museo Arqueólogico Provincial, pero en este caso su salida de Mieres fue más polémica. En el archivo municipal se conservan dos documentos de 1920, que nos lo cuentan. El primero es una carta dirigida el 21 de mayo por el Consistorio a Aurelio del Llano, que era en aquel momento Delegado Regio de Bellas Artes. En ella se le aclara por qué no se ha contestado hasta ese momento a dos oficios que él había mandado a Mieres aquel otoño interesándose por la adquisición de las piezas.

Al parecer, el motivo estaba en el error del famoso folclorista que dirigía sus misivas a un ciudadano llamado Manuel Fernández Llaneza, equivocando el nombre del alcalde Manuel Llaneza, con lo que iban a parar a una casa paricular. Una vez aclarado el entuerto, también se le dice que el Ayuntamiento iba a tratar en su próxima sesión este tema, y en una esquina de la misiva, escrita a mano, aparece una nota interesante: «Por las lápidas pide el contratista de las obras que las tiene 260 pesetas».

En efecto, el Consistorio mierense decidió tomar parte en este asunto nombrando una Comisión encargada de practicar las diligencias necesarias para la adquisición de las piezas e hizo responsable de la misma al arquitecto municipal José Avelino Díaz y Fernández-Omaña.

El otro documento del archivo es el informe que éste presentó el 16 de septiembre de aquel año dando cuenta del fracaso de su misión y que les resumo a continuación.

En primer lugar, el comisionado fue hasta Ujo para saber donde se encontraban las lápidas y desde allí le dirigieron hasta Oviedo. Ya en la capital «después de larga peregrinación vino en conocimiento de que las piedras históricas estaban depositadas en una casa, cuyos moradores le manifestaron no podían enseñarlas, según orden que habían recibido del contratista de las obras del ferrocarril del Norte, en Ujo, que las había hallado».

Al ver el cariz que tomaba el asunto, don José Avelino se propuso localizar a dicho contratista y en la Estación del Norte le comunicaron que había trasladado su residencia a León. Tras conseguir su dirección, le escribió pidiéndole una cita para poder ver las piedras y, después de esperar casi un mes, recibió la contestación de que en aquel momento el único que podía disponer de ellas ya era Aurelio del Llano.

Al día siguiente de recibir la noticia, el arquitecto municipal, volvió a Oviedo para entrevistarse con don Aurelio y éste le manifestó que «en vista de lo que el Ayuntamiento de Mieres había tardado en actuar, él, reuniendo dinero que facilitaron varios amantes del Arte, adquirió la propiedad de las mencionadas lápidas históricas y las donó al Museo Provincial Arqueológico, no pudiendo por lo tanto ser adquiridas por el Ayuntamiento».

Seguramente, aunque se hubiese logrado en aquel momento que las inscripciones de Ujo se hubiesen quedado en el Concejo, a estas horas estarían de igual forma en el Museo de Oviedo, pero lo que no tiene un pase es que con la importancia que se le viene dando en estos últimos años a la vía y el campamento de La Carisa como dinamizador del turismo cultural en la Montaña Central, no tengamos aquí una buenas copias, con sus correspondientes paneles explicativos para poder entretener un rato a los visitantes.

FUENTE:  ERNESTO BURGOS, HISTORIADOR
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Lunes 23 de marzo de 2009  

Lne.es » Cuencas

Ujo (Mieres), Carmen M. BASTEIRO

Ni la etimología ni la historia dudan de que Ujo fue un importante enclave en la época de los romanos. Más de dos mil años después, los vecinos de la localidad no quieren que se pierdan las huellas de ese pasado y aunarán sus fuerzas para reclamar réplicas de las tres lápidas fechadas en la época del emperador Trajano que se encontraron en el pueblo durante unas reformas ferroviarias a mediados del siglo XX. Actualmente, las tres piezas se encuentra en el Museo Arqueológico de Asturias. Según los historiadores, una de las lápidas perteneció a un prestigioso general de los Symmachiarii, Gaio Sulpicio Ursulo. Otra de las estelas funerarias fue construida para un tío del general, Gaio Sulpicio el Africano y la tercera lápida se esculpió en honor del dios astur Nimmedo Seddingo. 

 

El párroco de Ujo, Luis Cuervo, lo tiene claro: «Acudiremos al Principado y pediremos el apoyo del Ayuntamiento, haremos todo lo necesario para poder hacernos con nuestra historia». A día de hoy, como recuerda Cuervo, «tan sólo nos estamos preparando porque la petición se hará formalmente en cuanto el Museo Arqueológico del Principado reabra sus puertas por completo y de forma definitiva».

El presidente de la Asociación de Vecinos «El Candil», Plácido Ardura, respaldó estas declaraciones.«Apoyamos este tipo de iniciativas firmemente, y haremos todo lo posible por que se lleve a cabo», señaló. Además, el párroco sentenció: «No nos importa en qué material se haga la réplica, no importa el valor material, sino recuperar los recuerdos».

Ésta no es la primera vez que Ujo intenta rendir homenaje a la historia de la época romana. Años atrás, algunos vecinos de la localidad, encabezados por Gabriel Hernando «Pope», Ricardo Luis Arias y Leovigildo Saiz, pidieron ante el Ayuntamiento la erección de una estatua en honor del general Gaio Sulpicio Úrsulo, para colocarla en algún lugar emblemático de la localidad. Por aquel entonces, «el Ayuntamiento nos dijo que sí, pedimos presupuesto y se aprobó el proyecto y seguimos trabajando en ello; pero estamos a la espera de la financiación», señala Saiz. De igual manera, los vecinos hicieron constar que unirán el proyecto de las lápidas con el de la estatua y que estos elementos podrían mostrarse juntos. «La figura del general romano servirá para rendir tributo y destacar que los antepasados romanos también pisaron las calles de Ujo», señalaron. Otro de los enclaves donde se valora la instalación de las lápidas es la iglesia de Santa Eulalia, de importante valor cultural.

La petición de una estatua en homenaje del general romano no es baladí. Según la Historia, Gaio Sulpicio Ursulo, no sólo residió en Ujo sino que podría haber nacido en la localidad. Ursulo alcanzó gloria militar como general de los Symmachiarii Asturum en la guerra dácica, al servicio del emperador Trajano (98-117). A lo largo de su larga carrera formó parte de la cohorte pretoriana, la guardia imperial, y de la Legio IV Augusta, que estuvo destinada en África. Su hijo, ya romanizado, dedicó una lápida votiva a Nimmedo Seddingo, el dios astur que adoraba su padre. Los Symmachiarii eran tropas irregulares integradas por elementos no romanos que pelaban con sus propias armas y tácticas bajo el mando de un oficial del imperio. Tras la conquista romana, numerosos astures integraron estas unidades de caballería montando los conocidos asturcones. Ésa es la historia que Ujo no quiere que se desintegre. 


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