7 de septiembre de 2012

Mieres: semblanza de una Centuria industrial y humana


Mieres: semblanza de una centuria industrial y humana


Escrito por Mayte Zapico López   http://www.maytezapico.es


(Este artículo fue publicado en el diario La Voz de Asturias, en Junio de 2003, con motivo del aniversario de la fundación del periódico)
“El mundo antiguo, un mundo silencioso y patriarcal que había durado miles de años, iba a terminar, y otro mundo, un mundo nuevo, ruidoso, industrial y traficante, se posesionaría de aquellas verdes praderas y de aquellas altas montañas”. Estas palabras de las que ahora se cumplen 100 años, pertenecen a La aldea perdida de Armando Palacio Valdés, y nos podrían remitir a lo que fue el comienzo de una época para la historia de Mieres: una época de expansión económica, de luchas sociales, de conflictos personales y públicos, de guerra y de paz; una historia de claroscuros, donde la palabra pero también el silencio, la visión progresista pero también la intolerancia, lo mejor pero también lo peor del ser humano, escribieron páginas de letra muy apretada.
El Concejo de Mieres, a finales del siglo XIX, comenzaba a alejarse de sus orígenes de villa itineraria y medieval. Como si de una metáfora se tratara, la capital, Mieres del Camino, crecía a espaldas de la Casa Fuerte de los Quirós, de la Casa Consistorial y del Camino Real o Carretera de Castilla; había tenido una historia muy rica pero constreñida a dos núcleos –la Villa y Oñón- intermediados por una vega feraz y ahora como una adolescente que pegara un estirón, fruto de las vitaminas de la industrialización, crecería hacia la vega arrancando terrenos al río, mirando de frente a las zonas donde se ubicaban explotaciones hulleras y siderúrgicas, donde se abría la línea férrea que desde Pola de Lena llegaba a Gijón; este tendido ferroviario se había inaugurado en 1874, sólo diez años antes de que se consiguiera salvar el Pajares, que abriría el mercado del carbón al interior del país. Desde mediados de siglo la industrialización de la zona central de Asturias –con fuertes inversiones de capital extranjero- era un hecho y las Cuencas del Nalón y del Caudal, iban a convertirse en abanderadas de la misma. En 1844, una sociedad inglesa, la Asturiana Minning Company, se había establecido en Mieres para aprovechar los yacimientos carboníferos y había puesto en marcha, junto al río Caudal, una pequeña siderurgia para controlar todo el proceso desde la materia prima al producto final; en 1870, pasaría a manos de un francés, Numa Guilhou, que la desarrollaría de forma notable. Esta siderurgia iba a denominarse Fábrica de Mieres e iba a convertirse por número de trabajadores y niveles de producción en una de las principales empresas de la Comarca. En realidad, todo el Concejo, iba en las décadas siguientes a experimentar un notable crecimiento; aunque una parte del mismo siguió viviendo una vida rural, la transformación del sistema de vida sería imparable con la aparición de diversos centros de explotación: a Fabrica de Mieres, que explotaba las minas de la zona, se unirían otros empresarios privados que iban a transformar el paisaje y el paisanaje. Nombres familiares suenan en nuestros oídos como Minas del Peñón, Mariana, Baltasara, Nicolasa, Tres Amigos, Hulleras del Turón, Sociedad Hullera Española, Figaredo, Nueva Montaña... Entre 1914 y 1918, iba a vivirse fruto de la Primera Guerra Mundial y de la desaparición del mercado del carbón ingles, una época dorada para la minería y la siderurgia asturianas, situación que volvería a repetirse entre 1940 y 1945; la etapa de la autarquía durante la dictadura franquista, favoreció al sector, pero la apertura a los mercados internacionales, dejó ver que era un gigante con los pies de barro, que la nacionalización de 1967 y la aparición de HUNOSA y ENSIDESA, no iban a poder sostener; la llegada de la democracia hizo que se pusiera sobre la mesa el problema y que se intentaran buscar soluciones no traumáticas que necesariamente iban a pasar y pasan por fin de la siderurgia emblemática de la Comarca, el cierre de pozos, las jubilaciones anticipadas, la reindustrialización con polígonos industriales y la llegada de nuevas empresas y complejas negociaciones para convertir a la Comarca en reserva estratégica del carbón.
Volviendo la vista atrás, es fácil imaginar cuando el 12 de Agosto de 1887, en Mieres del Camino, el Rey Alfonso XII cortaba la cinta que abría la carretera de la estación, que iba desde la Carretera de Castilla a la altura de la mina El Peñón, hasta orillas del Caudal donde se levantaba al otro lado del río, la estación de ferrocarril de la línea León-Gijón; esta carretera será antecedente del ensanche de Mieres y comenzará a trazar la cuadrícula perfecta de la ciudad, si bien es cierto que se vería amarrada durante muchos años por el cinturón de hierro que la rodearía, y que se extendería a otras partes del Concejo: es imprescindible recordar al ferrocarril vasco-asturiano en plena villa y las vías de los trenillos mineros como el que llegaba al Pozo Barreo o el más popular de todos, que atravesaba la calle de la Estación. En esa calle se asentaría la burguesía comercial y empresarial de la época. El proceso industrializador lo estaba impulsando el capital extranjero –inglés y francés- pero también vasco y catalán. Si hubiera que concretizarlo en algunas figuras, yo mencionaría a Numa Guilhou, Claudio López Bru y Vicente Fernández Blanco y su saga.
Numa Guilhou, nace a principios del siglo XIX en Francia, pero es una figura de la que se conoce muy poco hasta su llegada a Asturias; protestante, probablemente masón, fue lo que en términos paternalistas se llamó un capitán de la industria y desde luego un empresario con visión de futuro, que transformó una industria ruinosa en una siderurgia moderna. Al frente de Fábrica de Mieres impulsó uno de los procesos más interesantes de industrialización en Asturias y vivió por y para su empresa, integrándose en la tierra que le había acogido no sólo en el ámbito económico sino también en el ámbito social y político. No vería nacer el siglo XX, ya que falleció en 1890 a los 73 años, pero Fábrica de Mieres se convertiría a lo largo de la nueva centuria en una empresa emblemática para el Concejo. Buena prueba del carácter de Don Numa y de su prestigio, fue que dada su religión, no se hizo enterrar en el cementerio católico, sino que se preparó su último reposo en una pequeña ladera frente a Fábrica de Mieres.
Claudio López Bru, segundo Marqués de Comillas, nació en 1853. Su fortuna y su título, estaban vinculados al ferrocarril, a compañías tabaqueras y mineras, a posesiones de fincas e inmuebles, a la industria naviera –incluido el tráfico de esclavos- y al mundo bancario; fue un empresario vinculado a lo que se ha llamado paternalismo social, del que el mejor ejemplo sería el poblado minero de Bustiello. En 1881, compraría el Coto Minero de Aller, con explotaciones en este Concejo y en los de Mieres y Lena; en el de Mieres, muy cerca de Sta. Cruz, levantaría el complejo de Bustiello, formado por viviendas para los obreros, chalés para los mandos, escuelas para niños y niñas, sanatorio, iglesia y círculo católico que sería sede del Sindicato Católico Obrero de Mineros Españoles. El poblado se convertirá para los defensores del modelo, en un ejemplo de mejora de las condiciones obreras del momento; para los detractores, en un modo de controlar a los trabajadores e impedir que se “contaminaran” con las ideas socialistas. El Marqués de Comillas fallece en 1925, después de haber desarrollado toda una filosofía que buscaba mejorar las condiciones de la clase obrera pero desde el control y no desde la libertad, dejando una empresa señera en la Comarca y su obra cumbre, Bustiello, que hoy es una pequeña joya de la historia industrial del Concejo.
Vicente Fernández Blanco había nacido en Figaredo en 1820, hijo de campesinos, enlaza por matrimonio con María Martínez de Vega, de familia también campesina de Turón; el hallazgo en sus fincas de yacimientos de carbón, le convirtió en un empresario industrial, que asienta sus oficinas –como signo de los nuevos tiempos- en la planta baja que alquila al Marqués de S. Esteban del Mar en Figaredo. Poco a poco va adquiriendo un capital basado no sólo en la minería sino también en la tierra y en los intereses inmobiliarios y bancarios; cuando fallece en 1874, quizás no sepa prever que ha fundado un emporio económico y una dinastía. Su hijo, Inocencio Fernández Martínez será su heredero; había nacido en Figaredo en 1851 y poco después de la muerte de su padre, se casa con Dominica Herrero, hija de comerciantes afincados en Oviedo; digno sucesor de su padre se convierte en un puntal importante dentro de los círculos financieros del país, al tiempo que ocupa cargos políticos dentro del partido liberal como diputado y senador o el de Presidente del la Junta Municipal del Censo Electoral de Mieres, que tenía la atribución de designar alcalde; a título de anécdota, él sería quien –otro signo de los nuevos tiempos- conduciría el primer coche de motor que en 1904, cruzaría las calles de Mieres. El heredero de Inocencio, padre de siete hijos, sería el mayor, Vicente; había nacido en 1876 y cursó estudios de Ingeniero de Minas; casado con Ángeles Sela natural de Santullano, a la muerte de su padre tomó las riendas de los negocios familiares y como él, intervino en política; sería entonces también, cuando sustituyó el apellido paterno por el de su lugar de nacimiento y pasará a llamarse Vicente Figaredo Herrero; fallecería en 1929 y con su capilla ardiente se inauguró la nueva casa familiar, el Chalé de los Figaredo. Se puede decir que la empresa madre, Minas de Figaredo, se convertiría en un referente dentro de la industria de Mieres y sería de las de la minería histórica, la última en pasar al sector público en la década de los 80, para integrarse en HUNOSA más tarde.
Estos empresarios no llegarán a ver los cambios de la mitad del siglo XX, ni la crisis que afectaría a sus empresas, fruto de la cual fue la nacionalización de las minas; un nuevo empresario, el Estado, les sustituirá, buscando la productividad y la eficacia, pero lastrado por dos gigantescas corporaciones que heredarán los problemas y no sabrán resolverlos, mediatizados también por conflictos sociales y políticos. Tras la llegada de la democracia y el proceso desindustrializador, las nuevas empresas que surgen en el Concejo –paradojas del destino- lo son otra vez de capital extranjero: Thyssen, Rioglass, Curvet..., llegan con nuevos proyectos, nuevas actitudes, nuevas tecnologías que nada o muy poco tienen que ver con los empresarios de principios del siglo XX, pero que cierran de una forma magistral el círculo de la historia.
Aquellas figuras de comienzos de siglo son algunas de las muchas que representaron al patrono burgués de la época en Mieres; salvo excepciones, conservador en las ideas económicas y sociales, pero también imbuido de un espíritu basado en la mejora de la clase obrera a través de la educación de ideas moderadas y católicas, como lo demuestran la obra antedicha del Marqués de Comillas o la financiación de colegios y escuelas para niños (los Hermanos de la Salle) y niñas (las Dominicas); en todo caso figuras contraluz de las de los obreros, que salvo en contadas ocasiones, pasarán de forma anónima por el acontecer histórico.
La figura del obrero minero de comienzos del XX en el Concejo, presenta caracteres mixtos: trabaja en las nuevas industrias pero no abandona el cuidado de sus tierras como campesino; es un hombre integrado en su pueblo, alrededor de su familia y de sus vecinos de siempre. Las cosas cambiarán cuando comiencen a llegar gentes de fuera; son gentes desarraigadas, sin lazos, ya que han dejado atrás sus hogares y familias, son hombres mal alojados y con un sueldo escaso que no puede suplir sus necesidades y que no pueden complementar con la hacienda campesina, como hacen los lugareños... La imagen del minero que fuera de su trabajo emplea el ocio en la taberna y en las pendencias, se populariza; pronto se unirán otros problemas que afectarán a todos: las condiciones del trabajo con jornadas muy largas para obtener un salario digno, romperán con las actividades tradicionales en el caso del minero del lugar, que cargará a su familia con ellas y le obligará a endeudarse para completar sus medios de vida; en el caso del minero foráneo que desea establecerse y traer a su familia o formar una, la situación es similar. Las condiciones de trabajo y de vida son durísimas y si bien los patronos aportan algunas ayudas dentro de su filosofía social, lo serán siempre para el obrero disciplinado y obediente que no se queja y no da problemas. Es normal que en este ambiente prendan con fuerza las ideas progresistas que los movimientos obreros (UGT, CNT) predican a caballo del XIX y del XX y que hablan de dignidad en el trabajo, salarios justos y derechos sociales. La huelga como arma de la lucha obrera no tardará en aparecer: en 1902, la cuenca del Caudal se levanta para protestar contra la subida de precios y la manipulación electoral de los caciques. En 1906, los obreros de Fábrica se levantan en masa para protestar por su reducción de salario que no era otra cosa que un castigo por no seguir las directrices sociales de la patronal; la Huelgona, sería un hito en el Concejo y en Asturias y un relativo fracaso, ya que la desunión hizo que se fuera al traste y 700 obreros –depurados por el llamado Gabinete Negro- despedidos; pero también fue un triunfo porque entre esos obreros estaría Manuel Llaneza, cuya experiencia en la lucha y el exilio, iba a servir para engendrar el SOMA, las Casas del Pueblo y la lucha obrera organizada; en los años siguientes habría sucesivos triunfos y fracasos, hasta llegar a 1917 y la huelga revolucionaria donde iban a implicarse no sólo los trabajadores sino también la burguesía liberal, aunque fruto de los distintos intereses, se saldaría con un fracaso, pero que fue antesala de la revolución obrera de 1934, alianza para llevar a cabo la revolución social. Sobre los hechos de los intensos quince días de octubre del 34, no tiene espacio este artículo para escribir, pero si hay que decir que Mieres estuvo en primera línea de fuego, con unas primeras escaramuzas en La Pasera el día 4 y la proclamación en las jornadas siguientes de la República Socialista de Obreros y Campesinos, donde se trató de llevar a cabo una organización a todos los niveles, con gran esfuerzo y sacrificio de la clase obrera; por desgracia, la intervención brutal del Ejército y de la Guardia Civil, acabaría con el intento y dejaría mal cerrada una herida que reventará con violencia dos años más tarde y que conducirá no sólo a un enfrentamiento fraticida sino también a largos años de dictadura. Aún así, a pesar del silencio y del miedo que sobrevendría, la clase obrera seguiría luchando: desde 1957 se producen conflictos por cuestiones salariales pero que responden también a un intento de recobrar la organización de los trabajadores. El 7 de abril de 1962, comienza en la mina Nicolasa de Fábrica de Mieres, una huelga que se extendería a lo largo de un mes y que implicaría a 40.000 mineros; la causa estaba en el despido de varios picadores y en la presión para obtener mejoras de seguridad y de salario; se declara el estado de excepción en las Cuencas y se producen numerosas detenciones; sólo la visita del Ministro de Trabajo Solís que negocia de forma directa con los obreros y que promete readmisiones y mejoras consigue frenarla; pero ante los incumplimientos, la huelga renace en agosto y se extenderá hasta septiembre en que se cierra con detenciones, destierros y represión. En Julio de 1963, en Mina Llamas, se prenderá la mecha de otra huelga de dos meses, para exigir la vuelta de los deportados y mejoras en el trabajo; estas últimas no se conseguirían pero si el regreso de los represaliados, lo que significó para los trabajadores una inyección de moral. Los últimos años de la dictadura estarán marcados por numerosos conflictos que dejan asomar tras las reivindicaciones laborales, un deseo claro de libertad. Las huelgas mineras del 62 y 63, se convirtieron en un emblema y fueron apoyadas por estudiantes, intelectuales y políticos en la clandestinidad, fuera y dentro del país; el nombre de Mieres y de la Cuenca Minera del Caudal, junto con otras zonas mineras, sería muy conocido en aquellos días, aunque los poderes fácticos tratarán de ocultar lo inocultable y volvieran a levantar frente a las clases más conservadoras el fantasma de la República del 31 y la figura del minero como un ser violento e inculto; es cierto que en toda guerra, la primera víctima es la verdad.


 FUENTE: Mayte Zapico.




Nacío en Turón (Asturias) en 1959, en el seno de una familia ligada al mundo de la mina. Realizó los estudios primarios en el Colegio de las Dominicas; con trece años se traslado a vivir a Mieres del Camín, capital del Concejo de Mieres, donde completó la formación básica y cursó Bachiller en el Instituto Bernaldo de Quirós. Es licenciada en Historia por la Universidad de Oviedo y profesora de Enseñanza Secundaria.
Realizó el Trabajo de Investigación fin de carrera bajo el título de “Turón: aproximación a un Valle durante la Edad Media”, bajo la dirección del Catedrático del Universidad de Oviedo, D. Francisco Javier Fernández Conde.
Casada, sigue residiendo en Mieres del Camín.
Sus intereses profesionales, se dividen entre la docencia y la investigación histórica y ha pronunciado diversas charlas y escrito distintos artículos, con especial referencia sobre la historia del Concejo de Mieres y del Valle de Turón. Actualmente trabaja en una obra monográfica sobre Turón durante la Edad Media.


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