25 de agosto de 2012

José Antonio Sampil Laviades

Hijos Ilustres de Mieres.


José Antonio Sampil Laviades.

 

Casa natal de José Sampil en Oñon, (hoy desaparecida), la foto es hacia 1920.

José Antonio Sampil y Laviades, nacio en el barrio de Oñón el 9 de noviembre de 1756 era hijo de un importante comerciante de la villa, José Sampil estudió sus primeras letras en Mieres, para pasar posteriormente a Oviedo, donde cursó estudios eclesiásticos y se ordenó sacerdote. Según revela su biógrafo Alberto Montero Prieto, entre 1783 y 1793 aparece como cura y presbítero en la iglesia parroquial de San Juan. Es en ese tiempo, concretamente en 1791, cuando es citado de forma elogiosa por Jovellanos en sus diarios, tras disfrutar de una comida en la casa familiar camino de Gijón, buena persona y leal hasta el extremo, fue un amigo incondicional de Jovellanos, hasta el punto de que cuando éste cayó en desgracia y se le desterró a Mallorca -primero al monasterio de la Real Cartuja y más tarde a la prisión del castillo de Bellver-, lo dejó todo para ponerse a su total disposición como intermediario ante el rey para lograr su libertad. La historia de esta misión la escribió él mismo en una extensa Relación, cuyo resumen pudo publicar un siglo después el erudito gijonés Fermín Canella. Ahora, se lo cuento en esta página intentando que conozcan los detalles más importantes de la aventura que vivió nuestro paisano en el lejano año de 1801.

Todo comenzó cuando el religioso, preocupado por la penosa situación que estaba viviendo el ilustrado gijonés, quien había pasado de ser ministro de Gracia y Justicia a estar encarcelado por orden del caprichoso Godoy, se dirigió a uno de sus amigos íntimos, Juan Arias de Saavedra, entonces consejero de Hacienda, para interesarse por él y ofrecerse como mediador para llevar sus peticiones a la Corte.

Jovellanos gozaba en aquel momento de un gran prestigio entre los españoles de progreso que estaban obligados a ocultar su simpatía por el prócer y, por eso, cualquier plan en su favor debía hacerse en la mayor discreción. Con esta premisa, Juan Arias, después de consultar con Pedro de Valdés Llanos, otro de los fieles al gijonés, tomó en consideración la propuesta de Sampil y le ordenó que partiese en secreto hacia Madrid para esperar instrucciones.

Así se inició la misión del mierense, que llegó a la capital en el mes noviembre, para alojarse en casa de su primo Antonio García Tuñón. Una vez acomodado, comenzó a entrevistarse, siempre en las sombras, con otros amigos del cautivo, como Ángel Colodrón y la condesa de Montijo, hasta que recibió unas representaciones escritas por él ilustre cautivo, en las que narraba los abusos que estaba padeciendo en Mallorca y solicitaba su amnistía, con el objeto de que las hiciese llegar al rey Carlos IV sin que cayesen en manos de sus enemigos en la Corte.

El segundo paso de Sampil consistía en encontrar al intermediario adecuado, un alto funcionario llamado Mallo que pasó a la historia por haber sido uno de los amantes de la reina María Luisa, engañando incluso al propio Godoy, que también lo era. Dicen que un día Carlos IV le preguntó a su valido qué pasaba con él, que todos los días tenía coches y caballos nuevos. «Señor - fue la respuesta- Se sabe que a Mallo lo mantiene una vieja, fea, que roba a su marido para pagar a su amante».

En fin, el tal Mallo, además de gigoló también era hombre de dudosa lealtad y, por si acaso, antes de entregarle los papeles, el de Mieres tomó la precaución de sacar dos copias. Una la cosió en el forro de la chaqueta de su primo y la otra la dejó en las oficinas del marqués de Villafranca y luego, sin más equipaje que su breviario, emprendió viaje para San Lorenzo del Escorial, donde se encontraban el rey, la reina y sus dos queridos.

Después de encontrar alojamiento en la villa, se dirigió a buscar a su contacto y esperó hasta que lo vio salir hacia uno de sus lujosos carruajes, entonces le pudo entregar la carta y quedó en encontrarse casualmente con él en uno de los pasillos de palacio, pero, mientras tanto, siguió buscando la oportunidad de encontrarse directamente con el monarca e incluso estuvo a punto de logrado una vez, en mitad de un camino, cuando unos ojeadores le dijeron que el rey iba a cazar por aquellos lugares, aunque lo pensó mejor y continuó el viaje hasta Madrid.

Cuando llegó a las afueras de la villa, dejó el calesín para no llamar la atención y se dirigió apresuradamente a casa de su primo, quién le confirmó su desconfianza en el entorno de Mallo. No se equivocó. Unos dijeron que fue denunciado por espías asturianos en la Corte, y otros que por los porteros del mismo Mallo en El Escorial, pero el caso es que la denuncia llegó, y una tarde, cuando el presbítero mierense estaba escribiendo a uno de sus contactos en Cataluña, entró en la habitación el juez José Marquina, alcalde de Casa y Corte, con un grupo de alguaciles que se lo llevaron, a él y a sus papeles.

Afortunadamente, en aquel momento tuvo la habilidad de saber disimular y así pudo salvar a su protector con unas palabras fingidas: «Adiós, primo, perdóname este mal rato que te di y el no haberte manifestado el motivo de mi venida a Madrid», pero lo que no pudo evitar fue que a él lo condujesen a la cárcel de la Corona, en la calle Cabeza. Allí estuvo, de momento en una celda limpia y enseguida en un infame calabozo subterráneo, explotado por sus cuidadores, que llegaron a la ruindad de comerse a veces las escasas raciones que debían entregarle a diario, de manera que, entre la humedad, el hambre y la falta de movimientos, no tardó en enfermar y estuvo a las puertas de la muerte «con intensa calentura».

Mientras tanto, su primo Tuñón tampoco estuvo quieto: se preocupó de llevarle una pequeña cama y algo con lo que alimentarse, mientras avisaba a Arias de Saavedra, que también estaba vigilado, y a su gente de Mieres, de lo que estaba pasando.

A mediados de enero, llegó hasta la mazmorra el juez Marquina para tomarle declaración y preguntar por los papeles que le habían incautado la tarde de la detención, pero la única respuesta que pudo obtener fueron sus palabras de indignación cuando supo que el rey aún no los había leído, «pues sufriría contento prisión y padecimientos si las representaciones hubiesen llegado a las reales manos». Cuando terminó el interrogatorio, se dictaron los cargos y de nuevo el alcalde tuvo que oír sus protestas sobre las desgracias de la Patria y la perfidia de Godoy.

Ante su negativa a entregar las notas de Jovellanos fue devuelto a la celda, aunque esta vez le dejaron recibir algunas visitas e incluso libros para distraerse, algunos en francés, idioma que conocía precisamente gracias a las enseñanzas de su ilustre amigo; pero la reclusión le trajo otra vez la enfermedad y la desesperanza, hasta que, por fin, el día 13 de abril, se declaró su libertad provisional, con las condiciones de que permaneciese en Asturias, vigilado por su obispo y de que él mismo costease hasta allí su viaje y el de los alguaciles que componían su escolta.

Antes de la partida, aún tuvo tiempo para recibir las felicitaciones de su primo y de los partidarios de su causa que pasaron a despedirle: Antonio Posada, José Argüelles, archivero del Consejo de Guerra, José Acebedo, Antonio Vázquez Prada, el ama de llaves de Juan Arias de Saavedra, en su nombre, y don José Gil, apoderado del marqués de Camposagrado en Madrid, quien le dio una alegría al hacerle saber que se habían hecho numerosas copias de las representaciones de Jovellanos, que ya estaban en las embajadas extranjeras e incluso circulando por los círculos de la Corte.

Sampil contó en su relación como se despidió llorando de su compañero de cárcel antes de subir a una calesa, rumbo a sus montañas. Tardó seis días en llegar a León y, sin detenerse en su casa de Mieres, se presentó al obispo de Oviedo. El prelado Llano Ponte lo trató con escasa consideración y le ordenó presentarse ante él diariamente a pesar de sus quejas porque aquel trámite le impedía desplazarse hasta Gijón para arreglar los papeles de Jovellanos, y le dificultaba incluso su obligación de decir misa diaria.

José Sampil, acabó retirándose a Mieres, haciendo allí una vida solitaria, alejado no solo de las actividades mundanas sino incluso de sus vecinos, y sólo abandonó la villa cuando se vio forzado a comparecer en Oviedo para desmentir las calumnias que de vez en cuando se hacían circular sobre sus manejos contra la monarquía.

El fiel amigo de Jovellanos fue, como buen ilustrado, hombre de muchos saberes y ocupó sus últimos años distrayéndose con actividades tan distintas como la relojería, la carpintería o la escritura. Publicó dos curiosos libros, ambos dedicados a su mentor: «El jardinero instruido», un tratado de cultivo y poda de los árboles frutales, y el «Nuevo plan de colmenas», donde se describe la organización de las abejas y el aprovechamiento de su trabajo.

 

 Como todos los liberales, volvió a sufrir persecución con la llegada al trono del infame Fernando VII y concluyó su vida a la edad de 72 años, en septiembre de 1829.
Su figura cayó pronto en un olvido del que nunca ha logrado salir. Es más, en su concejo natal no hay ni una simple placa que recuerde a quien, en opinión del profesor José Caso, fue uno de los hijos más ilustres que tuvo Mieres a lo largo de la historia.

Fuente: ERNESTO BURGOS, HISTORIADOR 
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