24 de febrero de 2016

Aquel Gijón que iba camino del fin de siglo XIX

El cinematógrafo llegó al teatro y los voluntarios se fueron a la guerra de Cuba
Alejandro Pidal y Mon (1846-1913), por Luis Menéndez Pidal. 1912. (Congreso de los Diputados de España).
Alejandro Pidal y Mon le tuvo que explicar al rey Alfonso XII que aquí no había tontos, por eso al orbayu no se le llama calabobos
Ayuntamiento de Gijón en 1895. Fotografía de Octavio Bellmunt.- (httpsmarinarodriguezprieto.wordpress.com)
Aquel Gijón que iba camino de un fin de siglo y mucho más también, ya era una población más organizada y con un gran dinamismo social y empresarial, según han dejado constancia en su grandiosa obra "Asturias", Octavio Bellmunt y Fermín Canella. Las obras del dique norte que iba a tener una extensión de mil treinta metros de ancho y treinta y cuatro de fondo del puerto de El Musel ya estaban en marcha. Gijón ocupaba entonces el primer lugar en el escalafón de puertos de España por su número de toneladas de cabotaje, lo que redundaba en un gran desarrollo económico, gracias a sus industrias conserveras, salazoneras, chocolateras, licoreras, litográficas, ebanisteras y cristaleras, lo que suponía toda una ejemplar diversificación industrial. Obviamente, el Banco de España estableció aquí sus reales para no quedar al margen de aquel esperanzador amanecer financiero.
Los estratégicos fielatos empezaron a formar parte de la vida impositiva gijonesa y la cocina económica iniciaba la ejemplar labor de ayuda a los necesitados. Ya por entonces existía el control de la matanza de reses en El Natahoyo y las primeras aguas llegaban de Llantones hasta la fuente de Begoña, por lo que se construyó un mínimo servicio de alcantarillado y también se creó un retén de bomberos y desatascadores.
En medio de aquel panorama de contrastes, entre la miseria y la opulencia, los círculos de recreo florecían en aquella primavera hedonística, con una gran actividad de sociedades entre las que destacaban por su dinamismo el Casino de Gijón, el Círculo Mercantil y el Ateneo Casino Obrero. El tranvía, que ya llegaba hasta La Guía, Somió y El Natahoyo se convertiría, asimismo, en un medio popular de transporte, con sus entrañables jardineras con pescante durante las temporadas estivales.

El primer cinematógrafo de Asturias estuvo en el teatro Jovellanos de la calle del Instituto.

En aquellos tiempos apareció por las calles gijonesas, en medio de una gran expectación, el primer coche eléctrico cuyo propietario y conductor era el ingeniero gijonés Victoriano Alvargonzález. Ante la llegada de los nuevos vehículos de transporte mecánico sobre ruedas -muy pronto estuvieron censados cincuenta y ocho coches de lujo y cincuenta y cinco de alquiler, aunque se calcula que la picaresca no matriculó otros quinientos- en la tienda de la plaza de San Miguel, 2 se ofrecían grandes rebajas en la venta de bicicletas advirtiendo en la rompedora publicidad que "comprar máquina usada es comprar caballo gitano".
El primer cinematógrafo de Asturias, en el teatro Jovellanos
Los inventos de aquellos años de finales del siglo XIX muy pronto llegaron a Gijón siempre atentos sus mandatarios a las innovaciones. El primer cinematógrafo que se instaló en Asturias fue en el teatro Jovellanos de Gijón, ubicado al lado del instituto -en el edificio que luego fue Banco de España y actualmente Biblioteca Pública- y hasta aquí fue transportado desde Madrid por el tren exprés el 11 de agosto de 1896.
La calle Corrida en 1895, fotografía de Octavio Bellmunt.- (httpsmarinarodriguezprieto.wordpress.com)

Con una cierta humildad el cronista de "El Comercio" reconocía, no obstante, que "en Gijón está presentado quizás con menos lujo que en el extranjero, pero en suficientes condiciones para poder causar la ilusión del movimiento real. En la sala se ve solamente un aparato de proyección y una gran pantalla donde se detiene el haz cónico de los rayos luminosos emitidos por la linterna determinando sobre el lienzo el campo de experimentación que el observador tienen ante su visita. Al poner en marcha el aparato se desarrolla en la pantalla una escena cualquiera tomada de la vida real, dando la ilusión de su observación directa, pero nuestra vida centellea algo por una acción nerviosa cualquiera que hasta nos impide distinguir los colores. Este es un inconveniente que será necesario evitar, porque es frecuente que las personas que presencien estas proyecciones sufran mareos, lo que les impide seguir con el encanto y atención necesarias estas reproducciones de la vida real".
Al año siguiente, unos comerciantes ambulantes portugueses presentaron "producciones propias" en el llamado "Cinematógrafo Lumiere" -ubicado frente al kiosco de la música del paseo de Begoña- con temáticas que nada tenían que ver con "Star Wars", claro, sino con las vistas de un rompeolas desde Santa Catalina o la salida de misa de doce de la iglesia de San Pedro. Todo muy cotidiano, pero que encandilaba al personal al ver personajes familiares en movimiento. Entusiasmado por aquel invento del cinematógrafo, el gijonés Arturo Truán Vaamonde -de la familia suiza de la fábrica de vidrios- construyó cuando solamente tenía treinta años su propio aparato y creó el primer foto-club, que iba a suponer un antes y un después en la historia de la fotografía en color y del cine en Gijón.
De cómo Alejandro Pidal tuvo que explicar al rey Alfonso XII que aquí no había bobos.
El Campu Valdés en 1895, fotografía de Octavio Bellmunt.- (httpsmarinarodriguezprieto.wordpress.com)

Uno de aquellos días, Alejandro Pidal y Mon acompañó a un paseo por Gijón al rey Alfonso XII, pero se puso a lloviznar.
-¡Qué agua tan molesta, cómo la llaman aquí!, le interpeló el monarca, quien no dudó en su respuesta:
-Orbayu, Señor.
-Hombre, qué nombre tan raro, en Madrid se llama calabobos.
A lo cual también dio cumplida y respetuosa respuesta el asturmadrileño Alejandro Pidal: "Es, Señor, que como aquí no hay bobos fue preciso darle otro nombre y por eso la llamamos orbayu".
La ciudadanía sufragó los gastos de las nuevas parroquias
Y aquel año Gijón cuya demografía iba a más pasaría a organizarse con tres parroquias católicas, ya que por entonces no había demanda de mezquitas: San Pedro, San José y San Lorenzo. Los feligreses fueron quienes sufragaron los gastos de los nuevos templos y también la remodelación de la iglesia de San Pedro, donde fue instalada la hornacina con los restos de Jovellanos -que erróneamente se pensaba que sólo contenía sus cenizas- frente al altar mayor. Tras seis años de obras, la parroquia de San José pudo ser inaugurada. Entre la importante representación institucional religiosa que solemnemente bendijo el crucero de la nueva iglesia católica se encontraba, ni nada menos, que Fray Ceferino González y Díaz Tuñón -nacido en Villoria, en el concejo asturiano de Laviana, en una humilde casa de labradores- y que fue un sacerdote dominico que llegó a ser cardenal y arzobispo de Sevilla y de Toledo, además de estar considerado como uno de los filósofos españoles más importantes del siglo XIX.
Octavio Bellmunt (a la izquierda) y Fermín Canella.- (httpsmarinarodriguezprieto.wordpress.com)

Siempre conviene recordar quiénes son las personas que dan nombre a nuestras calles.
El Batallón de Voluntarios de Asturias partiría desde el muelle hacia la guerra de Cuba
Gijón lamentaría en 1896 la pérdida del filántropo gijonés Acisclo Fernández-Vallín y Bustillo, por lo que la Corporación Municipal acordó colocar un retrato suyo en la Sala de Recepciones del Ayuntamiento, en agradecimiento a todo lo que había hecho por la potenciación de los estudios docentes en la villa de Jovellanos.
Y también fallecería aquel año Claudio Alvargonzález Sánchez, el prestigioso marino conocido como el "Héroe de Abtao" -monumento que se encuentra en las escaleras del muelle en la calle que lleva su nombre- quien, además tras alcanzar la graduación de capitán de navío participó en la guerra hispano-sudamericana, en el bombardeo de Valparaíso (Chile) y en el famoso combate de Callao (Perú), debido a lo cual fue ascendido a brigadier.
Justo un mes después de la muerte del "Héroe de "Abtao", el Batallón de Voluntarios de Asturias -después de comer un riche con carne, además de tomar como prenda recuerdos de las encantadoras mujeres que les fueron cariñosamente a agasajar- embarcó hacia la guerra de Cuba, entre el entusiasmo popular y la despedida de las sirenas de los buques que así quisieron rendir homenaje a los valientes que partían dispuestos a entregar sus vidas en defensa de aquella España donde entonces no se ponía el sol.
Así empezaba el final de nuestro glorioso imperio colonial.
Visita de la infanta Isabel a las obras del Musel en 1909.- (httpsmarinarodriguezprieto.wordpress.com)

FUENTE: MANUEL  DE CIMADEVILLA (La Nueva España)
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